Escena de 'Regresión' con Ethan Hawke y Emma Watson

Escena de ‘Regresión’ con Ethan Hawke y Emma Watson

Cuando se escribe acerca de alguien que, una vez, se llamó prodigio o promesa de cualquiera de las artes, es fácil -y recurrente, tal como leemos estos días- caer en el discurso de que todo tiempo pasado fue mejor. Como si homogéneamente sufriésemos un acceso del síndrome de la Edad de Oro. De ser así, ningún artista debería atreverse a seguir intentándolo después de la conquista de su ópera prima. Pero lo importante es aprender y envejecer bien, preservando y reformulando aquellos ingredientes que, un día, te hicieron ser aquel al que todo el mundo deseaba amar. Amenábar sabe cómo funciona. Es un cineasta español -y le agradecemos que lo siga siendo- que desde hace mucho dirige con medios y estrellas hollywoodienses. No podemos echarle en cara que haya decidido crecer al otro lado del charco. Al menos ha sido fiel a sí mismo y en su nueva película, Regresión, ha conservado aquellos elementos que, más que en Tesis, aquel debut que convirtió los pasillos de la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid en el escenario más terrorífico y delirante, nos cautivaron en Los otros, hasta la fecha seguramente la mejor película de horror española, gracias, entre otras cosas, a un reparto que por primera vez se elegía en la meca del cine, con Nicole Kidman, soberbia, a la cabeza. Amenábar, después de los seis años de descanso y trabajo que han seguido a Ágora, vuelve al miedo, a su esencia primera, y lo hace en un lugar tan propicio a la par que usado como la llamada “América profunda”, esos rincones de los Estados Unidos en los que la tradición y el misticismo niegan a su población el avance de los tiempos.

En Regresión, la institución religiosa vuelve a hacer acto de presencia. Recordamos a aquella Nicole Kidman que reza por sus hijos, a aquella Hipatia magníficamente interpretada por Rachel Wiesz recibir las pedradas de los cristianos por atreverse a descifrar el cielo siendo mujer, y llegamos a la conclusión de que algo de la religión le duele a Amenábar, especialmente de la cristiana. Regresión no es una película sobre los desmanes de la religión. Eso hubiera sido demasiado fácil. La Iglesia, el cobijo de doble filo que proporciona a los creyentes asustados un refugio contra el mal, es uno de los ingredientes del film, pero no el principal. Cuenta en diversas entrevistas el director que, desde hacía tiempo, andaba dándole vueltas a la idea de contar algo sobre el diablo. Dónde y por qué hace su presencia. A qué personas conquistas. Y qué somos capaces de hacer por él.

En los años 90 se extendió como una epidemia por algunas ciudades de esa América profunda el rumor de que se estaban llevando a cabo ritos satánicos, perpetrados por miembros de la comunidad cuya adoración al demonio era llevada en secreto. Podía ser policías, maestros, tenderos o algún miembro de la familia. Nadie estaba a salvo. Se decía que sacrificaban jóvenes hermosas, animales e incluso bebés, que se bañaban en su sangre, que fornicaban adorando a Satán, todo bajo el influjo y la memoria confusa que provocaban diversas drogas. ¿Quiénes eran? ¿Qué querían? El miedo aumentó con la publicación de diversos libros que analizaban estos supuestos rituales, e incluso entrevistas en los periódicos con los adoradores del demonio o sus víctimas. Cualquier conducta sospechosa se atribuía al demonio, con el respaldo de la Iglesia, que por fin encontraba compartida su guerra contra el enemigo más ancestral. Como si se hubiera retornado al Salem de 1692. En algunos de estos casos la policía recurrió a psicólogos para que ayudasen a las víctimas a recordar nombres y fechas. Muchos utilizaron una terapia hipnótica muy popular en los años noventa, la llamada regresión, hoy totalmente desprestigiada por motivar en los pacientes recuerdos falsos.

Es en uno de estos casos en los que se inspiró Amenábar para su nueva película, a la que esta terapia, llevada a cabo por el psicólogo al que da vida David Thewlis, da nombre. En Minnesota, en 1990, una joven llamada Angela -estupenda Emma Watson- se ha refugiada en la Iglesia evangelista de su ciudad tras huir, después de años de sufrimiento, de un padre que, aparentemente, abusaba de ella sexualmente. El padre se entrega a la policía local porque, aunque él no lo recuerda, lo que cuenta su hija, la única de la familia que no ha caído en la sodomía, la violencia y el alcohol, ha de ser verdad. Bruce Kenner, el policía al que interpreta Ethan Hawke, se acerca a la joven a fin de que ésta confiese los abusos de su familia. Pero hay algo más. Otra persona en la habitación que tomaba fotografías de la violación. Desconocidos con túnicas negras cantando en el cobertizo. Una anciana con un cuenco de drogas. Una cruz invertida grabada con un cuchillo en su vientre. En la radio, en los periódicos, en la televisión, todo el mundo habla de ritos satánicos horribles que se están llevando a cabo por todo el país. Y, aunque Kenner se niegue a creerlo, Angela puede ser la primera testigo fiable de uno de ellos.

Amenábar desea el miedo del espectador, y lo que consigue notablemente. Pueden criticársele otras cosas a Regresión -como el empleo de algunos tópicos o el final abrupto de la intriga- pero no la de dejarte indiferente. Esta película retrata magníficamente un proceso de histeria colectiva en la que participan todos los miembros de una comunidad. La contínua sugestión que sufre un individuo al que la presencia del mal le llega de todas partes. Al principio no quería creer, pero acaba creyendo, porque las evidencias son reales, están ahí. Esta sugestión atraviesa la pantalla y contagia a los espectadores, tan pendientes de descubrir los nombres de los participantes en los ritos satánicos que, quizá, estén pasando cosas por alto. Amenábar te engaña, y tardas en darte cuenta de que has caído en su trampa. Te convierte en otro de sus protagonistas asustados, fascinados por la perversión, por la promesa de que lo que parecía imposible pueda llegar a ser real. Y lo real, a veces, no es nada más que lo evidente.