Uno no puede evitar preguntarse en qué momento lo distópico deja de serlo. Dónde está la línea que separa lo actual de lo posible. Cuándo la ciencia ficción es ya una simple narración realista. Convivimos con gobiernos totalitarios falsamente fundados en el racionalismo. Crecemos en sociedades que siempre oscilan en la balanza de la seguridad frente a la libertad. Pero seremos felices, y por ende, mansos, mientras entre en casa el suficiente dinero para seguir siendo consumidores. Hace ya mucho que la Luna, toda pisoteada, dejó de ser una quimera. Nos conformamos con que siga regulando unas mareas que día a día son más altas y, mientras tanto, allá lejos, en el océano al final del mundo, se está formando otro continente a base de basura. Empresas privadas ya están planificando la colonización de Marte. Con los móviles se puede hablar de mil modos diferentes, jugar, comprar y ser espiado por gobiernos internacionales y magnates de las redes sociales que a saber qué quieren de nosotros. Si le preguntásemos a alguien de 1950, o incluso de 1990, qué piensa de los tiempos que corren, seguramente los calificaría de ciencia ficción. De ciencia ficción distópica, que es la mejor.

Mañana-todavíaLa editorial Fantascy, a través del antólogo Ricard Ruiz Garzón –escritor y periodista- propuso a doce autores españoles habituales de los géneros de la fantasía y la ciencia ficción que imaginasen en forma de relato o novela corta un posible futuro distópico. Y en tierras peninsulares, por qué no, que parece que el fin del mundo siempre tiene que ocurrir en EEUU. El resultado es el libro Mañana todavía. Qué parecidas al presente, y qué aterradoras, resultan muchas de estas narraciones. Algunas más acertadas que otras, pero todas posibles. Se puede rastrear en cada una de estas historia futurista el grano que una vez supuso el punto de partida y, ¡sorpresa!, en nuestro presente ya lo hemos pasado. Grandes de la ciencia ficción española como Elia Barceló, Emilio Bueso, Juan Miguel Aguilera, Rudy Martínez o Javier Negrete; otros más curtidos en el género fantástico -nos quedaremos con el binomio establecido por Bradbury: fantasía es lo imposible, ciencia ficción lo que aún podría llegar a ser- como Laura Gallego, Marc Pastor, Félix J. Palma, Susana Vallejo o Juan Jacinto Muñoz Rengel. Y también están los veteranos, intermitentes en el género: Rosa Montero y José María Merino. Todos ellos han fantaseado para esta ocasión -salvo la historia de Montero, que ya estaba escrita pero que permanecía inédita- y han alumbrado algunos futuros de fondo espantoso pero forma exquisita.

La RAE aún no contempla el término “distopía” -aunque está en propuesta de la mano del propio José María Merino-, pero podríamos definirlo como un futuro cercano en el que todo lo que podría salir mal ha salido, efectivamente, fatal. Antes de ponerse a imaginar, buscando el posible desenlace catastrófico de los errores presentes, uno tiene que tener en cuenta a los grandes: aquellos que lo han hecho antes que tú y mejor que tú. No se puede escribir ciencia ficción distópica sin haber devorado y diseccionado una, dos, diez veces, las grandes novelas fundacionales. A saber, la famosa triada distópica: Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932), 1984 de George Orwell (1949) y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1953). Por qué siempre nos olvidaremos de Nosotros, del ruso Evgueni Zamiátin, que vaticinó en el año 1920 algunos de los peores desmanes políticos y sociales, todos ellos bajo fórmulas algebráicas poéticas, que después recuperarían los mencionados autores distópicos. En todos ellos están presentes gobiernos dictatoriales -el Benefactor, el Gran Hermano, Ford…- que han llegado a la conclusión de que la sociedad es más feliz si le es extirpado su libre albedrío. La libertad ofrece la posibilidad de cometer errores, y eso es imperdonable. Y con ella, erradiquemos cualquier particularidad que diferencia a un individuo del otro, convirtiéndolos a todos en una masa homogénea.

Elia Barceló recoge el testigo del mundo de Huxley. Imagina en 2084. Después de la revolución una sociedad, aquí, en tierras castizas, dividida cómodamente en estratos sociales diferenciados por físico, vestimenta, trabajo y ocio y todos ellos conformes con su estatus de nacimiento. ¿Podría la sociedad española actual aceptar ese “sistemas de castas”? La autora opina que, en cierta medida, ya lo ha hecho. En España todo el mundo encuentra normal que existan los superricos y los superpobres. Los de en medio hasta ahora se han considerado a sí mismos ricos o suficientemente ricos y con eso no sufrían demasiado al compararse con los de arriba. A los de abajo se les ignora, se cierran los ojos, se niega su existencia y en paz”, explica la autora.

El escritor Emilio Bueso

El escritor Emilio Bueso

Emilio Bueso, coronado como uno de las grandes firmas del género patrio después de recibir dos veces el premio Celsius -el último con su novela Cenital– crea en Al garete un relato desgarradoramente poético, atroz, en un mundo sumergido bajo los polos deshelados que recuerda un poco a Waterworld. La catástrofe medioambiental es un leit motiv en la obra de este autor, que narra el peregrinaje marítimo de un convoy de barcos maltrechos en busca del último pedazo terrestre de la Tierra. Saltando por encima de todos ellos avanza Santiago, como el camino. “A veces la gente me pregunta cómo es que tuve un crío precisamente el mismo año en el que publiqué Cenital. Y es precisamente por eso, porque cuando las cosas pintan realmente mal los que más luchan, y sufren, son los que tienen a alguien por quien hacerlo. Los solitarios, en cambio, suelen optar por el suicidio. Es más práctico”, cuenta Bueso.

Javier Negrete, habitual de la novela juvenil, se resiste al fatum en clave de humor. Adivinamos en Los centinelas del tiempo la huella de los libros quemados a 451 grados fahrenheit. Pero en esta ocasión, la destrucción de la cultura viene propiciada por la digitalización, que cambia la prosa a su manera, adaptándola a los términos políticamente correctos -tanto que caen en el ridículo- que imperan en esa sociedad futura suya. La Coordinadora de Igualdad lo llama “justicia histórica”. Los restos literarios permanecen ocultos en una biblioteca custodiada por un viejo escritor en el sótano del colegio del protagonista, un niño de 12 años asqueado con su versión edulcorada de El señor de los Anillos. ¿Qué tienen de peligrosos los libros que en todas las distopías salen tan mal parados? “Los libros son voces y pensamientos de personas del pasado y del presente (y en ocasiones de visionarios del futuro) encerrados entre tapas. Cuando abrimos esas tapas y empezamos a leerlos, arranca un diálogo con el lector de consecuencias imprevisibles. Ese elemento incontrolable es el que no pueden soportar los bienpensantes y los fundamentalistas de ninguna época. Cuando queman los libros, en realidad querrían quemar a sus autores”, opina Negrete.

Los medios de comunicación ofreciendo información tergiversada y ocio embrutecedor. Políticos reclutados de entre los ciudadanos más ineptos y gobiernos títere encadenados uno detrás del otro en una falsa idea de democracia. Hábitos y gustos en manos de las multinacionales. Estos son algunos acontecimientos distópicos que según los autores ya se han hecho realidad. “Distopía es cobrar cuatrocientos euros y que te embarguen” sentencia Bueso.  Lean, aterrorícense, pero sobre todo tomen nota.