Escogemos cinco canciones de distintos artistas españoles que, por una y otra razón y siempre entre comillas, no tienen una popularidad a la altura de su nivel. Desde 1992 hasta el día de hoy. ¿Una amenaza? Quizá haya segunda parte.

“Autopista quiere más… “

En el que fue su primer trabajo, después de una década de éxitos con Pereza, Leiva situaba canciones del tipo ‘Eme’, ‘Nunca nadie’ o ‘Vis a Vis’ como buque insignia de su nueva propuesta musical. Un sonido que, obviamente, recordaba al grupo de Alameda de Osuna pero permitía divisar la personalidad que Leiva buscaba plasmar en su música. Objetivo que, tras la buena toma de contacto que supuso Diciembre (2012), cumpliría a la perfección en Pólvora (2014) y Monstruos (2016). En su debut en solitario una canción pasó desapercibida, ‘Telediario’.

Apenas quince segundos de piano cortados con la voz del cantante madrileño que suena más raspada de lo usual. ‘Telediario’ nos habla de aquel proyecto que, de momento, no ha llegado a ver la luz: Autopista, un grupo formado, entre otros músicos, por Leiva y su amigo Quique González. Un texto gamberro, con ese toque canalla característico, que incluye frases como “Costello cerrando tarde pero Autopista quiere más, las chicas del ropero ofrecen su casa…, haciendo referencia al mítico local de la capital. Una road movie convertida en canción en las que “dos pistoleros lentos se comen el día” y aspiran a comerse el mundo. Un final intenso, melancólico, en la que Leiva, a coro, sentencia: “Vamos a salir en el telediario”.

“Las ruinas de un palacio viejo”

A día de hoy, Xoel López es una referencia en el panorama nacional tras deshacerse de aquellos absurdos intentos del mercado español por clasificar como música indi todo aquello que se alejara del sonido habitual. El gallego ha alcanzado la madurez musical ya con su nombre por bandera. Antes, como Deluxe, grabó sus primeras letras en inglés para luego convertirse en uno de esos grupos creadores de himnos como ‘Historia Universal (El amor no es lo que piensas)’, ‘Que no’ o la maravillosa ‘El amor valiente’. En su último trabajo antes de iniciar su etapa actual, Reconstrucción (2008), Xoel cantaba a la capital ‘En el cielo de Madrid’ o recordaba con una instrumental a su A Coruña natal en ‘Paseo en bicicleta por la playa de Riazor’. Pero aquel disco escondía una perla como ‘Es verdad’.

Una canción que perfectamente podría anticipar lo que Xoel López prometía y que al final ha cumplido: ser capaz de escribir algunas de las mejores letras del paisaje musical. Un desamor cantado, casi susurrado: “Es verdad que sólo eres la estela de mis planes buenos”. El artista gallego plasma esa etapa final de una relación fallida en la que todo es pasado, en la que todo fue pero nunca será. “Es verdad, ya no eres ni la pena, ni el dolor, ni el frío. Ya no eres ni la duda de un posible encuentro”. Tan bonita como devastadora. Xoel López, Deluxe, consiguió responder con crueldad pero sinceridad a la peor de las preguntas, ¿la respuesta? Es verdad.

“En pedazos, 1000 pedazos”

En la siempre difícil de descifrar carrera de Christina Rosenvinge nos quedamos con el primer disco que grabó como Christina y los Subterráneos, Que me parta el rayo (1992). El álbum más antiguo de esta lista. Por aquel entonces Rosenvinge había dejado atrás su etapa en Álex y Christina para centrarse en un sonido más crudo y próximo al rock formal. La segunda pista del álbum fue una de las más destacadas, ‘1000 pedazos‘.

Una ruptura explicada con números. Así cantaba Christina Rosenvinge cómo su corazón se partía en mil pedazos tras conocer la noticia: “Por eso cuando dijo que no me quería, apreté los dientes dije que me iría”. Un claro ejemplo de la estética noventera, tanto visual como musical, plasmados en una canción. No podía faltar la ironía que siempre ha mantenido la artista madrileña: “Mil pedazos de mi corazón volaron por toda la habitación, dejé sólo un trocito dentro de su bota, para que le duela si se va con otra”.

“Se nos iba la vida al quitarnos la ropa”

Había un tiempo en el que Quique González posaba afeitado, sin bigote, ni barba. Cuando vivía en su Madrid natal y preparaba su particular salto al vacío. Después de trabajar como animador, entre otras cosas, decidió que tenía que darle un intento a su música. Con la inestimable ayuda de Carlos Raya y junto al protagonismo de la guitarra eléctrica como nunca después en su discografía, Quique González sacó su primer álbum, Personal (1998). Varias temáticas se asomaban, pero la nostalgia por la juventud perecedera nublaba casi todas las canciones. De aquel trabajo todavía suenan en sus conciertos clásicos como ‘Y los conserjes de noche’ o ‘Cuando éramos reyes’. También se incluía ‘Se nos iba la vida’.

Una guitarra acústica, un sonido limpio que recuerda a su idolatrado Tom Petty en ‘Free fallin’’, con referencias, a partes iguales, a canciones icónicas así como aquella chica que se marchó sin avisar: “Se vestía deprisa, encendía un cigarro, me miraba a través del espejo del baño y se echaba a reír. Me ponía a tocar ‘Si estuvieras aquí’, ‘No no woman no cry’,  ‘Déjame’, ‘Stand by me’”.

En definitiva, una canción obligada tanto para los mayores seguidores de Quique González, como para aquellos que empiecen a interesarse por su obra. Una de las letras que más transmiten sin parecer contar nada: “Y los niños me lanzan corte de mangas al pasar el tren…”

“Un barril de cerveza que mata de sed”

Hablar de joyas perdidas en la discografía de Joaquín Sabina es casi un insulto a la inteligencia, por un motivo u otro cualquier canción escogida al azar podría argumentarse como tal. Aunque se haya mirado con excesiva dureza todos sus trabajos desde la obra maestra que supuso 19 días y 500 noches (1999), Sabina ha seguido produciendo álbumes hasta la actualidad con Lo niego todo (2017). Uno de los más aclamados por la crítica fue Dímelo en la calle (2002), que incluía canciones archiconocidas como ‘Peces de ciudad’ o ‘La canción más hermosa del mundo’. La pista que inauguraba el disco se llamaba ‘No permita la virgen’.

“Cosas de quita y pon, mariposas de sangre marrón, carnavales en los arrabales de mi corazón” canta Joaquín Sabina en el estribillo. Una música suave le acompaña, mientras el cantante afincado en Madrid recita con su voz de petaca, verso tras verso, una sucesión de lugares que van desde la añoranza hasta el perdón. Punto y aparte en una de las estrofas: “Un barril de cerveza que mata de sed, un melón con pezón de sandía, un espía enemigo, un contigo al revés…”