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Pie de fotos. Un día en la vida de Douglas Delgado, Excenia Bastidas,  Edaisy Silva y Fernando Montero, cuya profesión y pasión es ejercer de estatua humana. Reportaje gráfico por Alejandro Martínez Vélez. 

Su trabajo depende del viento y de la lluvia. Nunca del frío o del calor. Y menos de si es lunes o domingo. Pocas personas pueden decir que viven de lo que les gusta, pero ellos pueden y dicen que viven del arte. ¿Sus obras? Son ellos mismos, esculturas humanas que normalmente posan o bien en la propia Puerta del Sol o bien en las calles aledañas, Preciados y Arenal son sus favoritas.

Cada mañana miran en su móvil la velocidad del viento porque permanecer quieto a más de 17km/h se convierte en una tarea difícil. Y comprueban si va a llover o no porque si llueve significa que no pueden salir a la calle, entonces ese día es el que tienen libre.

Juegan y dependen del tiempo y los minutos para ellos pasan a ser la eternidad cuando se suben y posan durante una media hora, como mínimo, a la espera de ser vistos y su trabajo valorado. Así, mientras la gente a su alrededor va de un lado a otro, ellos observan la vida. Y observan cómo hay días que nadie les hace caso y no les echan una moneda o son testigos de cómo hay otros en los que todo el mundo quiere hacerse una foto con ellos, entonces si el día es bueno pueden ganar unos 20, 30 o 40 euros.

A pesar de haber estudiado Ingeniería de Sistemas y haber hecho un máster en Cooperación Internacional se dio cuenta de que quería hacer de su pasión su forma de vida.

“Da para un estudio sociológico porque no sólo les pasa a las estatuas, sino también a otros compañeros que están en otras calles. Tenemos esa sensación, todos a la vez, hay días que no nos miran a ninguno”, quien habla es Fernando, un venezolano que viajó hace más de una década en busca de un futuro mejor y que éste siempre estuviese basado en las artes. A pesar de haber estudiado Ingeniería de Sistemas y haber hecho un máster en Cooperación Internacional se dio cuenta de que quería hacer de su pasión su forma de vida.  Junto a él se encuentra Edaisy, venezolana también y su pareja de estatua. Juntos han creado una pequeña reliquia verdosa basada en un cuento encantado. En la misma calle Arenal donde se han colocado, unos cuantos metros más abajo, se encuentra Douglas, hermano de Fernando, junto a su pareja Excenia que ha creado otra obra de color plateada llamada “El escultor encantado”.

Cuentan que es Douglas el que, durante meses, se pasa dándole vueltas a la cabeza para dar con la siguiente escultura, pensando la ropa dependiendo de si va a llegar el frío  el calor, aunque a veces esto no les sirva de mucho en pleno invierno o verano. El precio de cada obra, sin contar con la mano de obra, puede rondar los 400 euros.

Sus estatuas las guardan en un pequeño trastero que alquilaron, cercano a la Plaza Mayor.  Cada vez que salen deben cargar con ellas por las calles principales hasta encontrar un sitio perfecto donde colocarse; un lugar que no moleste a la gente que circula, a los policías ni a los comercios. “Porque hay algunos policías a los que no les gusta que estemos y dicen que ‘mientras esté yo aquí nadie se coloca en la calle’, y tenemos que esperar el cambio de turno”, comenta Excenia.  Nada más llegar cada uno tiene las tareas adjudicadas y asumidas. Mientras uno saca de la caja la estatua, otro la vestimenta. Mientras uno se empieza a vestir el otro comienza a colocar la cajita en la que echar una moneda. Y, después, ellas les ayudan a pintarse la cara a ellos y ellos a colocar las alas de hada o los sombreros de bruja. Finalmente, solo les queda sentarse o colocarse en posición de escultor o de ángel, según cada papel, y esperar que alguien valore su trabajo. “Hay gente que nos toma como mendigos, no somos eso”, recalca Fernando.

Cada media hora aproximadamente hacen un descanso, se bajan de la caja de madera que han construido y se estiran, miran el móvil, conversan un poco con la gente que ya conocen en la zona y vuelven a subir. Según comentan, han tenido algún que otro percance con algunas personas en la calle: “una vez vino un turista, creo que italiano, empezó a decirme algo y a mover la mano alrededor de mi cara y entonces me dio una bofetada. Inmediatamente me bajé y fui corriendo detrás de él”, rememora Douglas. A pesar de ello, todos reconocen que quienes más valoran su trabajo son los turistas.

“Imagínate que me dicen que tengo que estar sólo tres horas al día y que esas tres horas son de dos a cinco de la tarde… son las horas en las que menos gente hay en la calle”

Cada pareja prepara la comida a primera hora de la mañana y lo llevan en el tupperware y, esté frio o no, se lo comen  en un banco o una fachada de algún comercio cerrado. Después descansan y vuelven a desmontar la estatua, a guardar casi todo lo que habían sacado para moverse de sitio y vuelta a empezar.

Les gustaría que este tipo de trabajos estuviese regulado de alguna manera siempre y cuando no implique obstáculos y solo pagar impuestos y no recibir ninguna ayuda. “Imagínate que me dicen que tengo que estar sólo tres horas al día y que esas tres horas son de dos a cinco de la tarde… son las horas en las que menos gente hay en la calle”, explica Douglas.

El sueño de Excenia es montar una pequeña tienda de artesanía, una como la que tenían en Venezuela, “sé que algún día llegará”, cuenta. “Sin embargo, no nos hemos lanzado aún por la cantidad de cosas que te piden aquí en España”.  Por ahora, los cuatro se conforman con vivir del arte,  mirando el calendario con las fechas importantes de España como Las Fallas de Valencia o la Feria de Abril de Sevilla  a las que acudir como estatuas.