Pie de foto: Imagen simbólica/ Rana Ossama, a través de Licencia CC 2. 

 

Hace tiempo que Occidente contempla, incrédulo, cómo cientos de jóvenes cada semana son reclutados por el autoproclamado Estado Islámico, o lo que es lo mismo, Daesh –su nombre en árabe-.  Y pronto, lo que en un principio pudo parecer un fenómeno aislado, se convirtió en una constante: multitud de chicos y chicas de entre 14-29 años, oriundos de Europa, toman un vuelo a Turquía con destino final a tierras sirias. Sin retorno a su país de origen.

Un último informe presentado al Consejo de Seguridad de la ONU, y filtrado el 2 de abril por la agencia Reuters, revelaba que ya son más de 25.000 los combatientes extranjeros que se unen a la causa yihadista, de los cuales 22.000 acaban en Irak y Siria.

Así es como las princesas de Occidente acaban dedicándose a cocinar, limpiar, cuidar niños y servir de esclavas sexuales a los fieles soldados que combaten en el frente de ciudades como Raqqa. 

Ellos se embarcan en ese viaje para luchar en las filas de Daesh, mientras que la mayoría de las mujeres vuelan bajo condición de prometida de algún combatiente y con la convicción de que su misión será casi humanitaria. Se dedicarán a cuidar a desamparados y heridos en un paraíso desértico.

Sin embargo, una vez llegan a la tierra prometida de Siria, esa utopía que alimentan en sus mentes desde que comienzan a planear su hégira –huida-, se desvanece. Muchos se ven envueltos en una cruenta guerra cuyo adalid es la imposición de la sharia –ley islámica- para hacer cumplir un islam que Daesh califica de “puro” frente al que todo un país lleno de kuffar –infieles- practica. Así es como las princesas de Occidente acaban dedicándose a cocinar, limpiar, cuidar niños y servir de esclavas sexuales a los fieles soldados que combaten en el frente de ciudades como Raqqa –bastión del Estado Islámico en Siria-.

“Cocinar, cocinar y seguir cocinando” fue el conciso resumen de la periodista marroquí Ghizlan Amjoud después de haberse infiltrado durante 11 días en una facción del Estado Islámico en Idlib, Siria. Amjoud, ataviada con un niqab –la prenda que cubre todo el cuerpo de la mujer hasta los pies, sólo deja los ojos al descubierto-, no podía hablar con otros comensales en la mesa y comprobó cómo algunas de las reclutadas habían tenido que contraer matrimonios, con los guerreros, por horas o, incluso, días.

‘La Niña de Ceuta’

La primera voz de alarma en nuestro país saltaba el pasado agosto de 2014. El diario ‘El Mundo’ publicaba el caso de una adolescente ceutí de 14 años –conocida más tarde como ‘La Niña de Ceuta’- detenida en Marruecos cuando planeaba su huida a Irak o Siria. ‘La Niña’, que iba acompañada por otra joven de 19 años que la tutelaba, Fauzia Allal Mohamed, se despidió de sus padres con un “Me voy… Me voy al paraíso”.  Dicha despedida fue la clave que llevó a sus padres a denunciar su desaparición, horas después de su partida, ante la Policía y la Guardia Civil de Ceuta.

Tras ‘La Niña’, los medios de comunicación se hicieron eco de historias similares con distinto final: en diciembre las austriacas origen bosnio Samra Kesinovic, 17 años, y Sabina Selimovic, de 15; a principios de año la francesa Nora Bathy, 15 años; en febrero las británicas Amira Abase, 16 años, Shamima Begum y Kadiza Sultana, 15 años…

Todas ellas, a diferencia de ‘La Niña de Ceuta’, lograron llegar a su destino y engrosaron de esta manera una larga lista de menores de edad reclutadas por Daesh en países occidentales. Se estima que el 25% de las mismas son galas, seguidas por británicas, alemanas, austriacas y españolas.

“Mélodie lo vislumbra como a un rey. Y siempre soñó con convertirse en reina”

El tiempo apremia para Mélodie desde el mismo momento en que su madre y su hermana mayor salen por la puerta de casa. Se apura en cubrir su joven cuerpo que cuenta casi 20 primaveras con un negro niqab que sólo permite ver sus ojos verdosos. Acaba de convertirse al islam, pero no desea ni que su madre ni su hermana se enteren de su nueva confesión religiosa. Desde que murió su padre, hace unos cuantos años, Mélodie se ha convertido en una frágil muchacha que se sonroja fácilmente, hace gala de una más que pura inocencia y se considera tan corriente que su vida jamás será digna de ser contada. Siempre prefiere escuchar a ser escuchada.

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Portada de “En La piel de una yihadista” / Editorial Debate.

A Mélodie le dio vida una periodista francesa que hoy se presenta bajo el pseudónimo de Anna Erelle. Erelle, más que familiarizada con los desconcertados testimonios paternales de las jóvenes que habían huido a Siria, creó este perfil falso para investigar el reclutamiento de los terroristas a través de las redes sociales. Tras compartir en la cuenta de Facebook de Mélodie un vídeo propagandístico obra de un soldado del Estado Islámico, Abu Bilel al-Faransi, éste apenas tardó unos minutos en ponerse en contacto con ella a través de mensaje privado. Consciente de la oportunidad que se presentaba ante ella, Erelle-Mélodie prosiguió una conversación que dio inicio a su ardua investigación y cuyo resultado ha sido el libro ‘En la piel de una yihadista’ –publicado a finales de marzo por la Editorial ‘Debate’-.

A partir de entonces, Abu Bilel no dejará de bombardear a mensajes a Mélodie. Cada noche se presenta como el pretendiente perfecto –llega inclusive a pedirle matrimonio al cabo de unos días- y le promete toda una vida de lujos y cuidados, de paseos con nuevas amigas que conocerá en territorio sirio… Todo ello en evidente contradicción a su constante intento de hacer que cale en ella un sentimiento de culpabilidad por llevar una vida de reina en un territorio de infieles. Un burdo mensaje anticapitalista que ni siquiera él mismo ha asimilado para sí –se confiesa apasionado de los perfumes de marca, además de lucir unas radiantes gafas Ray-Ban, al más puro estilo Al-Baghdadí con su reloj Rólex-.

Pero lo más importante para Mélodie es que ella “le vislumbra como un rey. Y siempre ha soñado con convertirse en reina”, por lo que planeará con su amado Bilel la ruta a seguir para unirse con él en calidad de su esposa. Él luchando por ayudar al pueblo sirio y ella, a su lado, sustentando a su marido y colaborando en su causa.

Trazado el plan de huida, Erelle cortó toda comunicación con Bilel al-Faransi, al tiempo que sus problemas no hicieron más que aumentar. Bilel al-Faransi resultó ser un emir  de la organización –uno de los cargos más importantes, como un jefe-, un brazo derecho de Al-Baghdadí –el Califa, el máximo responsable del califato del Estado Islámico-.

Una vez descubierto el engaño y su verdadera identidad, la periodista francesa se ha visto obligada ya no sólo a cambiar de domicilio, sino también a contar con la protección del Ministerio Interior de Francia. Las constantes amenazas recibidas y la fatwa lanzada contra ella –una “venganza colectiva”- llaman a los hermanos musulmanes a violarla, lapidarla y torturarla si la ven.

“Te quiero por y ante Alá. Eres mi tesoro, y el Estado Islámico es tu casa. (…) Durante el día, mientras yo esté luchando, te ocuparás de los huérfanos y de los heridos. Por la noche estaremos juntos… Insha’ Allah”

Anna Erelle. En la piel de una yihadista