A Francisco Lázaro, en sus 21 años de vida, no le ofrecieron nunca Nandrolona o Epo o transfusiones de oxígeno, o cualquiera de esas sustancias que ahora, en el deporte moderno, están más que prohibidas aunque todo el mundo las conoce como si las hubiese tenido a mano alguna vez. Cuando Lázaro llegaba a sus carreras ni el deporte era tan profesional, ni la ciencia se había puesto a su servicio. Y, a pesar de ello, murió compitiendo, y por culpa de algo externo que le habían dado para, en teoría, mejorar su rendimiento y llegar más lejos. Parece ser que allá por 1912 la competitividad humana sí que existía, parecida a la de ahora. Esa competitividad que si la juntas con ignorancia te lleva a untarte de sebo todo el cuerpo pensando que sin sudar puedes correr mejor.

Claramente el problema de Lázaro venía más relacionado con la ignorancia y el entorno, que por las ansias infinitas, que él también las tenía, de ganar. A este joven portugués afincado en los barrios bajos de Lisboa nadie le había explicado nada sobre el dopaje, y es fácil que ni siquiera supiera muy bien ni de qué iba eso de los Juegos Olímpicos cuando en 1912 le mandaron con un grupete pequeño de señoritos portugueses a competir sin descanso contra un grupo mucho más grande de gente de todo el mundo. Y nada más y nada menos que allí, en el lejano enclave de Estocolmo, donde el calor no debía existir. Muy lejos de aquella Lisboa decimonónica de la que este pobre y escuálido corredor no había salido en su vida. Con todo ello, es normal que aquel joven portugués intentase hacer lo posible por conseguir un metal que, seguramente, le habría hecho hasta ganar unos kilos más sacándole del taller en el que trabajaba.

La historia de Lázaro es de esas que guarda la memoria colectiva para mostrar de qué está hecho el mundo y la dureza de la vida. Una de esas realidades que por mucho que las cuentan, un hombre del siglo XXI solo se las puede imaginar en tono ocre de película antigua. Un corredor de supuestos maratones, temido sin saber ni cuál era su marca y mandado más como un animal de circo que como un deportista a que medio mundo lo viera. Un raquítico, bajito, pobre e ignorante lisboeta al que su amor por la carrera le había llevado a ganar a todos sus compatriotas y a que su nombre llegase a medio mundo. Puro talento, pero al que le faltaba el dinero, la comida y el conocimiento, entre otras cosas.

Una historia heroica de esas que gustaban a los europeos de los primeros años del siglo XX y que acabó saliendo un poco rana. Bueno, con un poco de marketing de la época acabó en mártir del olimpismo, historia del deporte reina del atletismo y mito de sus compatriotas. Lo pudieron arreglar.

Francisco Lázaro posando con sus medallas

Francisco Lázaro posando con sus medallas

Aquel corredor portugués con bigote que se convirtió en el primer muerto de los Juegos Olímpicos modernos y que hasta tiene su propio estadio en Benfica, su barrio de la capital lusa. Uno de esos mitos deportivos que marcan afición.

Pero lo cierto es que a Francisco Lázaro lo mató algo tan lógico como terrible. Su ignorancia lo llevó a creer que si se untaba entero de sebo o grasa, conseguiría parar de sudar y así guardaría más energía para ir mejor en la carrera. La leyenda dice que el maratoniano antes de ponerse a correr soltó algo así como “O gano hoy o muero aquí”. Toda una declaración de intenciones, muy acorde con el espíritu olímpico, que acabó por ser profética. A mitad de la carrera en un maratón iniciado con más de 40º de temperatura, algo casi único por Estocolmo, Lázaro cayó fundido en el suelo. La gente lo intentó ayudar pero el portugués muere al poco tiempo.

Su ‘dopaje’ casero había taponado todas sus vías de respiración y su motor gripó, al no poder liberar el calor interno. Había intentado hacer trampas, pero no le pudo salir peor. Esa misma noche más de 25.000 personas unidas en el estadio olímpico de Estocolmo le rindieron homenaje, velando su feretro, convirtiendo al pequeño portugués en un auténtico mito. Según cuentan las crónicas, era el favorito en las apuestas para llevarse el oro, y acabó fulminado a mitad de carrera.

Su muerte mostró las carencias de la competición y fue un punto de inflexión mostrando lo difícil que era en la época poder hablar de favoritos, marcas, niveles y hasta dopaje, de lo difícil que era hacer algo como los Juegos Olímpicos. Lázaro iba como favorito sin saberse siquiera si había corrido algún maratón de 42 km y sin conocer su estado de salud. El pequeño y carismático portugués era exhibido como un ídolo, con una mezcla de poderío y fragilidad para demostrar que con el espíritu todo se puede en el deporte. Pero hasta ese espíritu tiene sus límites.

El chico del que decían que se movía por Lisboa a base de correr y correr acabó fulminado rebozado de sebo en un lugar extraño y en una carrera que puede que ni siquiera conociera. Pero, eso sí, queda su nombre en la historia y su intento de proeza en el recuerdo. 21 años, de familia humilde, abanderado de su país, luchador hasta el final. Ya se sabe, la gloria tiene caminos imprevistos.