Parece que aquellos años negros en los que hacíamos sentencia del “yo no veo cine español” quedaron atrás. Más allá de grandes nombres como Amenábar, Bayona y de la Iglesia, nuevos directores se han atrevido a situar al cine español a la altura de las mejores importaciones. Así lo ha demostrado recientemente Fernando León de Aranoa con Un día perfecto. Y ya lo dejó bien claro en el pasado palmarés Alberto Rodríguez con su opera prima, La isla mínima. Ésta parece haberse convertido en la barra de medida de las producciones españolas. Si llegas a la calidad estética y narrativa del thriller ambientado en un pequeño pueblo en los últimos días del franquismo es que vas bien. Pero no es tan fácil.

La idea la ha recogido la apuesta de Atresmedia para el otoño, Mar de plástico. La superficie de invernaderos que cubre Almería es de las más grandes de Europa y, como dice uno de los personajes, puede verse desde el espacio. Entre los plásticos se mezclan las razas, los géneros y las clases, un cóctel discordante donde el conflicto queda asegurado. El marco, mundanalmente poético, resultó una gran elección. Como dijeron sus creadores, traslademos el modelo de thriller nórdico a tierras patrias. Porque la templanza y el frío del noir escandinavo aquí nadie se lo creería. Mejor hablemos de un sol abrasador y corruptos, que de eso sabemos mucho. Mezcla la atmósfera opresora de una ciudad de provincias con los conflictos entre andaluces, marroquíes, subsaharianos y gitanos; añade políticos corruptos y prostitutas rusas; aderezalo con historias de amor frustradas entre jóvenes que buscan su lugar en el mundo; y, como guinda, un protagonista, siempre un miembro de las Fuerzas del Orden, trastornado por algún oscuro secreto del pasado, de maneras bruscas y cuestionables, atractivo debajo de esa capa de hostilidad que irá desapareciendo a los pocos capítulos. No es una sorpresa para nadie que haya disfrutado de las dos magníficas temporadas de True Detective, o para quien se sorprendiera con la trama del anterior intento de la cadena, Bajo sospecha. Pero la receta no tiene por qué funcionar.

El problema de mezclar fórmulas exitosas es que pueden resultar en un auténtico fiasco. Hay que ser un gran actor para interpretar a un policía trastornado y que, primero, resulte creíble, y, después, resulte, en cierto modo, enternecedor. El actor tiene que conseguir a partes iguales que le escupan y que le quieran, tal como hicieran Matthew McConaughey y Rachel McAdams. Rodolfo Sancho es un buen actor, heredero de la estela de su padre, pero ha brillado mucho más en personajes como Fernando el Católico y su papel en El Ministerio del tiempo, la -acertada- apuesta de nuestra televisión pública por la fantasía. Puede que no sea tanto culpa suya como de sus guionistas, o puede que no sea tanta culpa de los guionistas como de los directivos, hombres y mujeres de negocios, de todo menos creadores, que creen que copiar un producto exitoso es sinónimo de éxito. Nunca podrá serlo si la materia prima no es de tan buena calidad. Aún con todo, Mar de plástico va por su segundo capítulo, cuya trama pareció remontar ligeramente a la del primero,y que, a pesar de lo anteriormente escrito, se convirtió en ganadora indiscutible del prime time del martes con un 23,6% de cuota de pantalla.

 

El otro intento de emular cabeceras de éxito internacional lo lleva a cabo la cadena Cuatro. Rabia recoge -con todo el derecho a imitar- el motivo apocalíptico a causa de una enfermedad humana. Ni de lejos como The Walking Dead, y quizá más en la onda de películas como Soy leyenda o Infectados. Una terapia génica ha derivado en una extraña y violenta modalidad de la rabia que convierte en bestias a aquellos que creían haber burlado a la muerte. Ahora, además de muertos, se convertirán en brutales asesinos de todo aquel que se encuentre a su alrededor. La rabia llega de pronto, en un espasmo de espumarajos, venas azules y moradas y ojos inyectados en sangre. No hay mucho que imaginar. La cuestión de las transformaciones diabólicas en las pantallas españolas quedaron superadas con la saga REC. La trama de la serie se centra en un grupo lo más variopinto de infectados -protagonista guapa, hombre misterioso con el que mantendrá una continua tensión sexual, chicas jóvenes varias, un macarra peligroso, un viejo, otra vieja, el hijo gordo de la vieja…- que consiguen huir de la policía que se disponía a internarlos en un centro con los demás infectados. La idea es sencilla, pero por ahora, resulta del todo eficaz. De nuevo la receta: conflictos familiares, alianzas y traiciones, la amenaza de la muerte que llevan dentro y un contexto que quiere destruir a los protagonistas porque, esta vez, ellos son el elemento hostil. Habrá que esperar al próximo lunes para averiguar si la extensión de la rabia sigue cuesta arriba o cuesta abajo.