Muchos de nosotros recordamos con cierta nostalgia la primera vez que nos sentamos en la butaca de aquella sala de cine cóncava a la que llamábamos cariñosamente “iglú”, por su forma exterior. Entrábamos en ella con la esperanza de viajar hacia los confines del universo y sentirnos durante la hora u hora y media que duraba la proyección, astronautas dispuesto a superar todo tipo de aventuras y peligros que se nos presentaran.

Te sentabas en tu butaca, cabeza al cielo, cuerpo acomodado, mirada a la derecha e izquierda esperando que ocurriera algo sorprendente. De repente, la oscuridad más profunda. Se empezaban a atisbar los primeros puntitos de luz en la pantalla, intentabas captarlos todos pero resultaba imposible, eran demasiados y tu intención inicial de no perderte ningún detalle se desplomaba a los pocos segundos. En apenas un instante tu atención se dirigía hacia el centro de la sala, allí un objeto con una forma extrañísima, sacado de una película de ciencia ficción, se iluminaba y giraba al mismo tiempo que el falso cielo que se encontraba encima de tu cabeza. Las emociones no dejaban de brotar y tú solo podías concentrarte en no cerrar los ojos durante más de un segundo.

Vía Láctea desde el desierto de Atacama

Vía Láctea desde el desierto de Atacama

Tras la sorpresa inicial, el cielo comenzaba a adquirir forma. Desconocías qué era cada punto y qué representaba, pero tu cerebro ya reconocía algo que le resultaba familiar, algo que había visto muchas veces y que rara vez se había parado a observar con detalle. El firmamento se presentaba ante ti, imponente, grandioso, en todo su esplendor. La Estrella Polar, la Galaxia de Andrómeda, la Osa Mayor, la Osa Menor…Todo comenzaba a tener un sentido y un nombre. Intentabas recordar todas sus posiciones, saber el por qué de sus nombres y realizar una fotografía mental para después, desde la terraza de tu casa, sorprender a tus padres con los conocimientos adquiridos. Para entonces, ya era tarde, la ingente cantidad de información y efectos visuales te había sobrepasado, empezabas a comprender la grandiosidad de aquello que llamamos universo. Un lugar frío y oscuro, en el que una pequeña canica azul protege y acoge a más de 7000 millones de seres humanos.

La proyección proseguía sin descanso, un viaje interminable de millones de kilómetros luz. De la Luna al Sol, del Sistema Solar a la Vía Láctea, Pequeña Nube de Magallanes, Nebulosa del Águila, Cometa Halley, enanas rojas, blancas y marrones, supernovas y agujeros negros. Un sinfín de lugares increíbles, desconocidos y peligrosos. Nuestra vista se saturaba de colores ante las maravillas que escondía el universo y que desde ese mismo instante dejaban de ser desconocidas.

Salíamos de la sala levitando, como si la gravedad hubiera dejado de ejercer su fuerza y las leyes de la física se hubieran vuelto locas. La imaginación y deseos de aventura se apoderaban de niños y adultos, el Planetario se convertía en el lugar de peregrinación de muchos. Sus salas repletas de fotografías y maquetas nos enseñaba cómo funcionaba la Tierra, cuáles eran las leyes que la regulaban y qué lugar ocupábamos en el universo.

Durante casi 30 años el Planetario de Madrid ha educado y acercado la astronomía y sus secretos a públicos de todas las edades. Ahora, por primera vez en tres décadas, debe cerrar sus puertas durante seis meses para renovarse y seguir fascinando e ilusionando a pequeños y mayores.

Una labor divulgativa que se volverá a iniciar en el próximo 2017 y que volverá a iluminar con sus estrellas la capital española, pues ya lo decía el dramaturgo Luis Quiñones de Benavente: “desde la cuna a Madrid y desde Madrid al cielo” en este caso bien podríamos decir “desde la cuna a Madrid y desde Madrid al Planetario”.

Asunción Sánchez Justel, directora del Planetario de Madrid, nos explica en exclusiva para El Acróbata, cuáles y cómo van a ser las reformas que se van a acometer durante estos seis meses. Escúchalo a través de nuestro podcast.