Imagen de las vallas que Hungría está construyendo para impedir la entrada de inmigrantes y refugiados

Imagen de las vallas que Hungría está construyendo en su frontera  para impedir la entrada de inmigrantes y refugiados

Dicen que cuando el pasado mes de mayo los líderes de la Unión Europea (UE) se reunieron en Riga para hablar de diversos temas que tocaban a la Unión, tanto económicos como sociales, el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker saludó a Orban con un tibio “hola” continuado por un violento y duro “dictador”. Ante el ataque,  el primer ministro húngaro no supo qué responder, le pilló de sorpresa, pero lejos de tomárselo mal decidió que sólo tenía que sonreír. El contundente, duro y polémico líder centroeuropeo no lo tomó como una ofensa, una advertencia de su superior, sino como una simple broma de alguien que no está de acuerdo con él. Ahora, llenas sus fronteras de refugiados y migrantes que sueñan con una vida mejor y aterrorizan a los europeos de salón, Orban se ríe más que sus socios y recuerda, seguro, aquella anécdota con una sonrisa, esta sincera, en la cara. El tipo más duro de Europa, acorralado hasta hace nada por su deriva nacionalista y extremista, es visto como necesario en los países que se creían poseedores de la verdad europea contra el peligroso nacionalismo húngaro que él lleva por bandera.

La bronca de Juncker iba, según el contexto, contra la polémica ley del Gobierno húngaro que quería devolver la pena de muerte al código penal, el único país que de la UE que la llevaría en caso de aprobarla. Una ley que toda Europa condenó. Era el último episódio de una serie de polémicas medidas destinadas a contentar al ala más dura, y nacionalista de su partido,  que el titiritero Orban (paso de liberal a conservador y de conservador a radical en 10 años) ha llevado a cabo desde que ganara la elecciones en 2010. Primero fue el intento de controlar los medios, luego a los gitanos romaníes, más tarde trataría de poner coto a Internet, así como reformar la Constitución del país (que casi ha hecho a su imagen y semejanza), luego el Holocausto nazi (condecoró a intelectuales que niegan tal masacre), y así un sinfin de medidas problemáticas y polémicas que fueron puestas por la UE como ejemplo del tipo de gobierno que no querían en el modelo supranacional. Pero Orban nunca se achantó. Ahora, unos meses después, puede que Juncker optara por otro saludo, rectificara y dejara a Orban sin coloretes delante de todo el mundo. Quizá, en vez de ver su deriva como algo tan malo y peligroso para Europa, la entendería y vería en ella un mal menor necesario para parar aquellos que vienen intentando traspasar unas cuchillas que el bueno de Orban puso ahí antes de que nadie advirtiera del éxodo proveniente de Oriente Próximo.  

Miliciano contra el comunismo en su juventud, el líder magiar parece ser uno de esos ejemplos de la Europa que quiere venir y echar de Bruselas a los humanistas e internacionalistas, para colocar en su lugar una clase política dura con el extranjero y con las libertades, en pos de la paz y el bienestar del ciudadano nacido en el continente. “A los que tienen un sentimiento cristiano les corresponde un papel de vigías. Dios nos ha nombrado vigías, también a los políticos”, decía en una de sus últimas intervenciones el político.

Buen amigo de Marine Le Pen y los nacionalistas de Austria, Finlandia… Orban se lava las manos mientras miles de sirios, afganos, iraquíes y demás refugiados se rasgan la vida en sus concertinas y pasan hambre en sus campos. Es su mejor baza para legitimar su gobierno ante la UE y la está aprovechando hasta sus últimas consecuencias. En 2013, cuando el problema húngaro eran los gitanos, la UE estuvo a punto de hundir su gobierno mientras las palizas y los ataques a esta etnia se repetían en el país sin que sus políticos movieran un dedo. Uno de sus mayores apoyos políticos es la ultraderecha antisemita del Jobbik, pero supo, como otras veces, rectificar, moverse y esperar su momento sin que Europa se atreviera a toserle. Un tiburón político que ha mejorado con los años y que, tras el gobierno inexperto que dirigió entre 1998 y 2002, ahora se enfrenta a su segundo mandato consecutivo con un apoyo casi total de su nación y con tres años por delante de poder casi absoluto. 

Además de lo de los migrantes, su política proteccionista y su posición contraria a la austeridad de la UE le dio la victoria en las elecciones de 2014 con un 44% del apoyo y con unos niveles de popularidad históricos. Se podría decir que Orban está en el mejor momento de su carrera, al menos internamente, y se dispone a subir aún más en las encuestas colocánodose como el abanderado contra Shengen y la inmigración sin control. Solo tiene una mancha negra en su inmaculado expediente político, la del polémico impuesto sobre Internet, aquella no fue una marcha atrás tan simple como la de la pena de muerte o la de los gitanos sino que fue forzada.

Al hombre más duro, los jóvenes húngaros le doblaron el brazo cuando intentaba controlarlos en su espacio más personal y a la vez más libre, Internet. Miles se echaron a las calles de Budapest y consiguieron acabar con el proyecto. Ese quizá sea el mayor temor de un hombre que basa todo en su seguridad personal y en el mantenimiento de la paz social. Quizá en esa lucha de los jóvenes esté la esperanza de una oposición política casi aniquilada por el gran Orban. Como cualquier titán, el cancerbero más eficaz de Europa también tiene sus puntos débiles, el tiempo dirá si alguien lo encuentra antes de que su poder, con miles de migrantes en sus vallas, haya ido demasiado lejos.