Vista de la exposición -Mujeres en vanguardia-

Vista de la exposición -Mujeres en vanguardia-

Silencio. ¿Escuchas algo? Apenas un rumor de coches lejano. Se oyen las ramas agitadas de los árboles, el agua que chapotea, pisadas sin nombre por los pasillos, ventanas que se cierran y se abren, libros que guardan historias calladas desde hace décadas o incluso siglos. Cualquiera diría que nos encontramos a apenas cien metros del Paseo de la Castellana. La Residencia de Estudiantes de Madrid es uno de esos rincones culturales escondidos de la capital, menos conocido y transitado de lo que debiera, que nos devuelven a otra época, más tranquila pero a la vez más convulsa, dorada, eso sí, por el recuerdo de todo lo que allí aconteció. Y fueron muchas cosas. Y muchas personas.

En el Pabellón Transatlántico acaba de inaugurarse la exposición Mujeres en vanguardia. La residencia de señoritas en su centenario (1915-1936) , comisariada por Almudena de la Cueva y Margarita Márquez Padorno, y que podrá visitarse en el número 23 de la calle Pinar, detrás del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, hasta el próximo 27 de marzo. Esta muestra rastrea, en el centenario de su creación, una de las instituciones más importantes pero olvidadas de aquella España tan dorada pero tan complicada de principios del siglo XX. Tan sólo hacía cinco años que la Ley permitía a las mujeres españolas ir a la Universidad. Las primeras valientes se atrevieron con las letras y la filosofía, el magisterio, algunas probaron con Derecho y aún quedaban unos años para que se acercasen a las ciencias. Sin embargo, el cambio había llegado. Ya nada volvería a ser igual en la sociedad española. Las hijas, hermanas e incluso jóvenes esposas salieron de sus casas para acudir a las clases, tímidas al principio, bravas después, dispuestas a igualarse a sus padres, hermanos y jóvenes esposos. Se quitaron el sombrero, se cortaron el pelo, fumaban, bebían, organizaban tertulias, viajaban por Europa e incluso Estados Unidos, jugaban al hockey. Aprendían. La educación fue el martillo que empezó a golpear las cadenas.

Fotografía de archivo del Instituto Internacional en España

Fue María de Maeztu, injustamente olvidada por la Historia -y por aquellos que la escriben- bajo la sombra de su hermano, el diplomático y escritor Ramiro, la pieza clave de esta historia. Ella fue una de las primeras mujeres en licenciarse en Filosofía y Letras en Madrid. Se atrevió incluso con Derecho, y, seguramente más asustados que indignados, una reunión de hombres en el Colegio de Abogados de Bilbao intentó impedir que ejerciese después de licenciarse. Maeztu tomó las riendas de la Residencia de Señoritas cuando ésta abrió sus puertas en 1915. Pero la institución no surgió de la nada. Fue promovida por el espíritu progresista de la Institución de Libre Enseñanza y la Junta de Ampliación de Estudios. El Instituto Internacional en España, que trajo desde Estados Unidos el matrimonio Gulick, decide destinar su antigua sede de la calle Fortuny (se acababan de mudar a Miguel Ángel, 8) a la nueva y vanguardista Residencia de Señoritas. Allí se construyó una enorme biblioteca que se convertiría en tertulia, no sólo de “señoritas” ávidas de conocimiento -y libertad-, si no de mujeres ya ilustres como la científica Marie Curie, la diputada Victoria Kent, la jurista Matilde Huici o la artista Maruja Mallo, entre muchas otras. También había aulas, laboratorios, habitaciones, salones de té y pistas de tenis. Un lugar idílico, protegido de las antiguas costumbres, donde completar sus estudios universitarios, crecer como mujeres y como profesionales y abrirse al mundo.

Casi unos 400 documentos registran la existencia de la Residencia de Señoritas. Cuadros, ilustraciones, libros, fotografías, documentos oficiales… Nos topamos muchas veces con la palabra “feminismo”. Con siluetas al óleo o a lápiz de mujeres jóvenes. Con sellos oficiosos de la burocracia universitaria. Mujeres en vanguardia ordena un discurso, breve y sencillo pero fundamental en nuestro panorama cultural -y que debería hacerse eco hasta las aulas, sobre todo las de los colegios- sobre la emancipación cultural y profesional de la mujer española de principios del siglo XX. Aunque no han pasado a la posteridad con la misma fama que sus coetáneos de la Residencia de Estudiantes -aquellos años dorados de Dalí, Lorca y Buñuel-, esta muestra pretende recuperar la memoria de aquellos días, la huella de un lugar utópico que fue creado para “ofrecer a las alumnas la garantía de un hogar espiritual rodeado de benéficos influjos, en el que poder disfrutar de las ventajas de la vida corporativa, de un sano ambiente moral y de toda clase de estímulos y facilidades para el trabajo”, según el folleto de 1933.

La verbana, de Maruja Mallo. Fotografía del MNCARS

Fue una historia, la de este refugio de señoritas que aspiraban a ser más que simples “señoritas”, corta pero intensa. Como muchas otras cosas buenas, acabó en 1936 con el estallido de la Guerra Civil. La propia María Maeztu y otras compañeras se exiliaron por Europa y América. Aunque la Residencia intentó seguir con su andadura bajo la vigilancia de las mujeres falangistas, que sustituyeron los laboratorios por labores del hogar, los años de esplendor se acabaron. Quedaron ecos de las voces que un día soñaron con alzarse, sino por encima, al menos a la altura de sus compañeros. En aquel edificio se encuentra hoy la Fundación José Ortega y Gasset. Envuelta en el silencio de los que escuchan y la agitación de los que aprenden. A unos metros del Paseo de la Castellana. A unos pasos del Museo Sorolla, pintor del que encontramos en la exposición un cuadro de mujeres, anónimas y olvidadas, pero ante todo, libres.