fotografía Raquel Moraleja

Samanta Schweblin responde a El Acróbata / Raquel Moraleja.

Las siete casas están vacías. O, más bien, están llenas de ausencias. Llenas de personas que se han perdido a sí mismas en un entorno que debiera ser acogedor pero que se ha convertido en algo hostil. Porque una mujer que espera la muerte ha visto morir a un chico en una zanja; y una niña se marcha de un hospital de mano de un desconocido que promete regalarle una bombacha nueva; y una hija acompaña a su madre en el escrutinio de casas en las que se debe vivir mejor. Pero son familias todas ellas. La argentina Samanta Schweblin ganó el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero y la editorial Páginas de Espuma acaba de publicar Siete casas vacías. Rodrigo Fresán, el presidente del jurado, dijo de Schweblin que “es una científica cuerda contemplando locos, o gente que está pensado seriamente en volverse loca”. Pero la cordura puede ser algo aparente. El Acróbata entra en la sede de la editorial de Juan Casamayor para entrevistar a una de las mejores cuentistas de su generación, y con ella hablamos de la relación editorial entre España y Latinoamérica, de “no” generaciones, de influencias, de la novela como género omnipotente, de vivir de los talleres…

¿Sientes que formas parte de un nuevo “boom” de jóvenes autores latinoamericanos que publican en España?

En cuanto se habla de boom no siento que forme parte, pero porque el boom siempre es una intención comercial que me excede, una elección de otros, no mía. Creo que lo único que nos une como generación son los años en los que nacimos y no mucho más, escribimos desde mundos muy particulares, muy personales, no siento que haya una línea estética o una línea de intereses temáticos que nos aúne, por suerte. Quizás, por buscarle la vuelta, cierta irreverencia a los géneros, le tenemos menos respeto y jugamos mucho con los límites entre los géneros, pero supongo que todas las generaciones se piensan irreverentes con respecto a las anteriores y no lo son tanto. Sí creo que hay muchos buenos escritores en este momento en Latinoamérica, eso es indiscutible, pero somos en todo caso boom o generación por cantidad, no por estética.

¿De cuál de estos autores eres lectora?

De muchos de ellos. Cuando digo que hay muchos y muy buenos pienso en Lina Meruane, Yuri Herrera, Álvaro Enrigue, Valeria Luiselli, Alejandro Zambra, Lola Fernández, Pedro Mairal… Son muchos y muy buenos.

¿Cómo se percibe nuestro mercado editorial desde países como Argentina, Chile, México…? ¿Es algo a lo que aspira o ya no significa tanto como hace unas décadas?

Publicar en España para un autor latinoamericano sigue siendo muy importante porque es llegar a un lugar que ya tiene muy asentados los medios de consagración, digamos, de los autores. Pero lo que es bueno y es nuevo es que ya no es el único camino, antes si lo era. Antes un escritor argentino para llegar a Uruguay que queda a unas horas necesitaba pasar por España antes. Hoy eso no es necesario. Un autor puede consagrarse o alcanzar muchos lectores publicando en una buena editorial independiente latinoamericana y le va a ir muy bien, porque las editoriales independientes están aprendiendo a moverse, tienen buena distribución, mucho más cuidado por los autores y los libros, tienen mucho más claro el link entre determinados autores y lectores.

Samanta Schweblin en el balcón de la editorial Páginas de Espuma / Raquel Moraleja

Samanta Schweblin en el balcón de la editorial Páginas de Espuma / Raquel Moraleja

¿Qué consideración tiene el género del cuento en América Latina? ¿Es mejor que la que se tiene en España?

El cuento en Latinoamérica también sigue siendo un género menor. La novela sigue siendo lo más leído. Pero creo que lo que pasa en Latinoamérica, y en Argentina en particular, es que nosotros tenemos una gran tradición de talleres literarios, la mayoría de los escritores nos formamos en talleres literarios, y en ellos se leen cuentos y se escriben cuentos, por eso también es que los editores erróneamente suelen asociar la escritura del cuento con la etapa de aprendizaje, como si lo intentases varias veces con los cuentos hasta que finalmente sale una novela. Es ridículo. Sobre todo pensando en un contexto como Argentina donde todos los grandes escritores consagrados son cuentistas que eventualmente escribieron una novela, o no, como Borges, y son los autores que nosotros leemos y con los que nos formamos. El cuento pasa a ser algo que es muy importante sobre todo en nuestro aprendizaje, pero de ahí a pensar que es un género sólo de transición… es una ridiculez. Es un género lo suficientemente complejo para ser respetado.

De estos grandes cuentistas a los que te refieres, ¿cuáles son los que más han influído en tu obra?

En Argentina Bioy Casares, Antonio di Benedetto… ese tipo de autores. Y para hablar de lecturas muy, muy recientes, he leído a Amy Hempel y a Kelly Link que son dos autoras norteamericanas que han sido dos grandes descubrimientos de este año que me han alucinado, encantado.

En España el género más leído es la novela. Tú ya has escrito ambos géneros. ¿Qué puede ofrecer un cuento -aparte de la obvia brevedad- que no ofrezca la novela?

El cuento es mucho más concreto. Toda la energía está a disposición de un único objetivo, de una única historia que incluso tiene cierta urgencia de ser contado, en el sentido que no permite divergencias ni perderse por ahí. Me gusta mucho eso. No todos los cuentos son así tampoco, pero son los que a mí me interesa leer y escribir.

¿A qué temas vuelves una y otra vez cuando escribes?

Es difícil pensar en temas, más bien hablaría de obsesiones, porque los temas son más o menos siempre los mismos, cosas demasiado generales como el amor y los miedos. Así que son más bien obsesiones por determinadas zonas del comportamiento humano sobre las que todavía me hago preguntas. Yo siento que cuando escribo también estoy buscando, aprendiendo cosas, y todos mis miedos e inseguridades, las preguntas que no sé responder, hago una búsqueda a través de mi escritura.

Portada del libro 'Siete casas vaciías'

Portada del libro ‘Siete casas vaciías’

¿Y en Siete casas vacías? ¿De dónde han salido estas familias? ¿Hay algo de tu memoria personal en sus voces?

Mary Karr, una escritora norteamericana, tienen una frase lindísima que dice: “toda familia es disfuncional cuando tiene más de una persona”. Es buenísima. Y creo que hay mucho de esto en el libro. Es decir, el libro descubre a los personajes y a nosotros mismos tal y como somos en el sentido de que abandona esta idea tonta que tenemos de la normalidad, este código social en el que pactamos qué es correcto, qué está bien y  qué no, y dejamos por fuera un montón de cosas que siguen siendo nuestras pero que no resultan aceptables. Todos estos bichos raros, estas miradas únicas que somos todos, implica que cualquier instancia de comunicación va a ser una instancia fallida, no hay manera de explicarte mi mundo, porque es mi mundo y es muy personal, intransferible, y cualquier instancia de comunicación lo es de ruido, de malentendidos, y sin embargo tenemos esta pulsión desesperada por comunicar, por conectar, por entender al otro… Hay mucho de esta fatalidad: la necesidad de entendernos y la imposibilidad de entendernos. La familia es la unidad mínima de tensión de este problema, donde todo empieza.

¿Nos podrías explicar cómo es el proceso de creación de tus cuentos?

Trabajo mucho con la cabeza. O con los pies. Pienso mucho caminando, haciendo otras cosas… Pienso mucho en las ideas antes de sentarme a escribirlas. Esas ideas, muchas me las olvido, muchas las transformo, y hay dos o tres que vuelven una y otra vez y de alguna manera van creciendo, se van inflando de material, hasta que es necesario sentarse y escribirlas. Es importante para mí tener una impronta bastante precisa de cuál va a ser la sensación final de una historia, no tanto el argumento, pero sí esa sensación, ese efecto anímico final que le entrego al lector, eso necesito tenerlo claro. Y ahí me largo a escribir. La reescritura, la corrección, el recorte, es también parte del proceso creativo, no algo que se hace después, es parte de la propia creación.

A día de hoy, ¿vives de la escritura?

Vivo de los talleres literarios y un poquito de las regalías de los libros, estoy ahí a medio camino. Es difícil vivir sólo de la escritura, pero se puede vivir alrededor de la escritura. Tengo talleres literarios en español en Berlín, cosa que para mí era impensable al llegar, pero salió espontáneamente y estoy muy contenta, porque aparte es un gran ejercicio para la escritura porque me obliga a pensar problemas en otras cabezas. Una parte importante del taller es la de acompañar la escritura de los asistentes pero desde su propia cabeza, la propia idea que cada asistente tiene de la literatura. Eso te hace pensar los textos desde un lugar que nunca sería el mío propio, pero es un ejercicio constante de literaturas a las que yo nunca me habría acercado por mi parte.