Enrique Murillo (editor de Los libros del Lince) y José Serralvo en la presentación de la novela en Madrid Fotografía de Rafael Villena.

Enrique Murillo (editor de Los libros del Lince) y José Serralvo en la presentación de la novela en Madrid / Fotografía de Rafael Villena.

Ésta no es la historia de Justin Berry. Él, con 13 años, instaló una webcam en su ordenador y visitó varios chats en busca de chicos de su edad con los que hablar. No encontró ninguno, pero si a un hombre muy simpático que le ofreció 50 dólares por quitarse la camiseta y quedarse sentado unos minutos delante de la webcam. Al principio, a Justin no le convencía la idea, pero luego pensó que, total, se quitaba la camiseta gratis en la piscina y en los vestuarios del instituto. Así que lo hizo y recibió el dinero inmediatamente en una cuenta de paypal. Era el año 2000 y, sin saberlo, el estudiante estadounidense Justin Berry acababa de iniciarse en el mundo de la pornografía infantil 2.0. Pero ésta no es la historia de Justin Berry. La que José Serralvo (Jerez de la Frontera, 1984) cuenta en El niño que se desnudó delante de una webcam es la de David Timberthirdleg, un niño de los suburbios de Chicago nacido en una mesa-camilla en la que su madre da masajes con happy ending, al que el matón Andy Hirsch le escupe todos los recreos en el bocadillo y que acompaña a su abuela a vender toda clase de baratijas que llevan en un carro de tela que ella arrastra fingiendo ser coja. David quiere tener amigos y por eso se apunta a un test de hábitos alimenticios que, sólo por participar, le regala una webcam. Y el primer día, cuando la pantalla de mensajería instantánea se llena de desconocidos preguntándole por su edad, él conoce a Little_Ronnie, que dice saber la clave para salvar su alma: todo empieza por quitarse la camiseta.

¿No tuviste miedo de entrar en un territorio tan peligroso como el de la pederastia y la pornografía infantil?

No. Como dice Muñoz Molina, la literatura, si es algo, es el reino de la libertad. Siempre que el autor aborde el tema en cuestión de forma moral, creo que no debería haber límites. Por otra parte, la historia de Dave Timberthirdleg, que de hecho se inspira en un caso real que salió a la luz en Estados Unidos hace exactamente una década, merecía ser contada. No solo porque es una historia de una narratividad extraordinaria, sino porque refleja muy bien el mundo en el que vivimos y algunos de los peligros de Internet, ese ente binario que está encaramándose más y más a nuestras vidas.

Quien tuvo miedo de entrar en el tema de la pornografía infantil fue mi ex agente literaria. Rechazaron mi manuscrito sin siquiera leerlo, alegando que el tema era tabú y que no debía usarse como trasfondo de una novela. Luego me propusieron escribir «novela negra a lo Dicker». Esto es terrible. No solo demuestra lo poco que importa la literatura en ciertos sectores vinculados al mundo editorial, sino que es también el reflejo de una profunda ignorancia. O como mínimo inconsciencia. El tema de la pederastia se ha tratado, de una forma u otra, a lo largo de toda la historia de la literatura. Aparece en El banquete de Platón y en Vidas paralelas de Plutarco; en La Metamorfosis de Ovidio y en Mathilda de Mary Shelley; en Eugénie de Franval, una nouvelle tragique de Sade; en La muerte en Venecia de Thomas Mann, en El inmoralista de Gidé, en Lolita de Nabokov, en La mujer de sombra de Luisgé Martín y en un buen número de novelas de A. M. Homes. Por no citar más que un puñado. Decir que la pederastia debe ser proscrita del ámbito literario es una auténtica barbaridad. Si acaso, y esto es cuestionable, deberíamos proscribir la producción literaria, sea o no novelística, que hace apología en contra de los valores básicos de una sociedad democrática. Curiosamente, en España tenemos autores muy conocidos, a los que se les agasaja con premios como el Planeta, que dicen públicamente que deberíamos suprimir el laicismo y volver a la época medieval en la que el individuo estaba sometido a la tiranía de la Iglesia. Eso sí que me parece inmoral, y no el hecho de escribir una novela que, al margen de sus pretensiones literarias, denuncia una situación brutal que arruina la vida de miles de niños cada año.

¿Se puede hacer arte de cosas terribles?

La matanza de los inocentes, esa carnicería atribuida a Herodes, quien habría ordenado matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, es algo terrible. La forma en que Rubens refleja esta matanza en un lienzo es, claramente, arte. De modo que, nos guste o no, la respuesta tiene que ser afirmativa. En el caso de la literatura, que al fin y al cabo es, desde un punto de vista intelectual, la manifestación artística más persuasiva, las cosas se complican. Un buen escritor puede inocular ideas sin siquiera mencionarlas. Esta mayor capacidad de influencia lleva aparejada una mayor responsabilidad. Pero sería absurdo decir que un autor no puede escribir sobre cosas terribles. American Psycho es una novela excepcional, pese a que su protagonista haga cosas mucho más extremas de lo que yo me atrevería a describir en El niño que se desnudó delante de una webcam. Lo mismo ocurre con El fin de Alice, de A. M. Homes. Para mí, ambas son buenas producciones literarias.

Por otra parte, la cuestión se plantea más allá de la temática de la obra y acaba entrelazándose con las ideas del escritor. Céline, el autor de Viaje al fin de la noche, era un ser humano terrible. Racista a más no poder. Esto se refleja en sus personajes. Y en sus repugnantes panfletos antisemitas. Ahora bien, creo que habría que distinguir entre Bagatelas para una masacre, donde lo terrible emana directamente del autor, y por lo tanto, en mi opinión, debe ser condenado sin ambages, y Viaje al fin de la noche, donde lo terrible nos llega por el intermedio de los personajes. En este último supuesto, lo terrible, entendido como una interpretación personal de lo real, puede ser uno de los elementos del arte. El homo sapiens tiene una historia terrible, así que sería ingenuo proscribir de la literatura una parte de nuestra realidad simplemente porque nos resulta incómoda.


La novela de Serralvo promete contarnos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, con la ayuda de Dios. Dave ha sido llamado a declarar en calidad de testigo protegido ante un comité de Senadores y Senadoras, “y, si me lo permiten, amigos”. Tiene tan sólo cuatro horas para explicarnos cómo fue víctima de una compleja -y multimillonaria- red de pornografía infantil. Hicieron con él todo lo que quisieron, cosas denigrantes que ningún ser humano debería vivir y, mucho menos, exigir a otro, pero cuando se hizo mayor de edad, y ahora, declarando ante este comité, tenía cientos de miles de dólares escondidos en su habitación y otros tantos millones en cuentas abiertas por Little_Ronnie en las islas caimán. David nos explica: “Yo, al menos en mis días más oscuros, pienso que los seres humanos son eminentemente malos y que, gracias a Dios, la sociedad los constriñe. Es cierto que a veces soy menos pesimista. Por eso les dije antes que los seres humanos son sólo lo que les toca ser. Ahora bien, si esto es así, mi conclusión es que a la mayoría de los seres humanos les toca ser malos”. ¿A quién hemos de creer: a aquellos que justifican al monstruo adulto por el niño atormentado a los que defienden que todo individuo, llegado un momento crucial de su vida, a de desprenderse de toda carga y tomar las riendas? ¿Hizo Timberthirled algo malo cuando aceptó acompañar a un cliente a Las Vegas por la promesa de un millón de dólares?

¿Por qué elegiste ese narrador dudoso, de testimonio tan ambiguo?

Decidí utilizar un «narrador no fiable», en el sentido nabokoviano del término, porque era el que mejor casaba con el desarrollo de la trama. El niño que se desnudó delante de una webcam cuenta la historia de un menor que un día, a instancias de un pedófilo, decide quitarse la camiseta delante de su ordenador. A partir de ahí, va haciendo cosas cada vez más extremas. El hecho de crecer en el mundo de la pornografía infantil lleva a Dave Timberthirdleg, el protagonista, a ir difuminando cada vez más su sentido de la moral, hasta tomar decisiones que son, por decirlo suavemente, de una moralidad dudosa. Esta dicotomía entre el Dave infantil e ingenuo y el adulto en que acaba convirtiéndose justificaba un narrador de este tipo.

He de confesar que mi narrador, y en particular su profundidad psicológica, le debe mucho al genio editorial de Enrique Murillo, de Los Libros del Lince. Cuando le envié el manuscrito, Murillo me respondió entusiasmado, diciéndome que le parecía una novela espectacular, pero que yo necesitaba leer Desesperación, de Nabokov, para entender cómo mejorarla. No me dijo nada más. Así que leí Desesperación dos veces, una en inglés y otra en español, en traducción del propio Murillo, que además de editor es escritor y traductor. Comprendí de inmediato que tenía que servirme de un narrador más incierto, más ambiguo. Un narrador que le dice al lector cosas que ni el propio narrador sabe de sí mismo. De modo que la novela está llena de influencias nabokovianas. Por un lado, la temática, que le asemeja a Lolita. Por otro lado el narrador no fiable, que remite a Hermann Karlovich, el protagonista de Desesperación, o al propio Humbert Humbert de Lolita. Además de todo eso, la novela también es nabokoviana por la forma de tratar el humor y por el juego detectivesco que se le propone al lector. Como en Lolita, se presenta un problema que bordea la trama de la novela negra, pero sin utilizar los mecanismos de este género. En lugar de un policía o un detective o un periodista heroico, el misterio de mi novela lo resuelve el propio lector, basándose en el testimonio del narrador.

¿Cuál de tus personajes es al que más cariño tienes y cuál el que más detestabas?

En El niño que se desnudó delante de una webcam hay dos personajes a los que les tengo mucho cariño: la abuela del protagonista y Mary Jane, su amor de juventud. Ambos son personajes entrañables, por muchas razones. La abuela de Dave es el contrapunto al hogar disfuncional en el que vive; un hogar en el que hay drogas, prostitución y palizas. Desde el principio de la novela, la abuela intenta mantener a Dave al abrigo de las adversidades. Por otra parte, Internet no es solo una fuente de peligros y obscenidades. Para Dave Timberthirdleg, Internet es también la herramienta que le permite conocer a Mary Jane, una jovencita inteligente, atrevida y cariñosa que intenta inculcar un cierto sentido de la justicia en el protagonista.

En cuanto a quien detesto más, es una pregunta difícil. La novela tiene decenas de personajes repugnantes. Algunos aparecen a lo largo de toda la novela, otros sólo una línea. Si tuviese que elegir a uno, quizás me decantaría por Big Black Johnny, ese jefe del hampa de Illinois que mantiene una relación con la madre de Dave, y encarna todo el sadismo y la brutalidad de que es capaz el ser humano. Hay personajes que causan tanto o más daño al protagonista, pero me atrevería a decir que ninguno lo hace de forma tan consciente.


¿Y qué pasa con aquellos que pagan a David por hacerse todo tipo de humillaciones delante de webcam mientras le insultan y se animan entre ellos? ¿Han de ser perdonados? El adolescente de Serralvo quiere salvar el alma de su perro, pero en la iglesia le han dicho que Reagan no tiene alma. Por eso necesita creer a Ronnie cuando le explica cómo desnudándose, sacando la lengua ante la cámara, acariciándose los calzoncillos, salvará el thétano de su perro, y el de su abuela, y el de su madre, y el de su amada virtual Mary Jane, que le envía desde Nueva Orleans la obra completa de David Foster Wallace. Ronnie, su mejor amigo, también le hace llegar extraños aparatos junto a una caja con libros: son algunas novelas de ciencia ficción y manuales de L. Ron Hubbard, el padre fundador de la Iglesia de la Cienciología. Menos mal que está el Agente Cooper, celebérrimo en el FBI por resolver el asesinato de Laura Palmer unos años atrás. Su intervención oral final es un ejemplo hilarante de posmodernidad, de voces fragmentadas, dudosas, que estallan en los silencios y desconciertan al autor. En la novela de Serralvo todo es deliciosamente pop.

¿Por qué Foster Wallace?

David Foster Wallace era un autor moderno, divertido, muy inteligente y, sobre todo, capaz de abordar nuestras miserias de forma empática y burlona a partes iguales. Su obra toca temas como el alcoholismo, las drogas, el suicidio o la depresión, y lo hace sin caer en la autocomplacencia de la víctima. Además, Wallace es un autor que ha tratado muy bien el vínculo entre los abusos sufridos en la infancia y la incapacidad de llevar una vida adulta satisfactoria y cívica. Ambos rasgos me parecían apropiados para la historia que yo quería contar en El niño que se desnudó delante de una webcam. La obra maestra de Wallace, La broma infinita, es un libro espectacular, pero denso y largo. A mí me encanta y pienso releerlo próximamente, pero no es la clase de libro que gusta a todo el mundo. Con El niño que se desnudó delante de una webcam he intentado dar forma, a través de un narrador nabokoviano, a una broma infinita/finita de corte wallaciano.

Hay muchos elementos de la cultura de masas en tu relato, ¿te sientes cómodo con la cultura de masas eminentemente estadounidense?

Nos guste o no, la cultura de masas es ahora, también, parte de la cultura española. ¿Cuántas personas conoces que no hayan visto Parque Jurásico o La guerra de las galaxias? Probablemente, muchas menos de las que conoces que no han leído, ni leerán jamás, El Quijote. En mi primera novela abundaban las referencias a la cultura «sancionada», desde mitología y literatura griegas hasta la profunda influencia que ha tenido en mi forma de escribir el boom latinoamericano, al que pertenecen muchos de mis autores predilectos, como Cortázar o Vargas Llosa. Con El niño que se desnudó delante de una webcam he intentado dejar de preocuparme por que mis lectores sepan que leí a Herodoto con trece años, y mostrarles que, con la misma edad, también disfrute con E.T. o Indiana Jones. Mi nueva novela tiene raíces muy literarias, empezando por los enormes guiños a Nabokov y acabando con la reflexión moral que planteo, que es muy existencialista y sartriana. Pero al mismo tiempo, y no me da miedo decirlo en voz alta, buscaba entretener al lector. Vivimos en la sociedad de las tecnologías de la distracción. Nada va a reemplazar a la literatura, pero los escritores debemos asegurarnos de que nuestra obra seguirá siendo leída. Hablamos de un mundo en el que cada página compite con un «bip» de Facebook, Gmail, Twitter o Whatsapp. Entretener al lector y hacerle disfrutar es fundamental.