En una conferencia de su querido Getafe Negro –festival de la localidad madrileña dedicada a la novela policíaca que cuenta ya con ocho ediciones-, Lorenzo Silva defendía con naturalidad la ausencia de acción, tiroteos o persecuciones en sus obras. En frente, el noruego Jo Nesbø, idolatrado por los amantes del género, explicó cómo la violencia debe estar dentro de sus textos que han formado la leyenda del inspector Harry Hole. Una violencia a veces desatada, muchas veces gratuita pero siempre con una razón narrativa. Por su parte, el escritor español argumentó que  Bevilacqua tan sólo había pegado un tiro en ocho novelas –más diferentes relatos- que completan las aventuras de este guardia civil junto a su compañera Chamorro. Nesbø apuesta por la atracción de la crueldad, Silva por la verosimilitud. Dos vías diferentes para un mismo objetivo: la novela negra.

Donde los escorpiones (Editorial Destino, 2016) es el último caso –publicado- de la pareja de la Benemérita más famosa del país. La extraña muerte de un militar español en una base de Herat, Afganistán, provoca el viaje de Rubén Bevilacqua junto a parte de su equipo a tierras asiáticas como investigadores principales del crimen. Un punto de partida que supone un cambio de situación para los personajes de Lorenzo Silva. El escritor, y otrora abogado, hijo de militares, sitúa al lector dentro de la realidad a la que se enfrentan los destinados a países en conflicto. La base militar de Herat se convierte en escena del crimen y por lo tanto en escena de la investigación. Tropas españolas e italianas principalmente conviven con enviados de otras tantas nacionalidades bajo el riesgo continuo de un ataque talibán. Un mundo tan complicado como suena con mayor dificultad a medida que se conocen los detalles de la vida del difunto.

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Portada de Donde los escorpiones.

Sin entrar en más aspectos de la trama que puedan explicar demasiados detalles sobre el argumento y la resolución del caso, Donde los escorpiones reúne de nuevo los elementos tan característicos de la saga como la inquebrantable conciencia de Bevilacqua.  Tampoco podían faltar los numerosas situaciones en las que el subteniente de origen uruguayo asiste a los intentos de los personajes secundarios de pronunciar su nombre, momentos que aunque puedan parecer intrascendentes –para los más críticos, repetitivos- ayudan a crear la mitología propia de la saga. Ahí reside uno de los grandes alicientes de la obra policíaca de Lorenzo Silva. No se trata de la resolución de casos impredecibles en los que el o la protagonista aplica su hoja de ruta para atrapar al asesino. Bevilacqua y Chamorro se han hecho mayores con los libros, tanto como los lectores, creciendo juntos, cambiando y madurando sus ideas a veces más de lo deseado.

Si algo define a Bevilacqua, y que también es una gran facultad de Lorenzo Silva como personaje público, es la prudencia. Cualidad que tanto se ha perdido en prácticamente todas los eslabones de la sociedad. El suyo es un personaje alejado del siempre atractivo, pero maltratado por el propio peso de su sombra, investigador malhumorado, cínico, rebelde y bebedor que prefiere el camino feo y difícil antes de dejarse pisotear. Bevilacqua es pisoteado, hace papeleos tediosos y responde a la jerarquía que su cuerpo de seguridad del Estado le impone. Critica lo que le parece injusto, pero no se deja llevar por sus primeros impulsos.

Toda esa prudencia con la que el personaje interactúa durante la trama –cualquier lector puede llegar a plantearse si puede existir alguien tan bueno y justo como Bevilacqua- Silva lo compensa con las constantes reflexiones en voz (interior) alta con la que se ajustan cuentas de manera elegante pero poniendo el punto sobre las íes. Algunos mensajes se repiten novela tras novela, pero seguirá siendo necesario mientras la sociedad española ponga cara extraña cada vez que un guardia civil hable sobre literatura –romper los tópicos casposos que engloban al cuerpo es uno de los grandes motivos por los que Lorenzo Silva fue nombrado Guardia civil Honorario en el 2010-.

El estilo literario de Silva no es el habitual en la novela noir. Una comida a la que Manuel Vázquez Montalbán dedicaría cinco páginas en cualquier historia de Pepe Carvalho –el gran antes y después de la novela policíaca en España- no pasa de dos líneas para él. Los tiempos también cambian, la realidad por encima del espectáculo, si la obra necesita un salto temporal de varios meses para una resolución realista del caso, que así sea. La trama es la investigación policial que avanza gracias a tanto los procedimientos más habituales como a las intuiciones de los protagonistas.

Si Jo Nesbø engancha a cada libro a miles de nuevos seguidores del oscuro mundo de Harry Hole, Lorenzo Silva nos habla del planeta en que vivimos, a sabiendas de que no hace falta imaginarse otras realidades para visualizar lo peor del ser humano, aquello que nos atrapa porque nos aterra. Sólo queda alegrarse por el buen momento de forma que goza la novela negra patria ya que la saga de esta pareja de guardias civiles es una de sus grandes exponentes. El único mal sabor que deja Donde los escorpiones es que Bevilacqua se está haciendo mayor y, como se lee en las propias líneas del libro, en su vida hay más pasado que futuro.