Hitler saliendo de un mitin del Partido Nacional Socialista (nazi) en 1931

Hitler saliendo de un mitin del Partido Nacional Socialista (nazi) en 1931

Setenta años después del final de la II Guerra Mundial y de la liquidación del III Reich, continúa flotando en el ambiente la polémica en todo aquello que tenga algo que ver con conflicto, y mucho más con figuras como la de Adolf Hitler. En estos inicios de año, una vez más, el Führer, vuelve a estar de actualidad.

La excusa, esta vez, ha sido la reedición de Main Kampf (Mi Lucha), la obra en la que Hitler, aprovechando su reclusión en la cárcel tras una intentona golpista, trató de plasmar las bases fundamentales de su ideología, fundadas en la supremacía racial, el antisemitismo, o tratando de  argumentar teorías como la del lebensraum (espacio vital). La obra, de dudosa calidad literaria, en la que a través de un relato autobiográfico daba a conocer los fundamentos del nacionalsocialismo, se convirtió en un auténtico best seller en la Alemania nazi con más de doce millones de ejemplares vendidos.

Con la victoria de los Aliados, el Estado Federal de Baviera trató de impedir su reedición, algo que ha conseguido hasta la entrada del nuevo año, al quedar libres los derechos de autor. Esta última publicación de la obra se compone de dos volúmenes, comentados y contextualizados por un reputado equipo de historiadores del Institut für Zeitgeschichte (Instituto de Historia Contemporánea de Munich) dirigido por el profesor Christian Hartmann. El texto original se acompaña de numerosas citas y aclaraciones con las que, a partir de un riguroso estudio histórico, se consiguen desmontar la amalgama de medias-verdades, contaminadas por un marcado discurso populista, con las que Hitler trató de legitimizar “su lucha”.

La complejidad de este asunto va más allá del caso concreto de la reedición del libro, ya que la polémica entre historiadores y politólogos continúa vigente desde hace décadas. Una vez abandonadas las interpretaciones de la historiografía marxista, se han consolidado en torno al estudio de los fascismos tres discursos encarnados por tres historiadores de renombre. Por un lado la tesis del difunto historiador italiano Renzo de Felice, pionero en el revisionismo sobre la figura de Benito Mussolini y el fascismo italiano, quien consideraba únicamente como fascista a la dictadura a la que estuvo sometida Italia entre 1922 y 1945 -con diferencias sustanciales entre las distintas etapas. En segundo lugar la del británico Roger Griffin, quien califica de fascismos a todos aquellos regímenes dictatoriales que combinaban ultranacionalismo con un mensaje marcadamente populista, y que aparecieron de forma simultánea en la Europa de Entreguerras (1918-1939). En tercer y último lugar la teoría del profesor estadounidense Stanley Payne -paladín de la verdad para muchos pseudohistoriadores de nuestro país- quien, tomando una posición intermedia, entiende únicamente como fascistas a la Alemania de Hitler y a la Italia de Mussolini.

Sea como fuere, y sin profundizar más en tecnicismos historiográficos ajenos al gran público, es cierto que, acabada la Gran Guerra, en Europa aparecieron una serie de movimientos revolucionarios antidemocráticos que compartieron características comunes: discurso populista y ultranacionalista, tendencia al totalitarismo, movimiento de masas apoyados por profesionales liberales y pequeños propietarios rurales acaudillados por un líder carismático, anticomunismo, vocación imperialista…

Imagen de una de las primeras ediciones de 'Mein Kampf'

Imagen de una de las primeras ediciones de ‘Mein Kampf’

Pronto surgieron numerosos partidos de extrema derecha, inspirados en un supuesto pasado glorioso e idealizado al que tomaban como referencia para la construcción  de una nueva nación, movimientos aderezados por toda una panoplia de símbolos, himnos, lemas y uniformes –lo que George L. Mosse bautizó como religión secular o religión política.  Para comprender el por qué de este fenómeno debemos prestar atención a la crisis que a todos los niveles golpeó la Europa posterior a la I Guerra mundial. Desde el punto de vista económico, el crack de la bolsa de Nueva York de 1929, cuyas consecuencias se tradujeron, en el caso de la Rep. de Weimar -actual Alemania-, en una hiperinflación que arruinó a las clases medias rentistas. Desde el punto de vista político, las democracias liberales-burguesas se convirtieron en sistemas incapaces de dar soluciones a los problemas reales del momento, más preocupadas por mantener el statu quo e impedir el triunfo de las revoluciones obreras que por servir a sus conciudadanos. En tercer lugar, un enfrentamiento social entre clases de distinto estrato y partidarios de opciones políticas distintas que hicieron de la calle su campo de batalla. En este caldo de cultivo es donde aparecen los fascismos, como tercera vía alternativa a las desgastadas democracias decimonónicas y al socialismo real de inspiración soviética.

Si por algo se diferencia el fascismo del resto de doctrinas políticas, es por su falta de fundamentación teórica.

Pero a diferencia del resto de ideologías de la contemporaneidad occidental, es complicado encontrar en el fascismo una base teórica sólida, es más, podríamos calificar a Mein Kampf de “anécdota histórica”. Aún así, a pesar de su continua improvisación en campos como la economía -en el que ni el fascismo italiano ni el franquismo consiguieron implantar plenamente un sistema corporativo- o en el de la relación con la Iglesia -ya que en un principio tuvieron una inspiración atea que se fue modulando hacia una estrecha colaboración con la jerarquía católica en los países latinos- sí  encontramos algunas influencias políticas y filosóficas de los autores y corrientes punteras del momento. Es el caso del darwinismo social, cuyas tesis tuvieron su puesta en práctica más radical durante el Holocausto Judío. Los expertos en Historia de la Teoría Política también señalan la influencia de los italianos Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca en el fascismo italiano, en relación a sus discursos sobre la teoría del poder, basada en la circulación de élites políticas de carácter hereditario vinculadas con los sistemas burocráticos. Algo similar ocurrió con el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, de cuyo discurso se apropió en buena parte la propaganda del Partido Nacionalsocialista (NSPD), manipulando conceptos como el de übermensch (superhombre).

Se trata, en su mayor parte, de manipulaciones y malinterpretaciones realizadas por las cúpulas de los partidos fascistas que nada tienen que ver con lo que suponen autores al liberalismo como Jhon Locke y David Hume –en lo político-, o Adam Smith y David Ricardo -en lo económico-; Karl Marx y Friedrich Engels al socialismo;  Lenin y Leon Trotsky al comunismo; o Mijaíl Bakunin y Buenaventura Durruti al anarquismo; por citar algunos de los ejemplos más destacados.

Con la reedición de Mein Kampf, Alemania se ha tenido que enfrentar de nuevo a uno de los pasajes más bochornosos de su historia reciente. Tras 70 años de una liviana censura, gracias al control de los derechos editoriales por parte de la administración bávara, se ha tomado la decisión más acertada y, también, la más difícil. Es en estas ocasiones es cuando toma valor el oficio del historiador como intérprete del pasado y el de los educadores por difundir los valores que sirven de andamiaje ciudadano a los estados modernos y democráticos. De poco o nada sirve censurar cualquier escrito en un momento en el que cualquiera tiene acceso desde su smartphone a toda una nube de información y conocimiento. Como dijo el poeta español Ricardo León “los libros me enseñaron a pensar, y el pensamiento me hizo libre”. Ningún libro debe estar condenado, sí algunas ideas, combatámoslas pues con la fuerza de la palabra en busca de la verdad

Jorge Benito Martínez es historiador especializado en Historia Contemporánea y profesor de Educación Secundaria.