El paisaje es exquisito: lagos frío en una paleta de blancos y azules, árboles altos de madera grisácea, hierba escarchada color verde oscuro, puestas de sol tras las montañas violáceas que se ven plateadas desde el otro lado de una cortina… Quien mira es Lili, Elbe, como el río. Ella siempre fue Lili, sólo que Dios se equivocó y durante casi toda su vida vivió atrapada en el cuerpo del pintor paisajista -esos pantanos helados y etéreos de Dinamarca- Einer Wegener. Y aún en el cuerpo equivocado se enamoró. Fue de la también pintora, retratista en este caso, liberal, progresista, Gerda Gottlieb, más conocida por el apellido del que sería su esposo. Muchos espectadores de La chica danesa, que fue Lili Elbe, pero que también lo fue Gerda, amante pero, sobre todo, amiga, se preguntan si Lili, atrapada dentro de Einer, de verdad amó a Gerda. Por supuesto que la amó. Pero cada cual ama a su manera.

La chica danesa es relativamente fácil de ver desde nuestro óptica actual, hablando siempre, por supuesto, desde un punto de vista progresista y occidental. La transexualidad es un hecho, igual que lo son la asexualidad y la homosexualidad. El ser humano no es rígido. Es maleable y voluble por dentro. Pero para entender bien el film de Hooper debemos situarnos en la Europa de principios del siglo XX, tan convulso y prometedor. Copenhague es fascinante para un joven matrimonio de pintores a los que las vanguardias, aunque refrescantes, les quedan lejanas. Einer prefiere los paisajes clásicos, que son los que los mecenas siguen comprando. El mismo pantano con todas las luces posibles diferentes. De memoria, ni siquiera impresionista.

Retrato de Eva Heramb de Gerda Wegener / Fotografía Arken Museum

Retrato de Eva Heramb de Gerda Wegener / Fotografía Arken Museum

Gerda transgrede algo más las normas estéticas con unos retratos no del todo al uso pero que tampoco escandalizan a nadie. Sería años más tarde cuando empieza a retratar a Lili, extrañamente hermosa, sutil a la par que provocadora, que gozará de gran éxito en París, donde su decó danés resulta exquisito. Pero en ese Copenhague, incluso en ese París, que tanto se jacta siempre de ir a la avanzadilla, Einer se ha salido de la norma. Cada vez está más seguro, tanto él como su esposa, de que lo que los demás ven es un error. Un error terrible de la naturaleza. Einer no existe. Es tan sólo la coraza. Sólo está Lili. Eso puede resultar muy fácil ahora, pero Lili, cuando se defendió como tal ante multitud de eminencias médicas, tuvo que huir para que no la metiesen en la camisa de fuerza.

La película de Hooper puede haber narrado la historia con mayor o menor fortuna. Demasiado correcta, con apenas momentos que de verdad retuercen las entrañas. Un buen pero no magnífico Redmayne, con un rostro, eso sí -ya lo demostró en La teoría del todo– inigualable en el cine. Magnífica Vikander, a la carrera por un bien merecido Oscar, pues tenemos la sensación de que la chica danesa, más que la que muchos consideran la primera persona transexual, Lili Elbe, es la pintora Gerda Wegener, tan mujer, tan poderosa, tan rota.

Una fotografía preciosista, un vestuario increíble que esperemos le valga el Oscar a Paco Delgado. Pero la narración se deshincha en algunos momentos. Los momentos lacrimosos son demasiado evidentes. Le falta tensión y desgarro. Salvo en los pasajes del hospital de Dresde y en el linchamiento en el parque, no parece que la odisea de Lili fuese tan terrible. La que sufre y se rompe para después reconstruirse es más bien Gerda, pintora, por cierto, poco recordada por la historia, y a la que actualmente el museo de Arken dedica una retrospectiva. Sus mujeres son soberbias. Son lo que quieren ser, sin importarles la opinión de nadie. Eso, probablemente, se lo enseñó Lili.

La película está basada en la novela del mismo nombre (en español la edita Anagrama) de David Ebershoff, editor de Random House y profesor de Columbia. La narrativa seguramente sea más capaz de contagiar al lector la confusión y el sufrimiento de Lili Elbe que la película, algo artificial en lo que a emociones se refiere. La novela de Ebershoff, a su vez, está inspirada en los diarios que escribió durante su proceso de transformación Lili Elbe, que fueron publicados de manera póstuma por sus amigos en 1933 bajo el título Man into woman. La película se permite bastantes licencias con respecto a los hechos reales. Los diarios muestran a una Lili más frívola y extravagante, menos cariñosa con Gerda -pero Hollywood, como siempre, sale en defensa del romanticismo-, que quiso llevar su transformación más allá de lo que la cirugía del momento, aun tratándose de una técnica pionera, podía permitirse.

Según datos ofrecidos por el propio equipo de La chica danesa, un 41% de las personas trans intentan suicidarse en algún momento de su vida. Países como Qatar y Emiratos árabes han prohibido la exhibición de la cinta por inmoral. La perspectiva desde la cual se mira una historia es casi tan importante como la historia misma. De quienes pensaban que Einer era un degenerado, aún quedan muchos restos. Lo que se sale de la norma -¿y quién ha escrito esta norma?- quiebra el suelo que pisamos. Y nos hacen sentirnos inseguros con las decisiones de otros. Lili Elbe, la primera conocida, aunque muchas serían antes las mujeres atrapadas en cuerpos de hombres y los hombres atrapados en cuerpos de mujeres. Pero también Gerda, tolerante y fiel, pionera también a su manera. Ellas dos fueron las chicas danesas.