Campaña electoral de los laboristas bajo el lema: "The Conservatives Road to Ruin" / Byzantine_K (Flickr)

Campaña electoral de los laboristas bajo el lema: “The Conservatives Road to Ruin” / Byzantine_K (Flickr)

Las próximas elecciones en Reino Unido, previstas para el jueves 7 de mayo, se antojan como las más inciertas que vive el país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, en 1951, conservadores y laboristas se repartieron el 96,8% de los votos. Por contra, en las últimas elecciones generales celebradas en 2010, en las que el actual primer ministro, David Cameron, se hizo con la victoria, apenas dos tercios de los votantes se decantaron por uno de los dos grandes partidos. El tradicional bipartidismo que ha dominado la política británica en los últimos 300 años toca a su fin y deja paso a un complejo sistemas de cinco partidos en los que la negociación y los pactos serán claves para formar gobierno. Los últimos sondeos, recogidos por la BBC, pronostican un empate técnico entre ‘tories’, con Cameron a la cabeza, y laboristas, liderados por Ed Miliband, con un 34% y 33% de los votos respectivamente. Tras ellos se situaría el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP en sus siglas en inglés), con un 14%; los Liberales Demócratas, actuales socios de Gobierno de los conservadores, que se repartirían un 8% de los votos; y el partido Verde, con un 5%.

A menos de 24 horas para que abran los colegios electorales y, en plena jornada de reflexión, desde El Acróbata hemos querido condensar en cinco claves los temas que han marcado, incluso sin ser tratados, la campaña política británica.

Economía

En 2010, el liberal-demócrata, David Laws, por aquel entonces número dos del tesoro, se encontró encima de la mesa de su recién estrenado despacho una carta. En el sobre podía leerse el nombre de su predecesor, Liam Byrne, y un escueto mensaje: “Estimado secretario del Tesoro: no queda dinero”. Esta misiva ha sido una de las bazas principales que ha utilizado el actual primer ministro, David Cameron, durante la campaña para defender su legado económico. Unas cifras que, en cualquier otro país, valdrían una reelección para un segundo mandato pero que en Reino Unido están lejos de ser suficientes. El producto interior bruto (PIB) británico es el que más crece de entre los países del G7 -las siete principales economías del mundo-, a un ritmo del 2,8% en 2014.El país genera más empleo que nunca desde que existen registros con una tasa de desempleo de apenas el 6%. Además, la caída de la inflación, que llegó al 0% en febrero por primera vez en al menos 50 años, alimenta las expectativas de un estímulo del consumo al aumentar el poder adquisitivo de unos salarios —los más bajos de las grandes economías de la UE— que suben (1,6% entre noviembre y enero). Y, por su fuera poco, el Ejecutivo ‘torie’ ha logrado reducir el déficit público hasta un “insuficiente”, como el propio Cameron se encargó de recordar, 5% del PIB. En España alcanza el 5,8% de nuestra riqueza. Un milagro económico en toda regla que, sin embargo, esconde importantes matices.

Desigualdad

Las duras políticas de recorte del gasto público y las enormes diferencias entre ricos y pobres que se han generado durante la crisis económica han situado al Reino Unido como uno de los países del mundo con mayor índice de desigualdad. Basta con recordar, como indicó Danny Dorling, profesor de Geografía ‘Halford Mackinder’ y miembro de la Junta del St. Peters College de Oxford, en un artículo reciente para la revista española Vanguardia Dossier, que “el 1% de las personas más ricas de Reino Unido disponen del 15% del total de la riqueza del país”. A su juicio: “Si este porcentaje se redujera al 5% y el exceso se repartiera de forma equitativa, las parejas más pobres podrían doblar su renta anual y los hogares de tipo medio podría mejorar su situación económica”. Sin embargo, la realidad en las islas dicta que, mientras el país crece a un ritmo vertiginoso del 2,8%, cada día más ciudadanos británicos han de recurrir a bancos de alimentos para poder comer. En 2009, Tower Hamlets, banco de alimentos afiliado al Trussel Trust, el mayor conglomerado de dispensación de comida de emergencia de Reino Unido, apenas contaba con 29 de estos establecimientos repartidos por el país, mientras que ahora la cifra se ha disparado hasta los 445. Por si fuera poco, en los últimos doce meses, este establecimiento ha repartido 1,1 millones de lotes de comida, 200.000 más que hace cinco años.

Nunca el Reino Unido ha sido tanto una isla como en estos momentos. En los últimos años el país se ha desconectado de los problemas del mundo y, prueba de ello, es que ni Siria, ni Rusia, ni el Estado Islámico, ni el drama humanitario del Mediterráneo han sido tema de debate en la campaña.

Armas de destrucción masiva

Uno de los secretos mejor guardados de Reino Unido se encuentra bajo las aguas del lago Goil, a 65 kilómetros de Glasgow, y ha irrumpido con fuerza en la campaña política británica. Se trata de cuatro submarinos con capacidad nuclear que, desde 1952, navegan por las aguas de esta localidad escocesa y que el próximo Parlamento debe decidir si renovar o no. El presupuesto para renovar el sistema de submarinos Trident asciende a 25.000 millones de libras (34.000 millones de euros) y ha abierto un debate en la sociedad británica sobre la conveniencia de acometer un gasto de esas características en un momento de duros recortes en el estado del bienestar. “En Escocia 220.000 niños viven en la pobreza. Nos dicen que no hay dinero para alimentar a los pobres, para aumentar los salarios a un nivel digno, pero sí hay 100.000 millones de libras [135.000 millones de euros] para renovar armas de destrucción masiva que no podrán usarse nunca. Es una obscenidad moral y una locura económica”, declaró recientemente Brendan O’Hara, candidato local del SNP (Partido Nacional Escocés), y uno de los más acérrimos detractores del sistema de disuasión nuclear.

Escocia

Además de la tradicional reclamación de sacar los submarinos fuera del país, los nacionalistas escoceses del SNP han tomado la delantera en distintos momentos de la campaña sorprendiendo con el pie cambiado tanto al Gobierno como a la oposición. Han sido varias las ocasiones en las que Nicola Sturgeon, líder del SNP, ha urgido a Ed Miliband a “aceptar la realidad” que no es otra que reconocer que un futuro gobierno laborista sólo sería posible con el apoyo de los nacionalistas escoceses. Una posibilidad que el cerebro de los laboristas ha rechazado, descartando cualquier coalición o pacto con los escoceses para sustentar un gobierno en minoría. Lo que parece claro es que, ante la fragmentación que previsiblemente habrá en la Cámara de los Comunes, el SNP tendrá la llave para formar un nuevo ejecutivo.

Unión Europea  

Nunca el Reino Unido ha sido tanto una isla como en estos momentos. En los últimos años el país se ha desconectado de los problemas del mundo y, prueba de ello, es que ni Siria, ni Rusia, ni el Estado Islámico, ni el drama humanitario del Mediterráneo han sido tema de debate en la campaña. Ni siquiera se ha hablado de la Unión Europea. Un tema que se presupone vital para el Reino Unido, una vez que si sale reelegido el actual primer ministro y líder conservador, David Cameron, ha garantizado que llevará a cabo un referéndum para decidir si el país se mantiene dentro de la Unión. La política exterior no atrae votos, y el primer ministro lo sabe, sin embargo, llama la atención la escasa trascendencia que ha tenido en estos quince días de campaña en un país que otrora fue un imperio.