A Rosa García Ascot le llegó la muerte en 2002 en el pequeño pueblo de la sierra madrileña llamado Torrelaguna, en el cual había nacido hacía justo 100 años y un mes, rodeada de algunos familiares y amigos. Tuvo alguna crónica en los periódicos, un recuerdo de su carrera e historia y poco más. Lejos quedaban las luchas de Manuel de Falla y Ravel por la educación que más le convenía a la pianista y compositora madrileña, los conciertos con el grupo que revolucionó la música española paralelamente a la Generación del 27 y los poemas dedicados por García Lorca a su musa del piano.

Demasiada distancia con sus metas, olvidadas por la historia. Después de ser durante los años 20 y 30 una figura clave de la música y la cultura española, la Guerra Civil, su exilio y la vuelta a la España franquista, hicieron que a Rosita, como se la conocía coloquialmente, se le fuera quitando el protagonismo y los méritos que se había ganado a pulso. Estuvo cerca de desaparecer de la escena donde la historia le había puesto.

Y la historia no le había elegido por casualidad, ni siquiera por un momento de gran lucidez, sino por una carrera más que prolífica y llena de talento. La artista madrileña empezó a destacar desde muy pequeña, con solo 10 años. Sin haber recibido nunca clases en conservatorios, ni nada similar, ya llamó la atención de maestros del nivel de Granados, Turina o Felipe Pedrell mientras debatían sobre cómo debían pulir este diamante en bruto. Este último se enamoró tanto del talento de Rosa que pidió encarecidamente al prestigioso gaditano Manuel de Falla que la tomara como alumna, algo que el maestro acabó haciendo como una decisión única, pues nunca aceptó alumnos debido a su apretada agenda.

Con estos mimbres es fácil ver por qué durante la primera mitad del siglo XX García Ascot fue una mujer muy respetada por la cultura española siendo incluso llamada a revolucionar la música nacional formando parte de la Generación del 27 de la música. Lo que no se entiende mucho es cómo la historia ha olvidado a una figura de este calibre, aunque con ejemplos como el olvido de las SinSombrero, coetáneas de Rosita, todo es más fácil de explicar.

Sumida en la corriente de cambio cultural, García Ascot fue encumbrada como la única mujer del Grupo de los 8, un grupo de pianistas y compositores que revolucionaron la música española siguiendo unos pasos similares y paralelos a los que llevó la Generación del 27 en el terreno de la literatura. Ella fue una de las principales impulsoras del grupo y tal fue la unión con los literatos que acabaron compartiendo uno de los templos clave para la cultura hispana de esos años, la Residencia de Estudiantes de Madrid. Allí conoció Rosa a Federico García Lorca del que fue amigo y, para el poeta granadino, prácticamente una musa.

Rosa García Ascot

Rosa García Ascot

Allí, en la Residencia de Estudiantes, da el Grupo de los 8, formado por Ernesto y Rodolfo Halffter, Juan José Mantecón, Julián Bautista, Fernando Remacha, Salvador Bacarisse, Gustavo Pittaluga y la propia Rosa, el concierto que luego daría nombre a la generación y que los encumbró como revolucionarios de la música española. En aquel concierto dado en 1930 Rosa no solo se muestra como una de artistas llamadas a cambiar el rumbo de la música española sino que conoce a un hombre clave en su historia, Jesús Bal y Gay. El también compositor y musicólogo acabaría compartiendo el destino de Rosita siendo su marido y sufriendo también el olvido tras la guerra y sus viajes por el mundo. Ambos desaparecieron de la vida más pública cuando volvieron a España en 1965 y vivieron en una vida tranquila, apartada de la fama que una vez disfrutaron.

La violencia y la locura de la guerra hace que casi toda la obra de Rosa García Ascot desaparezca y con ella su fama y su prestigio, tan defendido durante la primera mitad del siglo XX por grandes maestros y gente de la alta cultura española. A la pareja la contienda les pilla fuera de España, a Rosa le pilla en París y a Jesús en Cambridge. Cuando estalla el conflicto Rosa está recibiendo clases de una de las maestras más prestigiosas del momento, Nadia Boulanger. Y ahí sigue hasta que se muda a Cambridge con su marido para continuar con su vida como exiliada.

Ella sigue componiendo y tocando en sus exilios, primero en Cambridge, donde además montó un coro de niños exiliados de la guerra española, y después en México. Pero su carrera y su fama ya no vuelve a ser la misma, y empieza a dedicarse a otros menesteres. Da clase de música en México DF, mientras Jesús sigue con la gestión cultural llegando, la pareja, a entablar amistad con el compositor Igor Stravinski, uno de los músicos más importantes del siglo XX.

En 1965 marido y mujer vuelven a España del exilio como el resto de expatriados, sin reconocimiento ni fama, sin éxito, ni recuerdo. Salen de los grandes focos sociales con excepciones notables como el concierto que les dedicaron en 1990 en la Residencia de Estudiantes. La historia se olvidó de Rosa García Ascot, pero ella, como todos los grandes artistas, dejó sus composiciones más destacadas: Suite para orquesta, Preludio, y el Concierto para piano y orquesta. Un rastro de migas de pan con acordes de piano, dispuesto para que todo el quiera pueda volver a recordarle a la historia quién era Rosa García Ascot. 

Y si no ya se encarga Lorca de ello:

Una vinca lucero, / una rosa / y un lirio negro. / El lucero en el cielo, / la rosa en el agua / y el lirio en el viento. / A la vera verita / del camino de Santiago, / tiembla. ¡Quiero que siga / temblando! / En la espalda del río /largos ritmos, negras hojas. / (Y entre los juncos / la rosa.) / El pastor del mediodía / toca su flauta en la sombra. / (Y entre los juncos / la rosa.) / Para pasear el monte / la tarde pinta su boca. / (Y entre los juncos / la rosa.) / Cúpula amarilla / y viento de plata. / El lirio, / la sonrisa velada / y la mano / delgada. / Cúpula amarilla / y viento de plata. / Cinta azul, azul y naranja, / con el fleco verde limón. / En la cinta azul, azul y naranja, / vaya escrito este nombre: / Rosa García Ascot.