Edie Sedgwick vivió rápido y murió joven. Fue un personaje de ésos que se recuerdan como “malditos”, una niña rica que se transformó en juguete roto de mente turbada. De ascenso meteórico a descenso catastrófico. Su vida fue tan excesiva, que su final sólo podía ser dramático. Sin embargo, a Edie su tragedia personal no le concedió ni siquiera un reconocimiento póstumo entre aquellos artistas que tanto habían alabado su figura y aplaudido cada paso que daba.

Nacida en una acaudalada familia de Massachussets (EE.UU.), Edie se crio en los círculos sociales más elitistas e influyentes del país. Nada más cumplir los veintiún años, en 1964, decidió trasladarse a Nueva York, donde llegó con el sueño y la ilusión de ganarse un hueco en el mundo artístico de la década.

Una vez instalada, Sedgwick no tardó mucho en ser el foco de todas las miradas. Su continua asistencia a las fiestas más selectas de la Gran Manzana le hizo ganar el título de ‘party girl’. Todos se preguntaban quién era aquella joven delgada que desprendía tanto estilo, vestía ropa cara e iba siempre acompañada de su chófer particular. En uno de estos eventos estaba Andy Warhol, quien quedó fascinado ante el glamour de Edie. El flechazo fue tal, que, a partir de ese momento, ella no sólo se convirtió en su musa, sino también en su otra mitad.

 

La Factoría

Si bien la amistad entre Warhol y Sedgwick fue breve, también fue intensa. Pelo teñido de rubio platino, corte “a lo garçon”, camisas masculinas, medias negras tupidas… Era difícil distinguir a Míster Warhol de Miss Warhol (como la propia Edie se calificó). La nueva no-pareja de moda  (término con el que se les definía, ya que Warhol era homosexual y no mantenían una relación amorosa) acudía a todas las celebraciones posibles. Su presencia era sinónimo de éxito.

Warhol hizo a Edie la reina de su Factoría, ese lugar que él mismo había creado para dar rienda suelta a su producción artística, sus películas, sus sesiones fotográficas… En aquel momento, este espacio era el referente de la “nueva ola” artística de la época, por lo que todo aquel que quisiera llegar a ser alguien, sabía que tenía que pasar por allí. Un lugar lleno de excentricidades, donde todo podía pasar: desde inyectarse droga hasta presenciar un número sadomasoquista.

Edie se integró en este círculo y llegó a protagonizar varias películas bajo el sello de la Factoría, como Chelsea Girl o Pobre niña rica, así como inspirar alguna canción, Femme Fatale de ‘The Velvet Underground’.

Como Truman Capote llegó a afirmar, Warhol encontraba en Sedgwick todo aquello que él siempre había querido ser: “una adorable chica bostoniana a la que sus padres pusieran de largo”. Una infancia llena de carencias y estrecheces habían hecho del artista un hombre complejo, que sentía debilidad por chicas de orígenes privilegiados, que usaban ropa de alta costura y hablaban francés. En definitiva, que representaran lo que él había anhelado para sí mismo.

 

El principio de la decadencia

Edie estaba de moda, por lo que no tardó en despertar el interés de revistas como Vogue o Life, para las que posó tanto en portadas, como en reportajes. Pero lo que, en principio, parecía su lanzamiento hacia el triunfo, resultó ser el comienzo de sus problemas. A su complicado carácter se sumaron sus cada vez más evidentes problemas con las drogas, que le dieron fama de persona a evitar. Entró así en una lista negra que puso fin a su carrera como modelo.

Al mismo tiempo, su relación con Warhol era tan dependiente que se había vuelto tóxica. Distanciada de la Factoría, Edie empezó a juntarse con Bob Dylan y su grupo. El cantante, que no soportaba a Warhol, aprovechó la oportunidad para “arrebatarle” a su musa y apuntarse el tanto. Aunque existen rumores que apuntan a que Sedgwick mantuvo una relación sentimental con Dylan, el artista nunca lo ha admitido. Con el estreno en 2006 de la película sobre la vida de Edie, ‘Factory Girl’, Dylan amenazó con denunciar a sus productores por insinuar que mantuvo un noviazgo con ella.

Warhol jamás se lo perdonó. No volvió a contar con ella para ninguno de sus proyectos y le dejó claro que sólo era una drogadicta que sobraba en la Factoría. Además, le hizo saber que Bob se había casado con Sara Lownds en secreto. Fue demasiado para Edie.

Enganchada a las drogas, arruinada y sola, la dorada vida de Edie Sedgwick se convirtió en una espiral de autodestrucción, reflejada en su último film Ciao Manhattan.

 

Dejó Nueva York y con ello, emprendió una nueva etapa marcada por su paso por la cárcel y su desesperado intento de desengancharse de las drogas, con sucesivas entradas y salidas de clínicas psiquiátricas y centros de rehabilitación. En uno de ellos conoció al que sería su marido, Michael Brett Post.

No es que por aquellos años poco quedase de la femme fatale a la que cantaban los Velvet Underground, es que, bajo la misma, se escondía una mente frágil, atormentada, que había convivido entre suicidios y dramas familiares desde muy pequeña. Se descubrió que, antes de aterrizar en la Gran Manzana con su glamour y su toque chic, la joven Edie ya había estado internada debido a los trastornos alimenticios que padecía.

Apenas contaba 28 años cuando su marido se la encontró muerta en su casa, a causa de una sobredosis. Al enterarse, Warhol sólo preguntó quién heredaría sus bienes. En cuanto fue informado de que a Edie ya no le quedaba nada, su respuesta fue “vaya, en fin, cuéntame qué has estado haciendo hoy”.

Había dejado de existir para el mundo.