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Pie de foto. Samanta Schweblin/Páginas de Espuma.

Somos un país de historias largas, aunque no necesariamente grandes. Bien sabían maestros como Borges o Raymond Carver que la intensidad del mundo puede caber en unas pocas páginas. No existe una gran tradición cuentística en España como sí que la hay en Estados Unidos o en la mayoría de los países de América Latina. En materia de narrativa breve en castellano, allende los mares son maestros. Pero puede que esto esté cambiando, entre otras cosas, gracias a la labor de Páginas de Espuma, una editorial independiente que arrancó en 1999 con el afán de cubrir ese nicho deshabitado de las colecciones de cuento en España y que se ha convertido en un sello referente del género.

 Resuelto el 25 de marzo y anunciado ayer mismo, desde hace cuatro ediciones la editorial viene convocando, bajo el mecenazgo del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero, el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. La calidad de un certamen y su capacidad, se podría decir, canonizadora de los ganadores, depende tanto de sus participantes como de sus jurados. Este año decidían los escritores –firmas consolidadas del cuento- Pilar Adón, Jon Bilbao, Andrés Neuman, Rodrigo Fresán como presidente del jurado y Guadalupe Nettel en calidad de vencedora de la III edición. Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, agradeció la difícil tarea de un jurado formado por “escritores que tienen que emitir juicios sobre otros escritores”. Y lo hicieron: el libro de relatos Siete casas vacías de la autora argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es magnífico y sintomático del gran momento que está atravesando la narrativa breve en nuestro país.

El escritor Andrés Neuman definió el estilo de la ganadora como una especie de “costumbrismo alucinado” en el “binomio que componen el espacio de las casas y los desórdenes familiares”

Rodrigo Fresán leyó el acta de un jurado que por unanimidad destaca a Samanta no sólo como una de las mejores cuentistas de su generación, sino de toda la literatura en castellano. Siete casas vacías es “un libro habitado por situaciones familiares y conflictos vecinales” lleno de “perversidad” y “las más diversas formas de ternura”. El escritor argentino explicó cómo en su país de origen que comparte con la ganadora el género rey es el cuento. “De jóvenes ninguno decíamos `quiero escribir la gran novela argentina´ sino `quiero escribir el gran cuento argentino´”. Destacó también una particularidad literaria de Argentina que la hace distinta al resto del mundo: todos sus escritores totémicos exploran lo fantástico. Samanta Schweblin sería una continuadora de esta tradición de “el cuento extraño” y los elementos irreales flotan en la cotidianeidad de sus distintos personajes. El escritor Andrés Neuman definió el estilo de la ganadora como una especie de “costumbrismo alucinado” en el “binomio que componen el espacio de las casas y los desórdenes familiares”. Y Pilar Adón, otra de las integrantes del jurado, describió cómo “las casas son el espacio en el que los personajes de Samanta están pero no tienen por qué sentirlo como su hogar”.

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(De izq. a dhca.) Enrique Pascual, Samanta Schweblin y Juan Casamayor en la entrega del premio / Páginas de Espuma.

Seis cuentos cortos y uno largo componen Siete casas vacías, que dentro de poco llegará a manos del público con el sello Páginas de Espuma. Abordan, desde el extrañamiento como actitud de los personajes, las relaciones singulares y perversas en todas sus modalidades de afecto, cercanas y distantes. “Hay algo de sana locura en mis personajes, como una válvula de escape. Siempre me llamó la atención este código social de la `normalidad´, cuando hay muchas situaciones fuera de ella y con las que también convivimos”, explicó Samanta. Su primer libro, El núcleo del disturbio, obtuvo los premios del Fondo Nacional de las Artes y el Concurso Nacional Haroldo Conti (2002). Su libro de cuentos Pájaros en la boca (2009) obtuvo el premio Casa de Américas y fue publicado en más de veinte países. En el 2014 publicó su primera novela, Distancia de rescate, y actualmente vive en Berlín, donde imparte talleres literarios en español.

Guadalupe Nettel, Premio Herralde 2014 con su novela Después del invierno y vencedora de la anterior edición del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, tuvo desde un principio claro que el libro de cuentos de Samanta Schweblin era su preferido. “Es una enamorada y una militante del cuento. Los escritores de cuento somos unos guerrilleros que nos enfrentamos a un sector editorial que no quiere saber nada de este género”. También destacó la atmósfera de los cuentos que recuerda a las del cineasta David Lynch –que ya acuña su propio estilo en las artes: lynchiano-. “Las casas son representación de la subjetividad de los personajes”, explicó la autora mexicana sobre la obra ganadora.

A colación de esta comparación de estilos, una mujer que asistía a la entrega del premio quiso reseñar la notabilísima diferencia entre el número de manuscritos presentados por hombres -646- y los presentados por mujeres -210-. Se preguntaba si, para ser tomadas en serio, las escritoras debían alejarse de una llamada “literatura femenina” y adentrarse en terrenos oscuros. ¿Hay menos mujeres que escriben cuento? “Hay menos pero son mejores”, sentenció Fresán, pareciendo basarse en la evidencia de las dos últimas ganadoras y finalistas –tres mujeres y dos hombres-. El editor Juan Casamayor no tenía del todo claro que esto fuera así, pero sí observó que “en estos últimos quince años hay una presencia de escritoras muy a tener en cuenta”. En el primer volumen de Pequeñas resistencias –antología de cuento que realiza eventualmente Páginas de Espuma- había muy pocas escritoras, pero en la última edición, diez años después, ellas son mayoría. A Pilar Adón ser mujer no es algo “que la preocupe a priori” a la hora de ponerse a escribir: “escribo de lo que quiero, y como no vivo de lo que escribo, tengo total libertad”.

Argentina, México, Colombia y España han sido los países que más número de manuscritos han aportado al total de 856 presentados al premio de más de 30 nacionalidades distintas. Cristina Cerrada (España), Vera Giaconi (Uruguay), Alberto Olmos (España) y Edmundo Paz Soldán (Bolivia), todos ellos escritores de mayor o menor trayectoria y que ya habían practicado su incursión en el género del cuento resultaron finalistas. Andrés Neuman quiso destacar las grandes cualidades que presentaban todas sus obras: de Olmos, por ejemplo, la experimentación formal, y de Cerrada, la audacia sintáctica.