Militares en las calles de Bruselas / Miguel Discart

Militares en las calles de Bruselas / Miguel Discart

“Hay mucho miedo. La ciudad está desierta, el centro este fin de semana entristecía a cualquiera, la gente que había se notaba con miedo”, cuenta Agripina Carretero desde su hogar de Bruselas al que llegó pocos días antes de que la seguridad, y con ella el pánico, se hiciese con la capital de Europa. La joven periodista es una de las afectadas por las medidas extremas tomadas por el gobierno de Bélgica para evitar que los atentados acontecidos en su vecina Francia se reprodujeran en su pequeña ciudad donde todo apuntaba, y apunta aún, que se esconden los terroristas que quedan del comando que atentó en París.

Ella decidió salir a la calle por su fin de semana libre pero parece que para muchos eso fue una auténtica temeridad. “Para dos días que tenia de descanso en el curro no me apetecía quedarme en casa y, bueno, intentas pensar que el día que menos gente hay por la calle no van a atentar”, explica Carretero, argumentando su decisión de salir a las calles de su ciudad a pesar de que todos recomendaban que no lo hiciera. Salió y dio una buena vuelta por la ciudad viendo tanquetas por las calles y plazas y reparando en acciones tan extrañas como el cierre del Primark, siendo la única tienda de la zona abierta. “La desalojaron los militares porque era la única tienda abierta de la calle principal”, cuenta.

Ekaitz Cancela lleva algo más de tiempo trabajando y viviendo en la ciudad del Menneken Pis, pero vive la situación con una sensación parecida, la de la confusión y el miedo. Trabaja como corresponsal freelance para medios como CTXT o eldiario.es  y cuenta que lo que de verdad empieza a mosquear a la ciudadanía son los titubeos de las instituciones. “La gente lo que no entiende son cosas como las que el pasado jueves 19 de noviembre propuso el primer ministro belga Charles Michel. Una serie de medidas de lo más controvertidas. Etiquetar a jóvenes con correas electrónicas, ampliar el sistema de registros de nombres de pasajeros para monitorizar a los viajeros y permitir a la policía detener a sospechosos durante 72 horas sin orden judicial…”, explica Ekaitz. Lo que enumera son algunas de las medidas más extremas que ha tomado el gobierno, pero ni mucho menos las únicas.

Aunque, como asegura, estas no atajan el verdadero miedo y problema de la ciudadanía, la falta de medios de la policía para abordar este tipo de problemas y la capacidad para dar con ellos. “La gente yo creo que de lo que tiene miedo es de la falta de coordinación entre la Policía. Bélgica no ha sido capaz al estar tan desordenada de detectar a los terroristas y de dar una respuesta. No está segura ni de quién le tiene que proporcionar seguridad. La policía local tiene más poder y recursos que los propios sistemas de inteligencia“, cuenta Ekaitz. Incluso en el propio Parlamento Europeo la seguridad y la tensión ha aumentado al máximo como nos cuenta Ekaitz (trabaja allí como corresponsal). “En la Comisión, el 20% de las personas está trabajando desde casa y eso es una barbaridad”, explica mientras nos muestra los carteles pegados por las paredes del Parlamento donde se detalla el protocolo de actuación en alerta amarilla, nivel en el que se encuentra ahora el país.

Protocolo de Actuación en el Parlamento Europeo

Protocolo de Actuación en el Parlamento Europeo

Algo lejos de este tumulto se encuentra Daniel Sánchez, un joven de 25 años al que le ha tocado vivir todo lo ocurrido mientras hacía turismo por el país. Por suerte cuando los terroristas atacaron París, él estaba fuera de la capital y no ha tenido que volver durante estos días pero, como asegura, Bélgica es un país pequeño y el miedo y la tensión, aunque en menor medida, se notan en todo el territorio. A Sánchez le ha tocado vivir estos días tan tensos en ciudades como Brujas o Gante donde a pesar de estar lejos de la metrópoli de Bruselas la sombra del miedo se hace notar. “Hablé de la situación con un estudiante de allí y me comentó que están tranquilos porque son conscientes que en una ciudad pequeña no ocurrirá nada a nivel de atentados o algo similar, pero eso no quita para que estén preocupados con la situación”, cuenta Sánchez mientras apunta que en un territorio tan pequeño como Bélgica, del tamaño de Galicia,  la conexión entre las ciudades es total.  “Muchas personas de Gante y Brujas tienen sus trabajos en la capital, ya que están relativamente cerca en tren y eso sí les genera una mayor preocupación por los inconvenientes que pueden tener para realizar su jornada laboral”, explica Sánchez.

A pesar de que dice que la tranquilidad es bastante general y que no ha tenido a la hora de cambiar su plan de viaje, sí recuerda una anécdota que le ocurrió mientras hacía fotos en Gante :Estaba realizando fotos en un parque y se acercó un coche de policía, bajó la ventanilla y me pidió la identificación. Sabía por qué lo hacía, evidentemente, pero aun así le pregunté el motivo de que me parasen. Me dijo que parecía sospechoso por estar haciendo fotos en un parque mientras llovía”. La anécdota quedó ahí pero muestra cuál es el nivel de control que existe en toda Bélgica, un país tranquilo y poco o nada combativo que se ha encontrado de lleno con el problema del terrorismo. “Entiendo que la situación sea tensa y que tienen que controlar más de lo normal, pero creo que tampoco es conveniente que se les vaya de las manos”, concluye el madrileño.

CONSECUENCIAS INCIERTAS

Ekaitz tiene sus dudas sobre las consecuencias de lo sucedido en el país, aunque lo que sí tiene claro es que la ciudad nunca volverá a la tranquilidad “porque nunca la ha tenido”. “Al menos tres de los ocho terroristas que atacaron París vivieron en Bruselas y este ataque fue el último de una serie que se vincula de nuevo a las células islamistas en Bélgica. Bélgica es visto como el punto débil de los esfuerzos antiterroristas de Europa desde el 11M de Madrid. Bruselas carece de una fuerza metropolitana coordinada que pueda hacer frente a las principales amenazas”, explica el periodista dejando un futuro muy incierto a la nación flamenca.

Agripina y Daniel no van tan lejos pero sí ven posibles consecuencias bastante nefastas tras lo acontecido. Según cuentan la islamofobia ya se empieza a notar en todo el país y la desconfianza ciudadana se convierte en miradas fatales, marginación y asco hacia otras personas solo por el hecho de ser musulmanes, o parecerlo. “Todo el mundo mira a todo el mundo, se desprecian a los árabes, la gente los mira mal”, cuenta Agripina.

Tras varios días de control total, la ciudad empieza a abrirse de nuevo pero sin dejar de lado la máxima seguridad y sin saber cuando el nivel de alerta bajará. La capital de Europa vive acorazada ante un miedo que no se sabe ni de dónde viene, ni cómo puede atacar ni cuándo podrá acabar.