William Howard Russell (1821-1907), hizo honor al país donde nació. De su Irlanda natal tomó la metáfora de su aspecto, era como una buena pinta de cerveza, regordete y afable pero con ese trasfondo trágico proveniente de una sinceridad que solo parece traer el buen alcohol. También se parece a ese vaso de cerveza en otra cosa, cuando termina la noche seguramente te hayas olvidado de él aunque su efecto perdure.

Si uno se pone a rebuscar en la historia del Periodismo, encuentra a William H. Russell, y lo encuentra no porque nadie lo haya puesto allí sino porque se lo ganó por méritos propios. Fue el primer periodista de guerra de la Historia y cambió la forma de ver ese oficio. Y no solo lo dicen libros y expertos es que hasta en la propia lápida de su tumba lo pone bien claro: “El primer y mejor corresponsal de guerra de The Times”, el medio tenía que poner su granito de arena.

Pero lejos de ser toda una celebridad, el nombre de este irlandés trotamundos se queda ahí, en un rinconcito de la Historia por el que solo unos pocos navegan. Tan pocos que no merece la pena ni traducir sus textos al castellano. Sus crónicas se pierden en pequeñas ediciones marginales y textos académicos. Nadie parece acordarse del periodista “indeseable”, como lo nombra Enric González.

En un tiempo en el que el poderoso nacionalismo romántico reinaba en un mundo que se debatía entre las reglas de lo antiguo y lo nuevo, Russell se parapetó en una loca guerra para desmontar toda la estructura de la lucha. Muchos años antes de que Tom Wolfe y compañía inspirasen a los jóvenes periodistas con sus arriesgadas coberturas en Vietnam, Russell había ido como enviado especial de The Times a una de las guerras más absurdas y bochornosas de los últimos siglos, la de Crimea (1853-1856). Fue con el contingente británico que luchaba junto a sus aliados para expulsar de la convulsa península a los rusos tras una escaramuza entre el imperio del este y los otomanos, socios de los británicos.

Allí fue Russell, sin tener mucha idea de qué hacer y con el solo mandato de su jefe el director del periódico John Thadeus Delane de cubrir de forma fidedigna lo que ocurría sobre el campo de batalla. En esa época se creía que la guerra era como una especia de partida de ajedrez, hasta Russell lo creía, y la sorpresa que se encontró al llegar y lo bien que consiguió transmitirla cambió para siempre la idea de la guerra..

Aquella guerra se cree que cambió el concepto de las contiendas y demostró que el mundo avanzaba dejando atrás aquellas guerras napoleónicas y buscando un nuevo concepto de lucha mucho más terrorífico. El pueblo solo leía los partes de guerra enviados por los propios militares y la llegada de Russell fue como una bomba para todos. Sus crónicas, escritas con una técnica impecable, aunque en nuestra época puedan parecer demasiado literarias, verídicas y detalladas le convirtieron prácticamente en un enemigo de la patria.

La Carga de la Brigada Ligera

La Carga de la Brigada Ligera - Richard Caton Woodville Jr.

La Carga de la Brigada Ligera – Richard Caton Woodville Jr.

Su texto más famoso es la crónica sobre el desastre de la Batalla de Balaclava. Bajo el titular de ‘La Carga de la Brigada Ligera’ el corresponsal hizo temblar los cimientos del imperio británico contando como se mandó a 600 buenos hombres a una muerte segura “por el valle de la muerte” ante la ineptitud de sus comandantes y la locura de un sistema en el que los cargos se elegían por el tamaño de la billetera y no por su saber.

“A las diez y once, nuestra Brigada de Caballería Ligera avanzó. . . A medida que se precipitaban hacia el frente, los rusos se abrieron sobre ellos desde cañones en el reducto a la derecha, con volantes de fusilería y rifles. Barrían con orgullo pasado, brillando bajo el sol de la mañana con todo el orgullo y esplendor de la guerra. ¡Apenas podíamos creer la evidencia de nuestros sentidos! ¿Seguro que ese puñado de hombres no va a cargar un ejército en posición? ¡Ay! Era demasiado cierto: su desesperado valor no tenía límites, por lo que, en realidad, estaba alejado de su supuesta discreción. Avanzaron en dos líneas, acelerando su paso mientras se cerraban hacia el enemigo. Nunca se presenció un espectáculo más temible que aquellos que, sin el poder de socorrer, vieron a sus heroicos compatriotas corriendo a los brazos de la muerte. A la distancia de 1200 yardas, toda la línea del enemigo arrojó, de treinta bocas de hierro, una inundación de humo y llama, a través de la cual silbaron las bolas mortales. Su vuelo estaba marcado por brechas inmediatas en nuestras filas, por hombres y caballos muertos, por corceles que volaban heridos o sin jinete a través de la llanura. La primera línea está rota, es unida por la segunda, nunca se detienen o controlan su velocidad un instante;”

El texto que apareció en la edición de The Times del 14 de noviembre de 1854 hizo saltar por los aires la propaganda del gobierno y provocó su dimisión. Puso en un aprieto a la mismísima reina Victoria y su marido,el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, sugirió al Ejército que lo lincharan. En 1856 se prohibió que los corresponsales transmitieran información que pudiese ayudar al enemigo pero ya era demasiado tarde.

También salió de aquel reportaje el término “La Delgada Línea Roja”. Un término bélico usado posteriormente que Russell acuñó para describir a la línea formada por el 93º Regimiento de Highlanders escoceses con sus casacas rojas que paró a la caballería rusa en una acción heróica.

La Delgada Linea Roja - Robert Gibb

La Delgada Linea Roja – Robert Gibb

Tras su paso por Crimea cubrió otras guerras como la Guerra Civil americana donde también se ganó la enemistad de ambos bandos, La guerra Franco-Prusiana o la Guerra Austro-Prusiana. Ayudó a que se crease el primer cuerpo de Enfermeras Militares y hasta fue político pero la Historia parece haberlo olvidado. Quizá es un personaje demasiado incómodo como para recordarlo. A ver si va a volver y descubrir nuestras vergüenzas.