Pie de foto, la candidata demócrata Hillary Clinton, portada de la revista Time. Mike Mozart. 

Estados Unidos siente una atracción especial por las dinastías. Desde 1989 los votantes estadounidenses no se han enfrentado a una elección presidencial en la que no estuvieran presentes, ya sea en las papeletas del partido demócrata o del republicano, el apellido de una de las dos familias hegemónicas en Washington en el último cuarto de siglo: los Clinton y los Bush. Es más, ningún norteamericano menor de 42 años ha ejercido su derecho al voto en unos comicios en los que no figuraran, como candidatos a la presidencia o a la vicepresidencia, un miembro de las dos dinastías políticas más importantes de los Estados Unidos.

Una situación insólita para un país fundado en el rechazo de los privilegios aristocráticos y que, corre el riesgo de volver a repetirse, después de que Hillary Clinton, esposa del presidente número 44 de los EEUU y exsecretaria de Estado con Obama; y Jeb Bush, hijo y hermano de expresidentes -este último aunque todavía no ha lanzado oficalmente su candidatura expresó el pasado mes de diciembre su intención de “explorar activamente la posibilidad de presentarme a presidente de Estados Unidos”, hayan anunciado su intención de concurrir a las elecciones presidenciales del próximo año. “Somos un país esclavo de legados y en las garras de las dinastías, remachado por el apellido más poderoso en la política democrática moderna y su análogo republicano”, sostiene en un reciente artículo publicado en el New York Times, Frank Bruni, uno de los columnistas más incisivos de Washington.

Jeb Bush, hijo y hermano de expresidentes.

Jeb Bush, hijo y hermano de expresidentes, durante un acto en Philadelphia./ The World Affairs Council

Clinton, que ha sido senadora por Nueva York, ya sabe lo que es concurrir a una carrera electoral después de perder la nominación al partido demócrata en 2008 en favor del primer presidente afroamericano y actual inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama. Por su parte, Bush, hermano de George W. Bush, que fue presidente entre 2001 y 2009, e hijo de George H. W. Bush, presidente entre 1989 y 1993, también cuenta con experiencia en el mundo de la política tras su paso por el Senado en calidad de representante del estado de Florida.

Basta un repaso a los libros de historia para entender que la atracción de los estadounidenses por las dinastías políticas no se limita al caso de los Clinton y los Bush. Anteriormente, estirpes familiares como la de John Adams, el segundo presidente de los EEUU, cuyo hijo, John Quincy Adams, se sentaría en el Despacho Oval años más tarde; o los Roosevelt, con Franklin, el único mandatario estadounidense en ganar cuatro elecciones presidenciales, y su primo lejano Theodore, demuestran la especial relación que existe en el país norteamericano entre la política y la familia. Mención aparte merecen los Kennedy. Pese a que tan sólo un miembro de esta estirpe llegó al poder, John Fitzgerald Kennedy, asesinado en 1963, sus hermanos lo intentaron en varias ocasiones con escasa fortuna. Su hermano Bobby fue, al igual que su hermano mayor, asesinado durante la campaña, y, posteriormente, Ted perdió en 1980 las primarias demócratas ante el presidente Carter.

Elecciones 2016

“Soy candidata a la presidencia”. Con estas palabras confirmó Hillary Rhodes Clinton, a través de un video en You Tube difundido por su propia web, lo que todo el mundo en Washington daba por hecho: su candidatura para obtener la investidura demócrata en las elecciones presidenciales de 2016. “Cuando las familias son fuertes, Estados Unidos es fuerte”, dice Hillary en el video de 90 segundos, que muestra a hombres, mujeres y niños describiendo sus aspiraciones y con el que la candidata demócrata trata de atraer a las clases medias abrazando causas como la carestía de las universidades o la subida del salario mínimo. “Cada día los estadounidenses necesitan un defensor y yo quiero ser esa defensora”, sentencia sonriente la candidata demócrata, sabedora de los errores que, hace siete años, la dejaron fuera de la carrera por la Casa Blanca.

Si por algo se ha caracterizado la carrera política de la candidata demócrata ha sido por los errores, en ocasiones, suyos, otras veces, de su marido Bill. Y es que nadie en Washington olvida el “caso Lewinsky” que sacó los colores a la primera dama al conocer que su marido, por aquel entonces el presidente de los EEUU, había mantenido “relaciones inapropiadas”, como el mismo calificó, con una becaria de la Casa Blanca: Mónica Lewinsky. No obstante, dejando a un lado este affaire -que nada influyen en la carrera de Hillary-, varios han sido los escándalos que en los últimos años sí han empañado su trayectoria.

El primero tuvo lugar en 2012, durante su etapa como secretaria de Estado, cuando un atentado con bomba en la embajada estadounidense de Bengasi (Libia) acabó con la vida del embajador y de varios miembros del equipo diplomático. Una investigación interna del Departamento de Estado halló fallos de seguridad y coordinación que propiciaron el ataque y, aunque en el informe no se mencionó a la secretaria, no es raro que de tanto en cuando la oposición republicana alimente la sombra de Bengasi para obtener réditos políticos. El otro escándalo, más reciente, tiene que ver con el uso que la exgobernadora de Nueva York dio a su correo electrónico personal en el tiempo que ocupó el despacho de Foggy Bottom (barrio de Washington en el que tiene su sede el Departamento de Estado). Según la investigación, Hillary habría utilizado durante este periodo una cuenta personal para enviar correos relacionados con actividades oficiales algo que, si bien no es recomendable, no está prohibido y, de hecho, varios antecesores de Hillary en el cargo como Colin Powel han reconocido haber actuado de la misma manera.

Mientras que en las filas demócrata nadie más, aparte de la exsecretaria de Estado, ha mostrado su determinación por hacerse con la nominación del partido para las próximas elecciones presidenciales, en el partido republicano se suceden los candidatos. Además del propio Jeb Bush, que tendrá que lucha por despegar su apellido del legado de sus predecesores: eso es crisis económica y dos costosas guerras sin victoria en Irak y Afghanistan; otros destacados miembros del partido como el senador por Texas, Ted Cruz, miembro del Tea Party y uno de los más acérrimos enemigos de la reforma migratoria de Barack Obama; y Marco Rubio, senador de origen cubano que encarna los valores del sueño americano por sus humildes orígenes, entrarán dentro de la dura pugna que, a buen seguro, se librará en las filas del partido republicano para elegir al contendiente que acabe con ocho años de políticas demócratas en Washington.