Cartel de Los Odiosos 8

Cartel promocional de Los Odiosos 8

Si algo ha caracterizado prácticamente toda la carrera como director de Quentin Tarantino es el cariz vengativo de todos sus personajes y, por tanto, de todas sus películas. No hay uno, o casi ninguno, que sea capaz de hacer lo que hace o si no tuviese en sus entrañas el lobo de la venganza, hambriento hasta la muerte de su enemigo o de él mismo, si no contase con una fuerza sobrehumana que le empujara a vivir hasta el final, aunque su lucha haya perdido todo el sentido. En Los Odiosos 8 esa característica tan odiada pero tan humana vuelve a mover el alma de cada uno de los atormentados personajes.

Desde Kill Bill hasta Django, pasando por Malditos Bastardos o Reservoir Dogs, Tarantino siempre deja, en cada cinta firmada con su nombre, además de su más que particular forma de hacer películas, su amor/odio por uno de los sentimientos más duros y más impresionantes del ser humano, el cual el director estadounidense lleva hasta su cima artística, la venganza.

Es como un llamamiento del extravagante artista al espectador medio en el que le avisa de la locura de su especie si ante ella se sitúa una situación extrema, un instinto animal de supervivencia sin más objetivo que la muerte y que se vuelve mucho más peligroso si, además, ese hombre convertido en lobo por el resto de sus días tiene un arma, o dos, o tres. En Los Odiosos Ocho, la película número ocho de Tarantino, el artista no quiere ser menos, quiere ser incluso más, buscar la venganza por la venganza, la intravenganza, si es que esa palabra pudiese existir.

Para ello nada mejor que rebuscar entre toda la Historia, una época en la que el sentimiento vengativo fuera casi más importante que todos los demás, una época como la que se vive tras una guerra civil como la estadounidense, en la que los sureños acabados por la humillación norteña sobrevivieron gracias a esa sed insaciable, a esa inexplicable fuerza interna que tiene el ser humano para devolver al semejante el dolor que él le ha causado. De la forma que sea y cuando sea, pero devolvérsela. Y mientras en ese tenso mundo nacen alrededor cientos de alimañas que gracias a la deshumanización, de la pérdida de todo en favor de la venganza, se convierten en reyes sin esperanza.

Tarantino dando indicaciones durante el rodaje de Los Odiosos Ocho

Tarantino dando indicaciones durante el rodaje de Los Odiosos Ocho

Allí se colocan sus personajes, en un mundo sin más regla que la de fuerte y más objetivo que el de sobrevivir un día más para seguir cumpliendo como un zombie lo que tu sed interior te marca. Una mujer loca, literalmente, por el dinero y el poder (Jennifer Jason Leigh), un resentido de la guerra (Walton Goggins), un negro olvidado y perseguido por casi todos (Samuel L. Jackson) y un cazarrecompensas sin más Dios, aparentemente, que el dinero (Kurt Rusell), se juntan en un extraño grupo en el que lo único que hace que no se maten es que todos se benefician en su atormentado camino lleno de intereses.

Acompañados por una música firmada por un genio como Ennio Morricone, que se convierte en protagonista fundamental de la cinta de principio a fin en un in crescendo, con un apoteósico final marca de la casa, caminan sin inmutarse pero con esos rostros tensos, demacrados que muestran cómo la vida les ha ido carcomiendo su humanidad en un mundo oscuro en el que la muerte puede esperar tras cualquier esquina.

Cabalgan los cuatro en una diligencia por ninguna parte sobre la otra gran protagonista de la cinta, la nieve, tan pura y a la vez tan oscura, un elemento que enamora tanto como es capaz de devorar. Que muestra belleza mientras no te deja ver lo que puede ser una trampa mortal.

NO SPOILERS

Lo siguiente a aquel eterno camino huyendo de una mortal ventisca es puro cine que no se debería contar a ningún espectador y que ningún buen cinéfilo querría saber, pues sería desvelar algo que reúne lo mejor de un Tarantino que no deja a nadie indiferente. Pese a las tres horas de película, el genio consigue mantener tenso al espectador en todo momento, siempre con esas reflexiones tan marcadas que se convierten en reivindicaciones del propio autor: la persecución de los negros, la impunidad de las armas y la Justicia como única vía para la civilización.

Las críticas no le han tratado demasiado bien al polémico director, acusándole de repetitivo y poco innovador por una cinta que tachan como sólo apta para fans de Tarantino. Lo cierto es que los Odiosos 8 (The Hateful Eight, título en inglés) recoge lo mejor del autor consolidando más si cabe su estilo de hacer cine y dando una nueva vuelta de tuerca a esa forma de ver la realidad siempre plagada de maldad, intereses y deshumanización.

Una película que podría resumirse en un monólogo de uno de los actores fetiches del autor, y que de nuevo vuelve a aparecer en esta cinta, Tim Roth, en el que resume el valor de la Justicia en un silencio más que tenso. Un monólogo que, como el resto de la película, tiene un doble sentido, una doble lectura, un doble cariz. Como lo tiene todo lo que tiene que ver con el cine de Tarantino, su reinvención del clásico Western de Telemadrid a las cuatro de la tarde, como lo tiene el ser humano, como lo tiene la venganza.