6362110099_30176995c0_o_opt

Günter Grass, durante una ponencia /Blaues Sofa.

Creció entre balas. Sin embargo, la muerte lo encontró apaciblemente a los 87 años en un hospital de la ciudad alemana de Lübeck, donde residía desde hace tiempo. El escritor Günter Grass (Dánzig, 1927) fue llevado a juicio por pornógrafo y blasfemo –de lo mismo que se acusó a Nabokov por su Lolita-. Ejemplares de El tambor de hojalata fueron quemados en Düsseldorf (antigua RDA) entre montañas de otros libros –también estaba la Lolita de Nabokov-. Pero ambos episodios fueron mucho tiempo antes de que la Academia sueca le concediese en 1999 el Premio Nobel de Literatura y, en ese mismo año, también le fue entregado el Premio Príncipe de Asturias. De la repudia a la gloria hay un camino muy corto en el que se entrecruzan premios, lectores y críticos. Y de eso Günter Grass, la voz política de la Alemania –irradiando al mundo entero- de la segunda mitad del siglo XX, sabía mucho.

“Haber dibujado la cara olvidada de la historia con vivas fábulas negras”; ese fue uno de los motivos que dio el jurado para la concesión del Nobel. Sus historias, como suele ocurrir cuando son muy buenas, incomodaron a aquellos que se vieron reflejados en unos episodios que preferían negar haber vivido y unos sentimientos que desearían no haber sentido. El tambor de hojalata, su obra más conocida, publicada en 1959, narra un momento de la vida del hombre con cabeza de niño Oskar Matzerath es internado a los 29 años en un sanatorio psiquiátrico durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Se comunica con la horribilidad del mundo externo a través de los redobles polisémicos sobre su tambor. La obra crece en ese infantilismo macabro que nos fascina, en una visión descarnada y sin pudor del mundo más cruel que rodeaba a Grass y, seguramente, nos siga rodeando.

Él dijo que fue uno de aquellos tantos jóvenes reclutados por el partido nazi a la fuerza. Corría la década de los 40 y Günter aún era un adolescente. Formó parte de la unidad de élite Waffen-SS, a las órdenes de Heinrich Himmler, y combatió en Dresde, donde, en cierto modo, aquel día en el que llovieron llamas murió Europa entera.

Él dijo que fue uno de aquellos tantos jóvenes reclutados por el partido nazi a la fuerza. Corría la década de los 40 y Günter aún era un adolescente. Formó parte de la unidad de élite Waffen-SS, a las órdenes de Heinrich Himmler, y combatió en Dresde, donde, en cierto modo, aquel día en el que llovieron llamas murió Europa entera. No era un secreto que el joven Günter formó parte de las Juventudes Hitlerianas, como tantos otros jóvenes, casi niños, movidos por una voz engañosa y que sólo vieron futuro y furor. Pero fue durante la presentación de su autobiografía Pelando la cebolla, en 2006, que el Nobel confesó haber pertenecido a uno de los cuerpos más sanguinarios del régimen nazi. La tacha de los colegas intelectuales y demás sociedad indignada no se hizo esperar. Hasta la canciller Merkel le juzgó por no haber desvelado desde un principio sus orígenes. Él explicó el efecto arrastre y que no pegó ni un tiro, pero todo pareció falso en boca del que en aquel momento se había convertido en un escritor totémico y militante de la izquierda.

A

Portada “El tambor de hojalata”/ Alfaguara

Toda su literatura, entre novelas, poesía, teatro y ensayo, fue siempre combativa e imbuida de una fuerte denuncia social. Utilizó su nombre para acusar a Israel de romper el equilibrio de la paz mundial con la construcción de sus bombas atómicas y a George Bush de participar interesadamente en la guerra de Irak. Fue un escritor político de magnífica estética, una dicotomía que no siempre es fácil alcanzar. Lo supimos gracias a, primero, Carlos Gerhard, y, segundo, Miguel Sáenz, sus traductores al español de mano de la editorial Alfaguara, que se atrevió en nuestro convulso 1978 a publicar una obra tan incómoda como era la opera prima de Grass. Completaban esta especie de “trilogía de Danzig” –lugar de nacimiento del escritor, en sus años Ciudad Libre y hoy territorio de Polonia- las novelas El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963). En el primero, un grupo de adolescentes alemanes fantasean con una vida idílica antes de marchar al frente; en el segundo, que muchos consideran aún mejor que El tambor de hojalata,  dibujo un fresco de aquella sociedad que fue salvada y corrompida por el nacionalsocialismo.

Nunca se sabe si habría de juzgarse por separado al hombre y a su creación. Pero cuando la experiencia y la conciencia están tan enraizadas en la obra, es difícil dejar a un lado el nombre, más aún cuando es tan gigante como el de Günter Grass. Lo mismo le pasó a Louis-Ferdinand Céline, autor de la magnífica novela Viaje al fin de la noche y acusado de colaboracionismo cuando los nazis invadieron su Francia natal. Pero lo cierto es que, cuando el cuerpo no es más que polvo, al final lo que vive eternamente son sus palabras.