Cuando el Emperador de Etiopía, Haile Salassie, abdicó de su corona en 1974, ante el empuje de la revolución marxista, y puso fin al legado de Salomón en el Imperio etíope todo el mundo apuntaba a que las monarquías africanas, a excepción de la aislada y fortísima realeza marroquí, había tocado a su fin. Kapuscinski le dedicó el libro de “El Emperador” un libro para el León de África, para el último miembro de una África que se venía abajo.

Pero el caso de Salassie, como el de la mayoría de monarquías africanas, son bastante excepcionales debido al colonialismo e imperialismo que los europeos ejercieron sobre el continente. Por su historia, el continente negro nunca ha sido tierra de monarcas nacionales, pues la mayoría de países nacieron de la mano de los europeos sin que existiera nada parecido a una corte real y menos a nivel nacional. Siempre subyugados al poder europeo, cuando consiguieron la independencia cayeron en manos de otro tipo de ‘reyes’: militares y políticos que sin ningún tipo de raíces divinas se quedaron con el poder. Desde el tiempo medieval, en zonas como el Magreb sí que existían una serie de señores feudales que habían controlado en la antigüedad la zona, pero los europeos desmantelaron de tal manera estos poderes que al conseguir la independencia no quedaba apenas nada de ellos.

Eso sí, en algunos puntos del continente si consiguió calar la idea del monarca debido a su pequeña extensión y a su influencia monárquica europea. Y se mantienen, a día de hoy, como una especie en extinción de las tantas que hay en África. En dos terrenos casi desconocidos, Lesoto y Suazilandia, se encuentran los últimos reyes del continente más pobre del planeta.

No podemos saltarnos el papel de Mohamed VI que puede que sea el único que suene al público en general, un rey de una dinastía milenaria y emparentado con el golfo pérsico, un monarca con bastante poder político, aunque no hegemónico, que gobierna uno de los países clave del continente africano, Marruecos. Hijo de Hassan II, su reinado es claramente el más importante y poderoso del continente, pero se asemeja más a los de corte arábigo como los de Arabia Saudí o Catar que a los de Lesoto o Suazilandia debido a la situación geográfica de su país y la cultura del Magreb que comparte muchos más lazos con sus vecinos árabes que con los países del África subsahariana.

Mswati III de Suazilandia

Rey Mswatti III de Suazilandia

Rey Mswatti III de Suazilandia

Para los que no lo sepan, es fácil no conocer esto, Suazilandia es un pequeño territorio situado entre Sudáfrica y Mozambique en las montañas que separan ambos países. Apenas cuenta con 1 millón de habitantes siendo uno de los países más pequeños y con menos población del continente. Guarda grandes lazos de unión con Sudáfrica, su principal socio comercial, aunque también disputa con este país el gobierno de algunas regiones limítrofes.

Ese país, pequeño y poco conocido, es el que mantiene una de las tres monarquías que quedan en África. En Lobamba, la capital del país, reside el último rey absolutista del continente negro, Mswati III, hijo de Subhuza II, el primer rey de la historia independiente de Suazilandia.

Mswati es lo que consideraríamos aquí como un monarca absoluto de libro. Su gobierno, basado en un potente y férreo control sobre las instituciones del país y, sobre todo, un fuerte control sobre las diferentes tribus que lo conforman, está mandado por él y por su madre, la Gran Elefanta (regente) y líder espiritual que gobiernan mano a mano llevando todos los designios del país. Como todo régimen absolutista ha ido haciendo malabares para evitar la denuncia internacional y el descontento de su población que exige más democracia. A día de hoy, a sus 48 años sigue manteniendo el timón de mando sin demasiados problemas.

En 2005 aprobó una nueva Constitución para contentar tanto a la Comunidad Internacional como a los movimientos sociales y, aunque no contentó a ninguno, de momento parece que le sirve para seguir engordando sus más casi 30 años en el poder, desde que fuera coronado con apenas 18. Sus sucesores no le preocupan demasiado pues cuenta con 14 esposas y 24 hijos que cuidan bastante bien de su linaje.

Letsie III de Lesoto

Rey Letsie III de Lesoto

Rey Letsie III de Lesoto

Sí su compañero Mswati es el ejemplo de un monarca absoluto aún anclado en los regímenes duros del pasado, el caso de Letssie III es bastante diferente. Lesoto, para quién no lo conozca, está bastante cerca de Suazilandia, pero si el otro reino era dependiente de Sudáfrica este es prácticamente parte del país de Mandela. Su territorio se encuadra casi en el centro de Sudáfrica, un pequeño enclave independiente que nace y subsiste gracias a su monarquía, la cual fue la encargada de fundar y defender su soberanía hasta la aceptación como Estado independiente.

Como en el caso de Suazilandia, el rey Letsie III es mucho más que un simple símbolo, encarna el alma del país, aunque en este caso de una forma muy diferente. Debido a un golpe de Estado llevado a cabo contra su padre Moshoeshoe II, el poder de la monarquía quedó muy mermado y estuvo a punto de desaparecer. La vuelta de la realeza se consiguió gracias a la buena imagen de Letsie III quién después de un breve periodo de reinado en el que estuvo a punto de convertir su gobierno en una monarquía absoluta cedió el poder al pueblo formando una monarquía parlamentaria al puro estilo europeo.

Con apenas 2 millones de habitantes y una economía y fuerza estatal bastante limitada por su dependencia de Sudáfrica, Lesoto es el otro Estado que guarda una especie africana en extinción, una monarquía. Sitios pequeños, angostos y poco conocidos, los lugares perfectos para que unos animales tan extraños como las realezas puedan sobrevivir en un continente tan extremo como el africano.