MC (Blanca Diaz)

Matías Candeira / Fotografía de Blanca Díaz

Hay dos moscas pululando alrededor de la cama de hospital en la que yace Tobías Wesser. El viejo fue uno de esos malos padres que no están, y que cuando están, están mal. Así lo recuerda su hijo que, aunque le odia, le acompaña en sus últimos momentos. Se hace llamar Caníbal, es un gigante que se dedica al agresivo mundo de la publicidad y dibuja su vida en la extraña mancha de su brazo. Hubo un tiempo en que eso fascinaba a todos los chicos -y chicas- de la escuela. Esos tiempos en los que el padre no estaba, sólo una madre, distante, a la que aún se quiere, pero llena de silencios.

Matías Candeira (Madrid, 1984) se mete en terreno cenagoso. El de los hospitales y las funerarias. El del duelo con resentimiento. Se atreve con una novela bastante extensa, oscura, densa, construída con una narrativa poética de estilo personalísimo. No es lectura para pasar el tiempo. Es de la que te derrite lo sesos -para darles una forma nueva después-. Candeira recibió la ya prestigiosa beca Han Nefkens en su segunda edición. Esta beca supone una remuneración mensual para el autor que le permite residir en Barcelona y dedicar su tiempo a escribir además de la matrícula del Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Además, la obra después es publicada por la editorial Candaya. Candeira es autor de tres libros de relatos: La soledad de los ventrílocuos (Tropo Editores, 2009), Antes de las jirafas (Páginas de Espuma, 2010) y Todo irá bien (Salto de Página, 2013). Pertenece a esa generación de los 80, escritores millenials tan bien formados, en la que destacan nombres como Cristina Morales, Juan Gómez Bárcena, Aixa de la Cruz, Juan Soto Ivars, Jenn Díaz, Víctor Balcells…

Con Fiebre, Candeira se consolida como uno de los escritores de los 80 con una voz más propia, conscientemente difícil, conscientemente no apta para cualquier lector. En El Acróbata le preguntamos por su debut en el género de la novela, la diferencia creativa con el relato corto, la situación actual de la literatura y los escritores, y también por cuánto hay de él en sus extraños personajes.

Los padres eligen tener hijos y ocuparse (o no) de ellos, mientras que los hijos no escogen nacer, ser arrojados al mundo y tampoco la educación que quieren para sí mismos

– ¿Cómo nació Fiebre? ¿Fue una emoción, una idea, un personaje, una escena…?

Es difícil para un autor detectar exactamente ese pestañeo de ojos que precede a la intuición verdadera, al incendio, al “aquí está el libro”. Fiebre nace a partir de un interés personal como lector (la literatura del duelo) y de una imagen, tan literaria: un hombre agonizando en una cama de hospital acompañado por un hijo que le odia.

– ¿Es la muerte del padre uno de los grandes temas de la literatura? ¿Qué visión personal querías aportar?

Sin duda es un tema que se repite puntualmente como las plagas bíblicas y aporta mucha felicidad al lector de cualquier época y lugar. En cualquier caso, te diría que no es tanto una novela sobre el padre como acerca de los huecos y las preguntas a los que nos arroja un tipo de padre particular: uno que además no es de las modalidades más habituales en la historia de la literatura. Existen padres literarios vengativos, violentos, castradores, militares, decepcionantes; pero no tantos padres –el caso de este libro– que nieguen ferozmente a sus hijos y elijan desaparecer de sus vidas.

– ¿Debemos querer a nuestros familiares sólo por el hecho de que son nuestros familiares?

Lo que es innegable es que los padres eligen tener hijos y ocuparse (o no) de ellos, mientras que los hijos no escogen nacer, ser arrojados al mundo y tampoco la educación que quieren para sí mismos. Uno puede construir el mundo por adición (o negación) de lo que le ofrecen sus padres. Creo que si uno es escritor y ama a su familia, como es mi caso, puede y debe inventarse una familia “literaria” destructiva y venenosa sobre la que trabajar.

– ¿Hay algo de ti en Caníbal?

Hay muchos aspectos en los que me veo reflejado, aunque Caníbal es una creación que tiene mucho de paradoja y de inversión de mí mismo, ya que físicamente es muy particular (quién pudiera medir dos metros y tener esa fuerza) y mantiene muchas costumbres inventadas que sólo tienen sentido dentro del universo de la novela, tan de ataúdes, cementerios y preguntas de difícil respuesta. Reconozco que su humor de carnicero y su manera cínica y tierna de comportarse son destellos propios que no me gustaría perder. Caníbal y yo somos parecidos en zonas microscópicas: un bienpensante ve una flor y dice: “Qué flor más bonita, ¿has visto?”. Caníbal y yo veríamos las hormigas que están destruyendo minuciosamente el tallo para llevarse la flor a las profundidades del hormiguero.

fiebre

Portada de ‘Fiebre’, la última novela de Matías Candeira

– Ésta es tu primera novela después de varios libros de relatos, ¿ha sido diferente el proceso creativo? ¿Te sentiste desbordado en algún momento?

Sólo se desbordan los vasos. Si un escritor se desborda, lo que tiene que hacer es salir a correr y dejar el manuscrito para el día siguiente. Los libros siempre te están esperando al volver, así que puedes permitirte el lujo de pelearte con ellos cuanto quieras. Quizá escribir relatos sea para mí una de las cosas más agradecidas en el uso del tiempo. Es un género que admite pausas, remansos, saltos; una cierta rebeldía en los métodos. Escribir una novela extensa es diferente, más desalentador: requiere ser implacable en el proceso creativo, y pensar en la novela cuando lo que te apetece es cortar cebolla y preparar unos espaguetis, y escribirla incluso esa mañana que estás muy cansado y lo único que deseas con todo tu ser es tirarte en la cama a mirar las arañas que tejen secretos en tu techo (probablemente tu casa esté sucia desde hace una semana porque estás todo el tiempo pensando en la pu… novela).

– ¿Qué importancia tuvo la concesión de la beca Han Nefkens?

Fue un impulso enorme para este libro, tanto humano –la conceden personas verdaderamente preocupadas por el bienestar de los becados, y la promoción de su carrera– como económico. Es una beca maravillosa.

– ¿Son necesarias más ayudas de este tipo en el mundo de la literatura?

Cualquier autor te dirá que sí. Estas ayudas son extremadamente útiles para trabajar sin distracciones y aparcar temporalmente el momento de dejar tu currículum en el McDonalds.

– A la hora de publicar, ¿importan más los contactos en el sector o la calidad de la obra?

Te podría dar una respuesta políticamente correcta y alentadora para el escritor –ay, esa mirada carnal, ese anhelo casi adolescente– loco por publicar su manuscrito. La verdad es que a un escritor nadie le regala nada: ni el talento –y hay muchas clases de talento– ni la inteligencia laboral y la capacidad de defenderlo, gestionarlo y colocarlo en el lugar adecuado. A la hora de publicar importan enormemente las dos cosas.

La primera, la calidad de la obra, para tratar de ir con la cabeza bien alta, que no se te caiga el pelo –saber en la intimidad que has escrito un mal libro, o peor, un libro muy por debajo de lo que esperabas, provoca alopecia, sudores y dolor rectal– y que un editor te dé el sí. En contra de lo que puedan pensar los fanáticos de la conspiración, la mayor parte de los editores respetables no están dispuestos a publicar algo en lo que no crean. Otro asunto muy distinto es la laboriosidad y la paciencia del escritor para no arrancarse él mismo la piel a tiras cuando el libro “tarda” en conseguir publicarse. Eso también es un talento particular. Si tiras la toalla y eres devoto de la inmediatez (“están tardando en contestarme”, “me han dicho que no”, “es la quinta carta de rechazo que recibo”) no vales para esto.

La segunda, la “cartera de contactos” (qué término tan bursátil) es un conocimiento valioso y necesario que adquiere cualquier autor con un poco de experiencia. Los libros se escriben en soledad, en búsqueda artística; pero se publican en un mercado tan laboral como el de los ingenieros o los auditores.

– ¿Se puede vivir de la literatura? ¿Vives de tu literatura?

Comer poco, la resistencia espartana, el ascetismo y la nutrición deficiente tienen mucho de literario, de esa lucha por el gran sueño. Pero a mí me da en la nariz que ese propósito de “vivir de esto” aparece en la cabeza de un autor cuando sus libros le dan una cierta estabilidad económica, nunca antes. Si sucederá conmigo, yo no lo sé. No es, desde luego, una pretensión muy sana. Es narcisista y poco práctica.

– ¿Crees que compartes con los autores de tu generación unos temas comunes, inherentes al tiempo en el que estáis creciendo y escribiendo?

He detectado que nuestros nexos no tienen tanto que ver con la técnica o los temas –las estéticas de cada cual son muy distintas entre sí– como con un cierto desamparo con nuestro papel en el campo de juego literario. Los años noventa, donde un autor podía cobrar una cantidad considerable de anticipo por un libro o mantener bolos regulares, se terminaron hace tiempo. De hecho, el otro día le escuché a un buen amigo hablar de nosotros como la generación ni-ni de la literatura, refiriéndose a que somos la clase de autores que “ni” han conocido un buen adelanto, ni jamás podrá vivir de sus libros.

– ¿Cuál es el mejor libro que has leído este año 2015?

Me ha parecido excelente El cinéfilo, de Walter Percy, Cicatriz, de Sara Mesa, y me ha asombrado en buena medida Jerusalén, de Gonçalo Tavares. Siento envidia y deseo un perfumado derramamiento de sangre. Les pido a estos autores que contraten seguridad privada.