Melchor Rodríguez lee un poema a la bandera republicana en 1938

Melchor Rodríguez (izquierda) lee un poema a la bandera republicana en 1938

Dicen que cuando se fue del Palacio de Viana, situado en el número 1 de la calle del Duque de Rivas de Madrid, el cual había ocupado mientras era alcalde de la capital, en plena Guerra Civil, Melchor Rodríguez dejó todo como estaba, no se llevó, en una casa llena de lujos ostentosos, ni el más mínimo detalle. No lo cuentan sus camaradas ni compañeros, si no que lo dejó escrito el mismo dueño de la casa que, al volver a la capital con la llegada de los fascistas a Madrid, comprobó que el conocido como  ‘Ángel Rojo’ había tratado su lujoso hogar con todos los cuidados del mundo y lo había dejado “sin que faltara una cucharilla”. Todo a pesar de haber escondido en aquel caserón a más de 20 personas perseguidas por los diferentes grupos que pululaban por la ciudad sedientos de sangre en esos turbulentos años. Fascistas, monárquicos, republicanos moderados e incluso comunistas acusados de espías que solo pudieron acogerse a la benevolencia del chapista de Triana convertido en alcalde para poder salvarse de la muerte, que campaba a sus anchas por las calles de la ciudad.

Rodríguez era un tipo muy singular y no había llegado a la alcaldía de Madrid en pleno conflicto por casualidad. Nacido y criado en el barrio sevillano de Triana había intentado salir de la pobreza a través del toreo como su vecino Juan Belmonte, pero por una mala cornada, de esas que te apartaban del sueño de todo joven de la época, se vio obligado a llegar a Madrid por la puerta chica, meterse a proletario y hacerse cenetista. Pero su traumático pasado torero y su vida en la extrema pobreza no hicieron mella en su calidad humana ni cuando todo lo que siempre había defendido se caía a pedazos.

Con la Guerra Civil iniciada y los sindicalistas cada vez con más poder en la capital, el prestigioso chapista sevillano que había pasado incluso algún tiempo en la cárcel por defender a todos los reclusos, incluidos los que eran contrarios a su ideología, llegó a ser delegado especial de instituciones penitenciarias. Ahí comenzó el mito al que muchos nombres ilustres deben su vida. En plena contienda, con los franquistas a las puertas de Madrid y con los comunistas obsesionados con las checas y los espías, Rodríguez puso cordura cuando a casi nadie le quedaba y, según algunos investigadores, pudo salvar a unos 16.000 presos de todas las cárceles de la región. Un Schindler español al que le falta un Spielberg para ser llevado a la gran pantalla. Carnets falsos de la CNT, refugios en edificios ocupados, escondites, salvoconductos, de todo intentó Rodríguez para que en la ciudad que gestionaba se derramase la menor sangre posible, fuese del bando que fuese.

Acabó de alcalde cuando ya nadie lo quería, a solo unos días de la rendición cuando sólo quedaba sufrir la matanza, el hambre y, al tiempo, capitular ante el enemigo. Rodríguez aguantó, según cuentan, para poder salvar la dignidad y la vida de una ciudad que se moría poco a poco. Durante el corto tiempo que duró su extraña y dura alcaldía intentó por todos los medios posibles que en Madrid la guerra pasase como él por la casa de los aristócratas, sin apenas notarse. Hizo lo que pudo en una ciudad rota y muerta de hambre a la que solo le quedaba la pasión ideológica y, sobre todo, la venganza.

Placa conmemorativa de Melchor Rodríguez en Triana

Placa conmemorativa de Melchor Rodríguez en Triana

A cambio, para él, solo quedaría la soledad de quien intenta moderarse en la locura de la guerra y el peor de los castigos para un hombre fiel a sus ideas, entregar la ciudad que había amado, y por la que casi había muerto, a la gente a la que odiaba. Tuvo que enfrentarse a un consejo de guerra, por él intercedieron las personas a las que salvó y acabó sin pena de muerte pero con cinco largos años de cárcel en plena posguerra. La leyenda del alcalde anarquista de Madrid se perdió porque a nadie pareció interesarle homenajear a un hombre que era de un bando y que había salvado a todos, incluso a sus enemigos. Un anarquista que se enfrentó a aliados, como los poderosos comunistas de Carrillo y compañía, a los franquistas y fascistas y, en general, a todos los que quisieron matar, para salvar a los vivos.

A este ‘Ángel Rojo’, al que Alfonso Domínguez dedicó un libro y un guión de cine, le deben la vida personajes como los militares Agustín Muñoz Grandes, Valentín Galarza, Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco que luego formaría parte de sus gobierno, el Dr. Mariano Gómez Ulla, los hermanos Rafael, Cayetano, Ramón y Daniel Luca de Tena, el locutor Bobby Deglané, el futbolista Ricardo Zamora y los falangistas Rafael Sánchez Mazas y Raimundo Fernández-Cuesta, entre otros. Todos vivos gracias a una firme convicción que Melchor Rodríguez defendió incluso cuando era imposible defenderla: “Morir por las ideas, nunca matar por ellas”