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Mussolini y Hitler en 1940 / Marion Doss vía Flickr.

Corría el año 1937 cuando la Italia fascista de Mussolini se topó con una novela que, recién llegada del otro lado del océano, bien parecía haber sido creada por algún miembro de su propio Ministerio de Propaganda.  A apenas dos años del estallido de la Segunda Guerra Mundial, la misma que llevaría a Italia a luchar de la mano de la Alemania nazi de Hitler, el Gobierno de Mussolini debía encargarse de convencer y justificar ante la opinión pública del país su maniquea (y necesaria) división entre  naciones amigas y enemigas.

Bajo el nombre “Los que vivimos”, la novela en cuestión venía firmada por una filósofa rusa, Ayn Rand,  afincada desde 1926 en Estados Unidos. Tras haber logrado huir de su país de origen (contrajo matrimonio con un norteamericano), Rand, quien había estudiado en la Universidad de Petrogrado, escribió ésta, su primera obra. Además de ser su carta de presentación en el mundo de la literatura, la historia narrada a través de sus páginas era  toda una declaración de intenciones, fruto de su anterior vida bajo el yugo del régimen soviético. Pese a todo, su publicación en 1936 pasó con más pena que gloria por las librerías americanas.

Distinta suerte se encontró la novela de Rand en Italia. Recién llegada en 1937, “Los que vivimos” llegó a ser no un “best-seller”, pero sí un libro lo bastante popular para lograr captar la atención de uno de los directores más conocidos al servicio de la dictadura fascista, Goffredo Alessandrini, y de algunos otros altos mandos del Gobierno de Mussolini. El apasionado relato  de la desaventurada vida de Kira Argounova, una joven y rebelde aristócrata que lucha contra el destino que por su condición le impone la URSS, se presentaba como excusa perfecta para que el fascismo acabase por airear su propaganda antisoviética

Como era de esperar, las hostiles relaciones entre Italia y EE.UU llevaron a la filósofa a negarles los derechos de su historia. No por ello ésto llegó a suponer ningún obstáculo para Mussolini

Así pues en 1940 las autoridades italianas aprueban la adaptación cinematográfica de la novela. La compañía Scalera Films, encargada de la producción, se puso en contacto con los representantes de Rand para la compra de derechos. Como era de esperar, las hostiles relaciones entre Italia y EE.UU., así como el abierto enfrentamiento entre  ambos llevaron a la filósofa a negarles los derechos de su historia. No por ello ésto llegó a suponer ningún obstáculo para Mussolini: un año más tarde se decidió, de manera oficial, producir la película.  Sin derechos ni autorización, se inició su grabación.

La férrea censura fascista

El transcurso de la guerra limitó ya no sólo los presupuestos destinados al rodaje, sino también la puesta a punto del mismo. Los escenarios, tan reducidos a causa del turbio contexto que los enmarcaba, fueron construidos en los propios estudios de la productora y acogieron, entre otros, a unos actores-reclamo que empujarían a los espectadores italianos a consumir la película. Los escogidos para protagonizar el film formaban parte del “star-system” del país: Fosco Giachetti encarnaría al camarada comunista Andrei Taganov; Alida Valli, de apenas 21 años y casi recién estrenada en la gran pantalla, obtuvo el papel principal de Kira Argounova y, para completar el triángulo del elenco, Rossano Brazzi sería Leo, el atractivo prófugo amante de Kira.

Una vez comenzados los duros y largos días de rodaje (Brazzi afirmó en varias entrevistas que llegaron a rodar 12-14 horas por día), el Ministerio de Propaganda se encargó de supervisar la trama y el consecuente desarrollo de la película.

Al tratarse de un film nacido con evidente sentimiento propagandista, la férrea censura gubernamental rigió cada uno de los pasos del director Alessandrini, quien fue obligado a suprimir las escenas consideradas “inadecuadas”. Alessandrini, quien estimaba estas escenas imprescindibles para la comprensión de la historia en su totalidad, hizo caso omiso de las advertencias del Ministerio y guardó los negativos originales con las escenas suprimidas durante toda una vida, que, con el paso de los años, acabarían saliendo a la luz.

Un regalo envenenado

Pronto, la que en un principio fue la fabulosa historia que debía ser contada a los italianos sobre las penurias de los comunistas soviéticos, se tornó en un regalo envenenado. Los altos mandos del Ministerio de Propaganda se dieron cuenta de su grave error: en verdad, la historia de Rand era un canto a la libertad individual, más allá de cualquier gobierno totalitario.

El escondido, pero claro mensaje de condena a cualquier tipo de “enjaulamiento” del yo, de la supremacía de un “nosotros, camaradas” sin sentido,  de la absurda conversión de la víctima en verdugo o del afán por controlar la vida de los ciudadanos no sólo era el modus operandi del régimen soviético.

El viaje de Kira a través del Petrogrado de Lenin, del Leningrado de Stalin y de su San Petesburgo aristocrático, bien podía extrapolarse a la Italia de Mussolini o a la Alemania de Hitler. Una dura crítica a todas las políticas que atentan contra el propio individuo y lo anulan como persona encontraba su máxima expresión en “Los que vivimos”. ¿Era necesario lanzar piedras contra su propio tejado?

Sin embargo, nada se pudo hacer desde ningún despacho ministerial frente al firme empeño de Vittorio Mussolini,  primogénito del dictador, de proyectar la película en todos los cines italianos. Dada su excesiva duración, se acordó que fuera dividida en dos partes: “Noi vivi” y “Addio, Kira!”.

La cinta, aún calificada como arma propagandística, viajó hasta Berlín en espera de ser aprobada por Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda nazi. Nada más verla, no sólo mostró su total desagrado, sino que sentenció su prohibición de reproducirla en cualquier parte de Alemania.

Al cabo de unos meses, después de su triunfal estreno, “Noi vivi” fue retirada del cine italiano. Mussolini parecía haber entendido, al fin, el implícito grito de “los que vivieron” en la novela de Ayn Rand.

“Habéis venido a negar la vida a los vivientes. Nos habéis encerrado a todos en una jaula de hierro y luego habéis sellado sus puertas; nos habéis dejado sin aire, hasta que las arterias de nuestro espíritu han estallado”.