Una de las ediciones estadounidenses más conocidas de Crónicas Marcianas

Una de las ediciones estadounidenses más conocidas de Crónicas Marcianas

Cada uno lo podía imaginar cómo quisiera. Él, desde Los Ángeles, lo imaginó con canales púrpuras, altas ciudades ajedrezadas, pequeños habitantes que se comunicaban a través del silencio de sus mentes. Y creó el Marte más perfecto que se podía imaginar. Si algún día el hombre llega a habitar su vecino rojo, sin lugar a dudas éste no será como quisimos imaginarlo. El desierto eterno y frío no será más que otro desierto eterno y frío. Sí, será Marte, pero no ese Marte del que todos nos enamoramos hará sesenta años. ¿Y, una vez conquistado, una vez descubierta la nada, dejaremos de leer Crónicas marcianas? Muy improbable, porque Ray Bradbury bien sabía que los territorios de la imaginación son los mejores de nuestra vida.

Este mes de agosto se cumplen seis décadas de la publicación de Crónicas marcianas en España, pero su aparición original es algo anterior. En 1949, Ray Bradbury era un joven escritor curtido en las revistas pulp, habitual de Weird Tales, Planet Stories y Astounding Science Fiction, miembro de la Science Fiction League de Los Ángeles. Grandes autores del género como Robert Heinlein, Edmond Hamilton y Henry Kuttner compartían sesiones con él. Inspirado por sus maestros, por la sombra de los Poe y Lovecraft más cósmicos, por un difícil equilibrio entre Emily Dickinson y Edgar Rice Burroughs -creador de Tarzán y el guerrero John Carter de Marte-, el joven Bradbury buscaba su propia voz a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción. Las fronteras entre ambos géneros siempre fueron difusas en su obra. Y fue en ese punto de indeterminación donde encontró su genialidad. Diez años antes, en un viaje a Nueva York, durante la First World Science Fiction Convention, conoce a Walter Bradbury -sin parentesco-, un editor al que iba a entregar algunas ilustraciones como representante de Hannes Bok, compañera de la Science Fiction League de Los Ángeles, y de paso le entregó algunos de sus cuentos. Él le sugirió algunos de los temas que once años más tarde germinarían en su The Martian Chronicles. En el 49 volvió a Nueva York, buscando editor para un conjunto de cuentos que tenían el planeta Marte como temática central. Después de varios rechazos, se encontró de nuevo con Walter, que le propuso revisarlos y hacer una pequeña selección de manera que, manteniendo sus peculiaridades del género del cuento, también pudieran ser vistos como una novela, a modo de fix up. Un año más tarde, The Martian Chronicles era publicado en Nueva York, en la editorial Doubleday.

Cronicas marcianas edición especial 60 aniversario

Cronicas marcianas edición especial 60 aniversario

El libro alcanzó un éxito inmediato. A punto de aparecer las primeras obras de lo que se denominaría como la Edad de Oro de la ciencia ficción, los años 50, con títulos como Mercaderes del espacio de Frederik Pohl y El día de los trífidos de John Wyndham, la literatura de Bradbury era un punto y aparte para un género mal visto desde sus comienzos por la crítica y la academia, que tachaban de pseudoliteratura las historietas sobre marcianos y viajes en el tiempo de las revistas pulp. Bradbury, que se había curtido en ellas con algunos grandes autores, nunca renegaría de sus orígenes, pero supo allanar el camino a otra manera de escribir ciencia ficción. La precisión científica carecía de total importancia en su obra, lo que a su vez le provocó las críticas de los defensores del género más clásico, ese heredero de las novelas científicas de Jules Verne y H. G. Wells. La colonización marciana es la fórmula poética con la que Bradbury explicó el ansia de trascendencia y de superación de los límites de una especie humana que, trágica y melancólicamente, parece abocada a repetir una y otra vez su historia. El Marte de Bradbury no es el Marte real, esa semiesfera telúrica de óxido de hierro que queda a más de 225 millones de kilómetros de distancia. Es la realización de nuestras ilusiones, de nuestros anhelos, el primer paso de un camino que no acabará nunca y que llevará al hombre a igualarse con el propio Dios. Bradbury creía que el hombre estaba destinado a conquistar las estrellas. “Mars but a Beginning, / Real Heaven our end” escribió en su poema Why Viking Lander, why the planet Mars? En el verano de 1950, Ray Bradbury se encuentra al novelista y crítico inglés Christopher Isherwood en una librería de Santa Mónica y le entrega un ejemplar firmado de su recién publicada obra. Quedará maravillado y escribirá dos reseñas elogiando al desconocido autor en el Tomorrow y el London Observer. La inmensa calidad literaria de una obra que hubiese pasado desapercibida por “pertenecer” a un género pseudoliterario lleva a Bradbury a entrar en el panteón de Aldous Huxley, Truman Capote, Dylan Thomas y Graham Greene, entre otras grandes firmas de la época.

La editorial Minotauro, una de las más antiguas y consolidadas de nuestro país en el género de la ciencia ficción y la fantasía -hoy parte del grupo Random House – iniciaría su andadura en agosto de 1955, en Buenos Aires, de mano del editor Francisco Porrúa, con Crónicas marcianas de Ray Bradbury como su número 1. Hoy, 60 años más tarde, sigue siendo uno de sus libros más reeditados y comprados. Para conmemorar las seis décadas de ensoñamiento con cohetes plateados y planetas rojos, la editorial sacó a la venta el pasado mes de junio una nueva edición, limitada a 2300 ejemplares y numerada, de la primera gran obra de Ray Bradbury. Además de su conocidísimo prólogo de Jorge Luis Borges – “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?”-, añade dos nuevos: uno del autor de ciencia ficción John Scalzi y otro del propio Ray Bradbury. Incorpora además un relato inédito que no pertenecía a la edición clásica de Minotauro: “Noviembre de 2002. Los globos de fuego”, entre “Octubre 2002. La costa” y “Febrero 2003. Intermedio”, cuando llegan los hombres y los materiales. Entre las nuevas páginas, cuatro magníficas ilustraciones de Les Edwards, que dibuja el Marte de Bradbury casi tal y como lo imaginamos, aunque existen tantos planetas rojos como lectores fascinados. Es octubre de 2026. Casi la misma fecha en que la empresa holandesa Mars One pretende colonizar Marte. Timothy, Michael, Robert, papá y mamá observan el reflejo de los marcianos en el canal. Están ahí. Nunca se marcharon. Este picnic durará un millón de años.