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“El gen rojo” del colectivo Daños Colaterales.

Miles de estudiantes pasean a diario por la amplia avenida sin números. Empieza en la rotonda en la que se enroscan los que llegan de la sierra con los que salen del centro de la ciudad, avanza recta entre edificios viejos, más o menos cuidados, de ladrillo rojo o cemento gris, y va a acabar en un recinto polideportivo. Una vez, y de ello aún queda mucho, este lugar fue todo bosque. Los estudiantes van abandonando la Avenida Complutense y se internan en una facultad u otra sin pararse a pensar que, por esos pasillos, si echamos la vista atrás, ya han pasado millones de personas que soñaban con un futuro diferente, y que por esa acera, cuando sus abuelos aún eran jóvenes, corrieron los buenos y los malos, los malos y los buenos, y todo fue sangre, lágrimas y esperanza. En los techos y las fachadas de esas facultades aún se ven los agujeros de metralla. Son la memoria silenciosa de aquellos años en los que todo lo bueno acabó.

El proyecto Paisajes de una guerra recuerda uno de los escenarios más importantes del siglo XX español: la Ciudad Universitaria convertida en el campo de batalla de republicanos y nacionales. Madrid era el bastión de la República y la Universidad uno de sus puntos clave geográficamente. Las facultades se vaciaron de estudiantes, se levantaron trincheras y búnqueres, y las paredes, las mesas y los libros de las estanterías se convirtieron en polvo de metralla. Un congreso internacional celebrado en el mes de mayo, una exposición histórica y una serie de proyectos de creación constituyen este acto de memoria voluntaria que deberían conocer obligadamente, no sólo los miles de universitarios que pasean a diario por el antiguo Real Sitio de la Moncloa, sino todo aquel al que su pasado le importe.

Imágenes de la Ciudad Universitaria durante la Guerra Civil.

Imágenes de la Ciudad Universitaria durante la Guerra Civil.

El Centro de arte Complutense (c arte c) acoge una magnífica exposición histórica que muestra cómo los años de la guerra civil y el franquismo transformaron el paisaje de la Ciudad Universitaria. Antes y después, también están los años modernizadores de las décadas de los 20 y los 30 -en los que la universidad se trasladó de San Bernardo a Moncloa-, y el lavado de cara y nuevo período iniciado con la llegada de la democracia. La muestra nos enseña qué se ve aún y qué no de ese pasado en el paisaje actual de la Universidad. A través de numerosas fotografías procedentes de distintos fondos y archivos históricos se pueden apreciar todas las transformaciones morfológicas de los edificios: cómo fueron diseñaron; cómo quedaron en ruinas bajo las explosiones de las bombas rebeldes; cómo los vencedores intentaron reconstruir un lugar que olía a muerte… También en dos enormes maquetas que sobreponen el pasado y el presente, lo que hubo y lo que ahora hay. En las vitrinas se exponen objetos de la guerra, corroídos por el tiempo. Se pueden ver suelas de zapatos de alguien que luchó. Toda clase de objetos que se salieron de los bolsillos. Propaganda arrugada que ya no importa. En un par de las vitrinas que quedan pegadas al ventanal que da al inmenso jardín del Museo del Traje, se encuentran unos libros muy viejos cuyos tomos fueron hechos esquirlas cuando las balas atravesaron las ventanas de las bibliotecas. En algunos de ellos, las heridas de sus páginas aún albergan una bala.

La Ciudad Universitaria se convirtió en un laberinto de trincheras cuando la guerra alcanzó su etapa de desgaste. Los republicanos aguantaban en las Facultades de Filosofía y Letras (cuartel general de la XI Brigada Internacional), Ciencias, Farmacia, Medicina y Odontología. Los nacionales se situaron en las ruinas del Clínico, el Asilo de Santa Cristina, el Instituto de la Higiene, la Escuela de Agrónomos, la zona de las residencias universitarias, el Palacete de la Moncloa, la Escuela de Arquitectura y la Casa Velázquez. En ésta última, una joya arquitectónica que después de la guerra era sólo un montón de piedra y mármol, se encuentra la segunda de las muestras: La Isla Utopía. En ella, la memoria ha pasado por el filtro de una serie de artistas españoles de distintas generaciones. Efectivamente, y aún a día de hoy, las calles, los edificios y los parques de la Ciudad Universitaria constituyen una especie de isla, tan cerca y tan lejos a la vez del bullicio de la ciudad. Una isla de conocimiento, de ilusión y de rebeldía. Pues no todo fue guerra: en las fotografías resuena el eco de los estudiantes que corrían con pancartas huyendo de los grises en pos de un tiempo mejor.

Parte de la exposición "Retratos de una guerra" en el Centro de Arte Complutense.

Parte de la exposición “Retratos de una guerra” en el Centro de Arte Complutense.

“Una Ciudad Universitaria debe regirse por unos ideales de convivencia, de sabiduría compartida, de creación de futuro. Unos ideales propios de una polis-estado ideal. En el fondo, debería ser una isla, no ajena a lo que hay más allá de su espacio ni a lo que llega del mar, pero sí independiente”, explican los comisarios de la muestra, la asociación hablarenarte. En torno al patio central de la Casa Velázquez se articulan los distintos diálogos creativos que los artistas establecen con la Historia. Olalla Gómez rompe las fronteras del tiempo con unas fotografías que entremezclan el pasado ruinoso con el presente recuperado. El madrileño Marco Godoy retrata aquello que siempre permanece, el poder, con las fotografías de los despachos de algunos decanos de la Universidad Complutense. Mario Espliego, uno de los seis artistas que fueron seleccionados por convocatoria pública para la muestra, recuerda algunos monumentos erigidos a aquellos que murieron ayudando al bando republicano, como la columna Durruti. Diana Larrea -otra de las seleccionadas- traza unas Rutas bélicas a modo de folleto turístico siguiendo el rastro de los emplazamientos de las antiguas trincheras y lo que queda de ellas, desapercibidas bajo el ojo cotidiano. El colectivo Daños Colaterales, como si del estudio de un investigador se tratara, ocupan dos enormes paredes en las que el proceso creativo -recortes de prensa, post-its, fotografías, anotaciones mecanografiadas…-  es la obra de arte en sí misma. Y así hasta catorce voces diferentes.

Es imposible intentar olvidar la huella de quién ganó cuando, al salir de la avenida por la rotonda que une sierra y ciudad, nos topamos con el enorme arco de la victoria. En el Parque del Oeste aún quedan búnqueres y restos de trincheras. Es una memoria silenciosa que se esconde, como avergonzada, consciente de que aún sangra. Al fin y al cabo, no ha pasado tanto tiempo, y donde murieron bisabuelos, otros y unos, donde protestaron abuelos y padres, hoy se sientan a estudiar, como sin pasado, todos sus nietos.