Pintada a favor de los refugiados en las calles de Berlin

Pintada a favor de los refugiados en las calles de Berlin / Thomas Rossi Rassloff

icon-paperclip   Macedonia, en la encrucijada       icon-paperclip  Orban, el cancerbero de Europa  

icon-paperclip  Austria, entre la solidaridad y el peligro ultra

1.000.000 de personas en apenas un año. Es la última estimación que ha hecho el Gobierno alemán sobre la cantidad de solicitantes de asilo que pueden llegar al país en 2015, el doble de lo que imaginaban a principios de verano. Ni dos meses después de terminar con el “problema” griego la nación germana se enfrenta a un problema aún mayor, un desafío que pone en cuestión y hace temblar las bases de un país construido sobre los cimientos de la tolerancia y la integración. El Gobierno no ha dudado en calificar la crisis migratoria como el mayor desafío del país desde la reunificación postsoviética, unas declaraciones que determina la grandeza de esta crisis en la que Alemania ha cogido el bastón de mando de Europa y se ha convertido en el mayor valedor de los refugiados. Aunque su última medida, que también han repetido mucho de los países afectados por la ola de migrantes  ha sido acabar, temporalmente, con el tratado Shengen, pilar clave de la Unión Europea.

Con una economía creciente pero todavía dañada por una crisis europea que sigue lastrando la Unión, siendo el motor principal de Europa junto a Francia, Alemania se ha convertido en el lugar preferido por todos los sirios que salen de su país soñando con poder, algún día, llegar a esa tierra prometida de la que tantos vecinos, familiares, amigos, les han hablado. No solo es un país pujante económicamente, sino que la presencia de un gran número de ciudadanos turcos, sirios y musulmanes  se convierte en otra ventaja para elegir este país frente a otros en los que o no se conoce lo que hay dentro o no se habla bien de ellos desde sus países de origen.

Con un paro de 4,7%, prácticamente rozando el pleno empleo, el trabajo parece asegurado y con unas políticas sociales muy potentes, propias de un país socialdemócrata, Alemania se convierte en un caldo de cultivo perfecto para los refugiados. Pero esto puede no ser así y muchos son los que ya hablan de un posible colapso del sistema alemán en el que la colaboración entre los Estados es clave para su funcionamiento. El sólido y exigente gobierno de Merkel tiene ante sí una espada de Damocles muy difícil de predecir, mientras lo humanitario y lo públicamente exigible es aceptar a los refugiados, corren el riesgo de que sus ciudadanos se rebelen y surja la peor cara de la Alemania xenófoba,  difícil de apaciguar con más de cinco millones de musulmanes en todo su territorio.

De momento, la coalición en el gobierno -CDU,SPD,CSU- ha establecido en los presupuestos del año que una partida de 6.000 millones de euros para la crisis migratoria con la idea de poder paliar todas las emergencias que puedan surgir en un 2016 que puede ser una auténtica locura desde el punto de vista demográfico. El mismo Gobierno ya ha declarado que se necesitarán más de 150.000 camas para los recién llegados, unas 250.000 plazas escolares para dar cabida a todos los menores que van llegando, otros 3.000 policías patrullando las calles y cientos de funcionarios más, dedicados exclusivamente a los refugiados y a su integración en la sociedad alemana. Los alemanes, siempre tan calculadores, como su canciller Angela Merkel, hacen cuentas y debe ser que alguna no sale porque han decidido endurecer las medidas para el asilo poniendo a la generosidad de la nación cabecera de Europa-

El selfie y la otra cara de Merkel

Si tras el problema griego la imagen de Merkel en Europa no dejaba de empeorar, esta crisis le ha servido sin quererlo ni beberlo para lavar su imagen y hasta sacar el lado humano de la fría jefa de gobierno que poco o nada se conocía fuera de sus propias fronteras. Angela Merkel se ha convertido en la defensora de los migrantes, la salvadora de los refugiados que se dispersan asustados por toda Europa y que repiten cada vez que necesitan ayuda el nombre de esta canciller que hasta hace unos meses era una de las mandatarias más impopular del continente.

Este amor hacia Merkel de los migrantes se pudo ver en uno de los eventos de la canciller, mientras algunos alemanes le pitaban por su manga ancha con los migrantes, dos de los recién llegados decidieron acercarse a ella y hacerse un selfie con Merkel. Igual que si fuera una estrella del rock o un héroe futbolístico la hierática Merkel tuvo que dar su cara a torcer y pintar una bonita sonrisa para la foto. Quién le iba a decir a Angela que dos meses después de imponer un durísimo rescate al, casi, desahuciado pueblo griego, personas que no deberían conocerla de nada se quieren hacer fotos con ella y la vitorean allá por donde pasa. Su nombre se repite en cada carretera, en cada campamento húngaro, en cada playa griega… Merkel no ha dejado pasar esta oportunidad y hasta ha dejado alguna frase que puede escocer al resto de socios europeos: “Si fuimos rápidos para salvar a los bancos, ahora también debemos serlo para salvar a los refugiados”, declaró la nueva heroína de los migrantes, mientras juega con la espada de Damocles sobre su cabeza.