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Javier Krahe / José Mesa vía Flirck 2.0.

 

“Que la melancolía no ocupe más lugar que un rincón por ahí”

‘Sonata de Otoño’ de Dolor de garganta.

Anunciaba Pablo Carbonell la muerte de Javier Krahe mediante su Twitter personal. El cantautor, símbolo de la canción sátira en la música española, se encontraba en su casa de Zaharas de los Atunes (Cádiz) durante la madrugada del domingo, cuando se apagó su voz. Le separaban 694 kilómetros de su Madrid natal, la que se convirtió a partir de los años ochenta en su rincón de juegos personal.  Allí se empezaría a formar el mito en el que acabaría por convertirse Joaquín Sabina, quien siempre tuvo palabras de cariño para el que considera su maestro. Junto a Joaquín y a Alberto Pérez hicieron de la Mandrágora el fenómeno Woodstock versión castiza: Todo el que estuviera en Madrid –y sin estarlo- durante la época jura que asistió a esos conciertos, aunque dentro no cupiesen más de setenta personas.

Krahe nunca llegó –ni le pesó- a las cuotas de popularidad que Sabina consiguió con sus siguientes trabajos.  A él le valió con dedicarse durante treinta y cinco años a ganarse la vida subido a un escenario, sin dejar títere con cabeza, en la intimidad que sólo otorgan las salas que ahora lloran su marcha. Salas como el Café Central, la sala Galileo Galilei, la Mandrágora y otras tantas  a las que se subió Krahe, junto a su guitarra y a su inseparable mirlitón, que se convirtió en un rasgo inconfundible de sus canciones.

Hombre blanco hablar con lengua de serpiente 
Cuervo Ingenuo no fuma la pipa de la paz con tú, 
¡por Manitú! 

Su faceta política, tan crítica como el que más, le llevó a componer ‘Cuervo Ingenuo’, dedicada a Felipe González y a su movimiento político en relación a la salida de la OTAN. Es considerado el primer artista censurado en democracia, cuando se cortó su actuación en un directo en Televisión Española de su buen amigo Sabina, quien le invitó a participar. Krahe nunca siguió el juego y no entró al trapo, aunque sí aseguró que se le puso en una lista negra de los ayuntamientos. El pasado noviembre él era el que invitaba a Pablo Iglesias a versionar su ‘Cuervo Ingenuo’, durante un concierto en la sala Galileo Galilei. El líder de Podemos cambió parte de la letra para atizar al actual Partido Socialista y a Angela Merkel, con la complicidad de Krahe, ante los aplausos del local.

Su último disco de estudio, Las diez últimas (2013) defiende el derecho del ser humano a dejarse llevar por la pereza. Javier Krahe se veía cómodo en el sofá, no entendía por qué eso tenía que estar mal visto. Aunque lo último publicado sería un disco en directo En el Café Central de Madrid (2014). Dónde se podía escuchar la voz de Krahe cantando eso de “Me gustas democracia… porque estás como ausente”. Desde  1999 editó sus discos con su propio sello discográfico, 18 chulos, fundando junto a, entre otros, Pablo Carbonell, Santiago Segura o El Gran Wyoming. Éste último atendió a Infolibre para dedicarle un maravilloso recuerdo: “Javier Krahe era el hombre serio más gracioso de todos los tiempos”.


Durante los últimos años, la polémica que siempre ha acompañado al apellido Krahe se centró en la emisión en una entrevista de Canal Plus de un vídeo -rodado por el músico junto a amigos en un carácter de cinta privada- en el que una mujer enseñaba cómo cocinar un crucifijo, que saldría solo del horno al llegar el tercer día. Las protestas desde diferentes grupos religiosos y una parte de la población y medios de comunicación llevaron en el 2012 a juicio a Krahe, ocho años después de la emisión de la entrevista, más de treinta años después de la grabación casera. Él alegó no estar al tanto de que la cinta se emitiría. Numerosos artistas le dieron su apoyo e incluso le acompañaron en la sala, como Miguel Ríos. Javier Krahe, a la salida se paró a hablar con la prensa. “Si me condenan…. Me exiliaré a Francia”, dijo entre risas el músico. Antes de remarcar que volvería a escribir o a criticar a la Iglesia si era necesario: “9 canciones de chicas y una de la Iglesia…”.

La Justicia acabó por darle la razón, absolviéndole de cualquier cargo. La relación de Javier Krahe con la religión siempre fue combativa, abiertamente ateo, no dudó nunca en utilizar su música, sus letras y su mordaz lengua a la hora de provocar y satirizar el culto. Irónicamente el propio Krahe dijo que “los finales no se pueden prever”, el murió un domingo, día del señor. Porque los finales “simplemente suceden”.