Juan Gómez Bárcena, autor de El Cielo de Lima

Pocos saben que, antes de Zenobia, Juan Ramón Jiménez amó a una mujer que no existía. El Nobel sufrió el engaño de dos jóvenes limeños a los que la admiración se les fue de las manos, desmedida por su propia ambición. O, al menos, así es como lo ha imaginado el escritor Juan Gómez Bárcena. Imagínense a un joven autor sentado en una silla, bolígrafo en mano, o quizá los dedos pendiendo sobre el teclado del ordenador, que imagina a dos jóvenes al otro lado del océano, cien años más viejos, que sentados en una mohosa buhardilla imaginan, pluma en mano, a una mujer tan única que pueda enamorar al Poeta. Y así, con cada engaño, esperando unos versos que los inmortalicen contra el paso del tiempo, entretejen la mentira de una vida que no fue; y así, a cada página escrita, Juan Gómez Bárcena les otorga una vida que quizá no tuvieron. Esta opera prima, después de la colección de relatos Los que duermen -publicada también con Salto de Página-, y galardonada con el Premio Ojo Crítico de Narrativa que otorga Radio Nacional de España, hace de Bárcena un escritor de los que prometen deleitarnos a medida que pasen los años.

¿Cuándo y cómo te topaste con esta historia?

Ocurrió cuando tenía doce años y cursaba mi último año de colegio. Recopilando información para un trabajo sobre Juan Ramón Jiménez tuve noticias de esta anécdota, que me conmovió y me hizo reír al mismo tiempo. Sin embargo, no fue hasta muchos años después, mientras concluía en México mi libro de relatos Los que duermen, cuando recordé la historia y reconocí su valor novelesco.

¿Y cómo seguiste su rastro? ¿Cuánto hay de documental y cuánto de ficción en las vidas de José Gálvez y Carlos Rodríguez?

Afortunadamente, la anécdota es poco y mal conocida, y a pesar de los esfuerzos de algunos investigadores está llena de lagunas y contradicciones. Estos vacíos informativos fueron precisamente los que me espolearon a escribir la novela, pues me ofrecían muchas oportunidades para especular y fabular. Por ejemplo, la mayoría de las cartas que aparecen en la novela son en realidad inventadas, así como los pormenores biográficos de Carlos Rodríguez. En cambio, casi todas las peripecias históricas, como la huelga de estibadores del Callao, son rigurosamente ciertas.

 

“No hay tantos lectores literarios en España, ni los repartos de royalties en este negocio están pensados para garantizar nuestra supervivencia”

 

 

¿Puede una vida construirse a base de mentiras, como las de José y Carlos, como la del propio Juan Ramón Jiménez, enamorado de una mujer que no existía?

Diría que todas nuestras vidas están construidas a partir de ficciones y discursos heredados, aunque muchas veces no nos demos cuenta. Habitamos no sólo un mundo de objetos sino también un mundo de palabras y relatos, que nos ayudan a decidir quiénes somos y cuál es el sentido de nuestras vidas. Es algo que sucede a nivel particular pero también a nivel colectivo: al fin y al cabo, qué es la Historia sino un conjunto de textos que nos repetimos para dotar de identidad y de objetivos a nuestra comunidad.

¿Y la literatura? ¿Está construida a base de mentiras?

La literatura es una de las fuentes que provee a la realidad de los discursos mencionados. Las palabras no son inofensivas ni meras distracciones del espíritu, como pensaba el marxismo decimonónico: son auténticas generadoras de realidades. Por eso no sé si estoy de acuerdo en llamarlas “mentiras”: más bien creo que son una prueba de hasta qué punto las fronteras de la realidad y la ficción son maleables y porosas, y lo que llamamos realidad a menudo no es más que una producción textual.

Esto de inventarse vidas más emocionantes que en las que en realidad tenemos, ¿ha llegado a su punto culminante con las redes sociales?

En efecto, las redes sociales no han inventado nada. Simplemente han servido para potenciar y radicalizar un impulso a la fabulación que hemos vivido desde siempre, desde que los hombres prehistóricos pintaban manadas hipotéticas en las bóvedas de sus cavernas o desde que el Quijote partió de La Mancha para vivir el sueño de ser un caballero andante. Pero estoy de acuerdo en que tal vez las redes sociales hayan llevado este impulso más lejos que nunca.

Carlos y José construyen una novela, explicando todos sus procesos, a su vez construida por ti mismo. ¿Es El cielo de Lima un manual de estilo, una temprana poética de tu narrativa?

Desde el principio tuve claro que quería jugar con el carácter metaficcional de la anécdota. Como bien señalas, José y Carlos crean de la nada la musa de Juan Ramón, pero al mismo tiempo yo como autor los creo a ellos como personajes. Por eso la historia requería, o al menos así me lo parece, un narrador que jugara con ambos planos de ficción: que nos recordara en todo momento que ambas novelas, la que ellos escriben y la que el lector tiene en sus manos, son en realidad un artificio. Así, puede decirse que la novela es una larga reflexión sobre cómo se desarrolla el proceso creativo. Para crear a Georgina los personajes seguirán dos guías: el manual de literatura de Johannes Schneider y los consejos de un escribidor de cartas.

Cielo-de-Lima

Uno de los personajes dice que, cuando se escribe, aunque sea para otros, uno siempre habla de sí mismo. ¿Qué queda de tu día a día en tus  textos?

Por supuesto todos dejamos mucho de nosotros mismos en lo que escribimos, aunque muchas veces esta huella no sea evidente para los lectores. En alguna ocasión he recibido el reproche cariñoso de cierto colega de profesión, que entiende que escribir una novela ambientada en el pasado es en algún sentido una manera de traicionar tu tiempo o tu experiencia. Deberías escribir sobre temas que te atañan más íntimamente, me repite. Lo que yo intento explicarle es que el nivel de compromiso emocional con una obra no tiene nada que ver con eso. Podría escribir una novela que transcurriera en Madrid en 2015 y sin embargo me fuera profundamente lejana, y al mismo tiempo podría y puedo ambientar una novela en 1904 y tratar temas que me toquen mucho más de cerca. En El cielo de Lima me ocupo de cuestiones en las que se cristalizan mis obsesiones más íntimas, desde la idealización amorosa hasta la literatura como obsesión o el problema de dotar nuestras vidas de sentido. Sin embargo, del mismo modo que un antropólogo reflexiona sobre su propia sociedad mirándose en el espejo de otra cultura, a menudo siento que sólo puedo comprenderme proyectando mis obsesiones en tiempos y contextos remotos.

Has superado la primera edición de El cielo de Lima y obtenido el Premio Ojo Crítico de Narrativa. ¿Tu carrera va a ser más fácil a partir de ahora?

Desde luego voy a tener mayores oportunidades de las que disfrutaba hace tan sólo tres años, cuando debuté con Los que duermen en la Editorial Salto de Página y me enfrenté a la dificultad de encontrar mis primeros lectores. Sin embargo, es muy optimista hablar de facilidades en un entorno tan hostil como el actual.

¿Vivimos en tiempos en los que se puede vivir de leer y escribir?

No. Vivimos en tiempos en los que, con mucha suerte, puedes aspirar a vivir de tu prestigio literario, en forma de talleres literarios o colaboraciones periodísticas, pero muy difícilmente de ventas. Simplemente no hay tantos lectores literarios en España, ni los repartos de royalties en este negocio están pensados para garantizar nuestra supervivencia.