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En la imagen de la solapa, Mariana Torres luce sombrero y una enorme sonrisa. Parece una mujer simpática y agradable con la que uno estaría encantado de charlar. Y sin embargo, cuando te adentras en sus narraciones cortas, vuelves la mirada atrás y piensas que quizá se oculte algo detrás de esa sonrisa. No necesariamente una vida truculenta, como muchos esperan de esos escritores que escriben sobre acontecimientos grotescos y terribles, pero sí, al menos, un imaginario poderosamente perverso, algo fantástico, muy íntimo. Por las páginas de El cuerpo secreto -la apuesta de la editorial especializada en narrativa breve Páginas de Espuma para este otoño de 2015- pululan niños que, quizá, desearíamos no encontrarnos.

Hay un niño al que le está creciendo un árbol en el estómago, tan grande, que las ramas le asoman por la garganta. Hay un corro de hermanas que se cogen de las manos para ahuyentar al monstruo bajo su cama. Hay una niña a la que le cosen unos pies que no son suyos. Pero también hay adultos que una vez fueron esos niños olvidados en territorios en los que se mezcla la realidad con su expresión más onírica. Mariana, que ha vivido por casi todo el mundo y se ha curtido en talleres literarios -donde ahora da clase- tan sólo necesita unas pocas líneas, un puñado de párrafos a lo sumo, para fascinar al lector, a la vez que le pone los pelos de punta. Hay naturaleza e inocencia. Caminos nevados, ramas torcidas y animales asustadizos. Más de treinta historias en un género del que Mariana se está haciendo maestra.

El 2015 es su año de debut. Se refieren -nos referimos- a usted como una autora novel, aunque haya escrito cientos de páginas. ¿Cómo se enfrenta una a su primer libro?

Con alegría y entusiasmo, al menos para mí no puede ser de otra manera. Es como si llevara media vida haciendo las maletas y marcando rutas en un mapa para, por fin, empezar el viaje. La escritura necesita años de entrenamiento, no hay manera de saltárselos; al menos yo, en mi experiencia, siento que hacen falta bastante escrito antes de atreverse a publicar un libro. Este primer libro supone, por tanto, además de una enorme ilusión y satisfacción, también curiosidad y desconocimiento por cómo será el viaje, por cómo se leerá el libro, qué pasará ahora que hemos empezado a caminar.

Los niños son inocentes y sinceros, pero también, como los de muchos de sus relatos, pueden resultar realmente perturbadores. ¿Por qué casi siempre son sus protagonistas?

Es complicado saber si fue antes el huevo o la gallina, en este caso. No recuerdo mis protagonistas nacieron niños porque tengo una especial conexión con ellos, o con la infancia; o si como son personajes transparentes me resulta sencillo trabajar con ellos. Los niños me han fascinado siempre por su mirada, los respeto muchísimo. Suelen interpretar las cosas como les sale, sin demasiados filtros intelectuales o, dicho de otra manera, con juicios propios, no impuestos o aprendidos. Y, en el caso de este libro en concreto, existe una conexión muy clara entre la temática y los personajes. Si los personajes fueran adultos las historias serían otras, sería otro libro.  

¿Y la adolescencia?¿Esos breves años tan intensos pueden ofrecer material para toda la vida de un escritor?

Supongo que sí, pero lo cierto es que tengo un vago recuerdo de mi adolescencia. Me da más bien la sensación que crecí sin pasar por ella, recuerdo que era una niña pequeña y de repente me hice adulta. Sé que no fue así, sobre todo me doy cuenta cuando hablo y comparto historias con mis sobrinas, pero es la sensación que tengo a medida que pasan los años. Y por supuesto que tanto la infancia como la adolescencia ofrecen material para un escritor, muchísimo. Esos momentos que se te clavan en la garganta a esas edades son más que especiales, después no vivimos las historias de una manera tan traumática o tan intensa, la primera vez de cada experiencia es única. Nunca me he atrevido a releer mis diarios de esa época, casi prefiero no recordar qué escribía entonces, pero estoy segura que mucho de entonces se refleja en mi escritura actual, en el tipo de historias que viven mis personajes.

¿Usted es una autora de ideas, de imágenes, de sensaciones…? ¿Cómo cobran forma sus historias?

Mis historias suelen nacer de una imagen concreta o una idea visual, me resulta fácil desarrollarlas porque nacen ya con una acción. Recuerdo, por ejemplo, que el cuento Niño, árbol, monstruo, árbol nació de la idea que un niño se tragaba una semilla y le crecía en el estómago una planta. O el primer cuento del libro, El hombre araña, surgió con otro niño, que comía sin hablar y empeñado en no quitarse el disfraz ni para dormir. A partir de esas acciones iniciales trabajo con las voces, pongo al personaje en movimiento y voy viendo hacia dónde me lleva la acción, qué consecuencias finales tiene, qué siento yo al conocer esas acciones y consecuencias. Sé que un cuento es bueno si aguanta después de muchas lecturas en voz alta, si me sigo emocionando yo, es que algo hay. En cambio, si me deja indiferente, es que algo no funciona, o no funciona en ese momento, con esa voz.

Mariana Torres

Mariana Torres, en la imagen de la solapa de su libro ‘El cuerpo secreto’

¿Qué le gusta del género del relato? ¿Y del microrrelato?

Tanto el relato corto como el micro me gustan por las características que comparten, son géneros muy cercanos a la poesía, a lo no dicho, a la sugerencia, al simbolismo. El papel del lector es imprescindible, el buen cuento no admite lectores pasivos, el lector tiene un trabajo que hacer y que pasa por completar el cuento, aportar. Me gusta también la gran variedad de opciones que ofrece, hay muchísimos tipos de cuento. Y de cara al escritor, sobre todo en una etapa formativa, al ser un género breve, ayuda a poner a prueba y ensayar técnicas, voces, situaciones, diálogos. Y aunque es muy difícil escribir un buen cuento —justamente por la precisión y exactitud que requiere—, a mí me resulta cómodo de escribir, porque manejo un menor número de palabras.

¿Cuáles son sus autores de referencia en este género?

Los autores de referencia van cambiando con los años y con las lecturas. Tengo algunos referentes claros, de toda la vida, y tienen que ver con autores y tipos de cuento que me hacen vibrar, como pueden ser los cuentos de Julio Cortázar, los de Ray Bradbury, los de Ana María Matute y Sam Shepard. Últimamente he leído muchísimo a Edgar Keret, por ejemplo, que me encanta, a Jhumpa Lahiri. Además suele ocurrirme que, cuando encuentro un autor que me gusta intento leer todo lo que ha escrito, para conocer la evolución. Y en español he leído últimamente a Javier Sáez de Ibarra, he empezado por su último libro, Bulevar, que me ha cautivado tanto que ya me he hecho con todos los demás también.

¿Se ha atrevido -o se atreverá en un futuro- con una novela?

Más que una cuestión de atrevimiento tiene que ver con el tipo de historias que vayan surgiendo en el camino. Creo que hay historias que surgen en forma de cuento, otras en forma de novela, otras en forma de cine. No me parece algo que se pueda planear del todo… de lo cual me alegro. Llevo tres años trabajando en una novela, por ejemplo, y siento que necesita un par de reescrituras más para darse por terminada. Cada género tiene su ritmo, y la novela más que un atrevimiento es una cuestión de tiempo y prioridades, es necesario limpiar la mesa de trabajo y meterse totalmente durante un tiempo largo en una sola historia. Al menos para mí es más una cuestión de organización que de valor, una novela es una obsesión desarrollada a lo largo de muchos meses. No es fácil encontrar historias así. Pero cuando las encuentro, y veo que aguantan, suele significar que hay novela.

¿Por qué cree que, cuanto menos tiempo tenemos para leer, más gordos son los libros?

Creo que el tiempo de lectura que invierte un lector en un libro no es proporcional al número de páginas del mismo. Los libros más gordos del mundo —descartando a Proust y autores de su nivel, obviamente— no tienen porqué llevar más tiempo leerlos que otros. Hay novelas río larguísimas que yo he leído en quince días, y novelas breves que me han llevado meses. No es una cantidad del número de palabras, tiene más bien que ver con la cantidad de reverberaciones que produce dentro. Hay libros muy gordos que solo admiten una lectura porque, una vez leídos, no se pueden releer, solo te interesaba la historia o la distracción provisional que te estaba aportando (lo cual también tiene su valor, no lo estoy descartando en absoluto, claro). Y hay libros finísimos que admiten más de veinte relecturas, que cada vez que volvemos a ellos leemos algo nuevo, porque el libro tiene un efecto emocional dinámico en el lector, el diálogo que establece está vivo, no es una cuestión de mero entretenimiento o distracción, es otro tipo de propuesta.

Se ha formado, y ahora imparte clase, en escuelas literarios. ¿Funcionan? ¿Forman auténticos escritores o son sólo entretenimiento para amateurs?

Yo creo que cumplen las dos funciones al mismo tiempo, como probablemente lo hacen todas las escuelas de artes y oficios. Si a alguien le gusta muchísimo pintar lo más razonable es que acuda a una escuela a formarse, y en función de su deseo, capacidad de trabajo y sensibilidad personal —y también prioridades y necesidades económicas— esa persona desarrollará su pintura hasta un convertirse en un profesional o no. Todas las escuelas son un punto de partida, y de hecho cuando sales de una escuela de cualquier tipo estás al inicio de una carrera, nunca al final. Has dado un paso, sí, pero el camino que te queda por recorrer es largo, y es donde, en este caso, se construye o no el escritor. Lo que sí tengo claro es que si no hubiera acudido a un taller literario cuando empecé, hace unos quince años, no estaría ahora mismo en este punto; o hubiera llegado después de muchísimas más vueltas.

¿Por qué cree que -en España- no existen titulaciones académicas ligadas al oficio de la escritura como sí que existen en muchos países anglosajones?

Calculo que tiene que ver con el estado de la educación en España, a la poca importancia que, desgraciadamente, tienen las artes en el desarrollo educativo: la música, la pintura y la escritura. Aún así creo que la escritura, de las tres que he mencionado, es de las peor parada. Tanto los pintores como los músicos pueden estudiar profesionalmente, tener un reconocimiento académico. Y esto es muy diferente ya no solo en los países anglosajones, sino en casi toda Europa. En países como Finlandia, Holanda o República Checa existe la Escritura Creativa como grado en las universidades. También ocurre en algunas universidades latinoamericanas, que tienen maestrías reconocidas.

Pero en España eso aún no ocurre, o en los pocos casos que la escritura llega a la universidad se le quita tanta carga práctica que no se forman escritores, sino estudiosos de la escritura. Calculo que poco a poco esto irá cambiando, a medida que las universidades de reciente creación se atrevan con las artes, que lo harán, o eso espero. Pero haría falta una reforma desde el la educación escolar, que es donde realmente funcionaría. La educación de la expresión artística y la creatividad debería empezar ahí, es el lugar necesario. Yo he tenido muy buenos profesores en mis primeros años de colegio, tanto en Brasil como en España, y más adelante he tenido la suerte de viajar y conocer otro tipo de sistemas educativos. Tengo claro que la combinación de ambas circunstancias han aportado elementos a mi formación como escritora, y es una pena que requiera tanto esfuerzo personal cuando podría ser todo muchísimo más sencillo si estuviera montado de otra manera.