Todo empezó con Mary Wollstonecraft, madre de Mary Wollstonecraft -después apellidada Shelley-, abuela del monstruo moderno. En 1792 publicó lo que muchos teóricos señalan como el primer ensayo feminista de la historia: Vindicación por los derechos de la mujer. Mujer libre, libre en pensamiento, libre en sexualidad, asistió a guerras, escandalizó a la sociedad de su época y la revolvió de arriba a abajo al exigir por primera vez -o al menos por primera vez de manera pública y en boca de una intelectual afamada- la igualdad entre hombres y mujeres. Eran tiempos tempranos, y sus reclamaciones, siempre ligadas a la moral y a la religión, nos pueden parecer antiguas. Pero fueron la primera piedra del camino. Marcaron el punto de partida de las pioneras del feminismo occidental: las sufragistas británicas.

La película Suffragette (“Sufragistas” en español) recupera una de esas historias tan olvidadas por la cultura popular y tan escasamente mencionadas por encima en los libros de texto de Historia. El sufragio femenino, un subíndice al final del capitulo de la Edad Moderna. Gran Bretaña, en plena aceptación del cambio de vida que supuso la revolución industrial, ve nacer un nuevo movimiento social. Un movimiento que, como advirtió la feminista Emmeline Pankhurst, interpretada breve pero magníficamente en el film por Meryl Streep, fue durante décadas pacífico, basado en la razón y en la palabra. Pero no escucharon. “Nos mintieron”, se lamenta una mujer cualquiera, madre, trabajadora a tiempo completo en una lavandería que la está matando y en la que además cobra menos que los hombres por realizar más trabajo.

Maud Watts, soberbia Carey Mulligan que mira hacia el Oscar, comparece ante el ministro, da su testimonio de la vida esclavizada que llevan las mujeres de la clase obrera desde niñas. Y parecía que iba a suceder algo, su mirada lo prometió. Pero les mintieron. Es 1912, en Londres, no habrá voto femenino y la policía carga con violencia contra las mujeres que lo exigen. Como represalia, la cárcel, unos días, semanas o meses. Toda buena sufragista que se precie irá a dar con sus huesos a la celda. “Déjennos nuestras ropas, somos presas políticas”, reclama la activista y farmacéutica -pues su padre no la permitió ser médico- Edith Ellyn, una siempre soberbia Helena Bonham Carter, que interpreta un personaje inspirado en la activista real Barbara Gould. Pero nadie escuchó. Y sólo quedó una solución: la violencia.

Explicaba la catedrática Jane Caputi en una entrevista concedida al periódico Diagonal la importancia de reconocer y utilizar la palabra “feminicidio”. Este término contemporáneo no sólo alude al asesinato de mujeres, no sólo a las violencias, torturas, vejaciones y situaciones de esclavitud, si no que alude a toda opresión, a toda objetualización y a toda clase de violencia ejercida sobre la mujer desde un sistema patriarcal. No dejarlas votar, prohibirles el acceso a la universidad, cobrar menos que un hombre por el mismo trabajo,  arrebatarles a sus hijos, son distintos ejercicios de feminicidio. Maud  Watts era una lavandera más que desde niña sufrió los abusos, de todo tipo, de su patrón. Hasta que un día ve a una de sus compañeras, Violet, en una céntrica calle comercial, que empuja lo que parece ser un carrito de bebé. Pero dentro carga piedras. Mira a Maud, y en su mirada hay complicidad, pero también hay súplica.

Votes For Women

“Es una coneja”, dicen de ella, porque su marido borracho la viola y pare un hijo tras otro, a los que ama pero a los que es incapaz de mantener con su sueldo de lavandera. Violet coge una piedra y grita: ¡Por el voto femenino! Y revienta un escaparate. Y otro más. Saltarán buzones por los aires. La casa de verano de un ministro. Ni un muerto. Las manos de las sufragistas no pueden estar manchadas de sangre. Lo único que quedará manchado serán las conciencias de todos aquellos que las temen. Porque en su negación hay temor, temor a lo que cambiaría en el mundo si las mujeres tuviesen voz. Maud no puede seguir obedeciendo. No puede ser dócil ni un día más. Tiene una voz y quiere usarla. Quiere decirle a su patrón que es un tirano. A su marido que es un cobarde. Al ministro y al rey Jorge V que son despóticos. Al resto de mujeres que nunca abandonen la lucha.

“¿Qué van a hacer? ¿Encerrarnos a todas? Somos la mitad de la humanidad. No pueden detenernos a todas”

En 1889, Emmeline Pankhusrt y su marido -porque en la lucha por el sufragio participaron muchos hombres, también pioneros a su manera- fundaron la Liga por el Sufragio Femenino. Las mujeres cómplices llevaban una medalla blanca, violeta y verde prendada del abrigo. Se las daban, cuentan en Suffragette, cuando pasaban su primera temporada en la cárcel. Ya no había vuelta atrás. Algunas mujeres de la aristocracia que simpatizaron con el movimiento sufragista se libraron de la cárcel porque podían permitirse pagar la fianza. En realidad la pagaban sus maridos con el dinero que ellas mismas ganaban pero que no tenían derecho a administrar. No sólo fue una lucha de géneros, si no también de clases. El inspector de policía que interpreta el gran actor irlandés Brendan Gleeson acusa a las sufragistas más veteranas de arrastrar y “captar” con su charlatanería a jóvenes obreras sin expectativas en la vida. Cabe preguntarse si en su acusación no hay algo de verdad.

Pero cabe también preguntarse si acaso lo que hacen es algo reprochable. La película recrea perfectamente cómo las mujeres eran tan culpables como los hombres de las actitudes reaccionarias contra las sufragistas. ¿Pero se las puede acaso culpar de la misma manera? ¿Puede hacérseles igual de responsables a mujeres sin educación, educadas bajo la férrea vigilancia de un padre y después de un marido, controladas por la moral religiosa, de tener miedo a que las cosas cambien, de tener miedo a ser libres? Una vecina le enseña a Maud su fotografía en la portada del periódico. “Me das vergüenza”, le espeta. Maud calla y sigue andando. A veces no puede evitar agachar la cabeza. Poco más de una década después, en 1928, esa mujer verá representada su opinión individual en el gobierno gracias a que un día Maud fue insultada, agredida y encarcelada.

Cartel de 'Sufragistas'

Cartel de ‘Sufragistas’, protagonizada por Calley Mulligan

El 28 de noviembre, cuando Suffragette se estrenó e Gran Bretaña, 15 activistas irrumpieron en la alfombra roja. Se tumbaron en el suelo vestidas de verde, violeta y blanco. “Las muertas no votan”, gritaban, en protesta por las mujeres asesinadas en Inglaterra hasta la fecha. Quince, una cifra ínfima si la comparamos con la española. Aprovecharon que todas las cámaras perseguían a unas actrices deslumbrantes para que su lucha fuese visible. Una remembranza. La lucha sufragista de las mujeres victorianas acabó por mancharse de sangre. Lo dice el inspector cuando escucha a Maud gritar de dolor en su celda mientras los carceleros la alimentan a la fuerza impidiéndola seguir con su huelga de hambre: “si alguna de ellas muere, tendrán una mártir”.

Y la tuvieron. Los medios de comunicación de la época eran cómplices del silencio inmovilista. Apenas pequeñas noticias. Un pie de página para la Pankhurst, que asumió la culpa de las compañeras que pusieron una bomba en la casa de verano del Ministro de Hacienda. Necesitaban hacerse ver. Que el mundo compartiera su lucha. Y hubo un sacrificio. Como en toda leyenda, son muchas las voces que discrepan. Algunos dicen que fue un suicidio. Otros que un accidente. Maud acompaña a Emily Davison al derby de caballos de Epsom del 4 de junio de 1813. Saldrá en tercer lugar el caballo del rey Jorge V.

Las cámaras del mundo entero estarán enfocando. Sólo hará falta cruzar con la bandera verde, violeta y blanca ondeando al viento. Maud la persigue mientras Emily se abre hueco entre la multitud. Antes de pasar por debajo de valla, mira a Maud a los ojos y le dice: “nunca abandones la lucha”. El caballo Anmer embiste a Emily. Su cuerpo queda roto, retorcido en el barro. La bandera se arrastra por el suelo. Días después, las calles de Londres se llenaron de miles de mujeres y de hombres que cargaban flores y pancartas siguiendo el ataúd de Davison. La mártir que nunca hubo de serlo. Por el voto femenino.