Justin Trudeau durante la campaña electoral / @JustinTrudeau

Justin Trudeau durante la campaña electoral / @JustinTrudeau

El conservador canadiense Stephen Harper gozaba, hasta el pasado martes de 20 octubre, de un título nada fácil de mantener en estos tiempos que corren. El anglófono natural de la megalópolis de Toronto era, junto a la omnipresente Angela Merkel, el líder del G-7 que más tiempo llevaba gobernando su país. Pero, tras una década de dura política, tanto interna como externa, que ha cambiado la imagen de Canadá en el mundo Harper no ha podido ampliar ese récord que algunos críticos dentro del país ya tildaban de peligroso. El conservador amante de la industria petrolera tuvo que ceder su sitio a un joven de 43 años profesor de francés llamado Justin Trudeau, líder de la formación de centro-izquierda Partido Liberal, toda una sorpresa que solo pudieron anticipar algunos sondeos a pocos días de los comicios. Todo parece bastante normal si obviamos ese apellido ‘Trudeau’. Quizá a los más jóvenes no les suene, pero es uno de los sobrenombres más ilustres del país más extenso del mundo, tras Rusia. Este profesor de sonrisa fácil y pinta de buen yerno es, ni más ni menos, que el hijo del apodado ‘Kennedy canadiense’ Pierre Elliott Trudeau, un carismático político que gobernó el país entre los 60 y los 80 y al cual se le atribuye la modernización de esta nación súbdita de la monarquía inglesa.

A pesar de su cercanía a Estados Unidos, su vecino del sur, donde las sagas familiares en política son algo muy común, en Canadá es la primera vez que algo así sucede, que un hijo de un Primer Ministro llega al 24 de Sussex Drive de Ottawa, residencia del PM canadiense, años después de que lo hiciera su padre. Todo un hito en este tranquilo y sano Estado al que se le suma la leyenda que ya acompaña al humilde profesor natural de Quebec y que hasta principios del siglo XXI solo sabía de política por lo que había aprendido de pequeño correteando por los pasillos ministeriales. Allí aprendía cómo funcionaba el mundo en plena Guerra Fría, mientras su padre timoneaba el país con una mezcla de autoritarismo y carisma que le valió para no dejar indiferente a nadie. Estos años de ‘hijísimo’ y su posterior madurez le ha valido a la prensa del país para contar historias como que el primer muerto que vio en su vida fue al líder soviético Leonid Brezhnev en su entierro.

Pero la mejor de esas anécdotas, a caballo entre la realidad y la ficción, es la que cuentan que llevó a Trudeau a meterse en política. Fue en el año 2000 en el entierro de su padre cuando tras narrar un discurso que todos alabaron y alaban un amigo del fallecido se acercó a la madre del chico, Margaret (una conocida artista de la noche de Nueva York), y le dijo: “Es un hombre, Margaret, es un hombre”. Ese amigo familiar era Fidel Castro.

Sin embargo, sería tonto pensar que a Justin le ha llegado la hora de gobernar por el apellido pues según la mayoría no se parece en nada a su padre, políticamente hablando, y no es que el quebequés haya buscado mucho esta baza para ganar votos. Todo apunta a que su victoria se debe a unas cualidades que a su padre le faltaban en su momento como la capacidad de flexibilidad y su forma de escuchar y entender a los canadienses. Por debajo en las encuestas durante la mayoría de los 78 largos días que ha durado la campaña (la más extensa de la historia de Canadá) este hándicap electoral hizo que Justin y su equipo se vieran obligados a llevar a cabo una campaña cercana, puerta a puerta.

Con este continuo cara a cara han conseguido quitar al duro Harper incluso el voto inmigrante en un país que recibe cada año a 250.000 nuevos ciudadanos provenientes de países de todo el mundo. Buscaron una estrategia más propia de un partido socialdemócrata que de un liberal y con ello han conseguido dar la vuelta al descalabro de 2011 que llevó a la formación a los peores resultados de su historia. Huyendo del elitismo conservador que había llevado el eje económico del país al Oeste, a las zonas petroleras, y buscando el voto tradicional del siempre importante Quebec y las regiones atlánticas Trudeau ha conseguido volver al hogar donde pasó sus  primeros años entre cumbres del G-7 y visitas ilustres, aunque ahora le tocará a él llevar el timón de todos esos asuntos que antes veía como un espectador suertudo. Todos coinciden en que no tiene la sabiduría ni es el animal político que era Pierre Elliott pero parece que la nueva Canadá tampoco es la misma que aclamaba u odiaba al primer Trudeau entre los años 60 y 80.

El apellido y el territorio

Si la familia, el apellido, es clave en esta nueva etapa de la política canadiense el territorio, la tierra de procedencia de Justin no lo es menos, aunque en los últimos años su importancia ha decaído sustancialmente. Quebec ya no es lo que era. El nuevo Trudeau, procedente como su padre y su familia de la independentista zona de Quebec, no tendrá que lidiar como su padre con las pretensiones rupturistas de su tierra. El nuevo y asentado sistema federal, defendido a ultranza por Pierre Elliott, y el movimiento del eje económico hacia el Oeste vivido en las últimas décadas han convertido a la región francófona en una pieza más de uno de los países más integradores del planeta y, en consecuencia, ha hecho que su importancia decaiga en prácticamente todos los ámbitos.

El quebequés que ha ganado las elecciones amparándose en las regiones de la costa Atlántica frente al Pacífico conservador quizá tenga que deshacer en parte el camino trazado por su padre y devolver a su zona parte de la importancia que ha perdido en estos últimos años en favor de territorios petrolíferos. Un nuevo modelo de Canadá parece que puede llegar, más europeo que el de Harper y de nuevo con la mirada puesta en el Este.

mapa de las elecciones 2015 en Canadá

mapa de las elecciones 2015 en Canadá